En España, un grupo de mujeres salió a la calle con pantalones blancos, manchados visiblemente de sangre menstrual. El objetivo, dijeron, era dar a conocer la censura que tapa el ciclo menstrual del género. Al ejercicio de salir a caminar por las calles con los pantalones manchados le llamaron “Menstrual Blood”.

La protesta se enmarca en la crítica que se hace desde la perspectiva feminista al sistema patriarcal que “oprime” a las mujeres durante la menstruación y les impone vergüenza y censura por el hecho de vivir aquel proceso.

La protesta, cuyo manifiesto reza “Mancho pantalones y no estoy enferma”, se plantea como un acto de desafío político y muestra una evidente inquietud de los sectores feministas respecto al debate.

El colectivo utiliza la sangre como un instrumento y sus performances suelen incluir a mujeres sangrantes. Por ello, las fotografías sus actos público han sido ampliamente difundidas y debatidas en la web.

Hace un par de años, en Chile se realizó una instalación artística que provocó revuelo por un cuestionamiento en la misma línea. Paños fue el nombre de la exhibición, que consistía en 90 telas blancas con desechos orgánicos que correspondían a la menstruación de la artista Carina Úbeda.

La llamativa performance de pañuelos blancos manchados con sangre roja generó un amplio repudio, lo que evidenció una perspectiva social de prohibición al respecto.

En Brasil, en tanto, una artista argentina expuso sus obras, en las que utilizó como material principal a la menstruación. Una expresión similar a lo realizado por la fotógrafa Emma Arvida, quien publicó una colección de imágenes llamada “There Will Be Blood”, donde se retrata a mujeres en diversas actividades cotidianas con el mismo detalle: todas aparecen sangrando en las fotografías.

Durante décadas, las mujeres han aprendido que la menstruación es algo de lo que avergonzarse, asociando el proceso a posibles momentos de humillación pública. Pese a que ésta constituye un proceso natural del mundo femenino, aún sigue siendo perturbador para la mayor parte de la sociedad el ver alguna instalación donde la sangre no sea censurada.

Los ejercicios y debates realizados desde el mundo del feminismo abren camino para el replanteamiento de realidades naturalizadas, en un mundo donde el morbo respecto al cuerpo y las imágenes de violencia priman en la publicidad, el cine y las redes sociales. Desde esta perspectiva, parece interesante el llamado que, desde diversas localidades del mundo, convoca a la caída de la negación de ser mujer, desde su más natural expresión.