20140531_201448En América Latina no todos somos iguales ni poseemos similares derechos, más cuando manda el dinero. Ir a un partido de la Copa del Mundo aumenta tal diferencia.

Como en Brasil el tema de la seguridad es clave, la FIFA y el Gobierno construyeron un montaje tremendo para proteger al turista, los espectadores “top” de este cuento. Aunque convengamos que por sobre todos están los funcionarios de los dueños del show y sus invitados extra-vip, quienes se transportan en autos SUV nuevos, con escolta policial y son los únicos que pueden transitar motorizados en el perímetro de dos kilómetros que desde tres horas antes y dos horas después del juego afecta a la llamada zona de exclusividad que rodea a cada estadio.

Los chicos y los mayores desde las favelas nos miran, a veces nos venden agua cuando el bus se detiene en una luz roja. Otro por ahí nos grita algo con cara de enojo. Me imagino un “váyanse a la mierda”.

Volvamos a los espectadores. A nosotros los espectadores y esa vida tipo #VeryImportantPeople. En Fortaleza la cosa parte con autobuses desde el aeropuerto hacia el estadio o la zona hotelera, exclusivos y gratuitos mostrando la entrada. Luego en la ida al Castelao bus directo para evitar el tráfico y policías armados -con fusiles o metralletas en la mano- cada dos calles, también patrullas que circulan por el anillo interior para cuidarnos de los aborígenes. Finalmente helicópteros que sobrevuelan la zona para aumentar nuestro comodidad. Igual se deben caminar unos dos kilómetros y se hacen filas, pero las calles están vacías para los extranjeros y brasileños, un 95% blancos. En el Mané Garrincha de Brasilia y el Arena da Baixada en Curitiba es parecido, aunque debes pagar los buses por unos $600.

Es extraño circular en ese mundo ideal creado. Los chicos y los mayores desde las favelas nos miran, a veces nos venden agua cuando el bus se detiene en una luz roja. Otro por ahí nos grita algo con cara de enojo. Me imagino un “váyanse a la mierda”. Seguro lo merecemos por enrostrarles su pobreza.

Ya en el estadio tienes de todo: Cerveza (gracias a la ley especial creada para la Copa), bebidas, hamburguesas, palomitas de maíz, helados. Es cosa de llevar dinero o la tarjeta de crédito. Los extranjeros y los brasileros más acomodados le hacemos la riqueza al Mundial.

La FIFA recauda y recauda con nosotros. Si van 50 mil personas con un promedio de 100 dólares el boleto (y hay unos mucho más caros), pero permítanme el ejercicio financiero a la baja y sencillo, la recaudación se empina en los 5 millones de dólares por partido. En el que menos gente fue -37 mil- nos acercamos a los 4 millones de dólares. Y ojo que los dueños del fútbol no pagan salarios o ayudas a los miles de voluntarios, en una no menospreciable muestra de precarización del valor del trabajo. Además, no pagarán impuestos. O sea, recaudan y todo se lo llevan a Suiza.

20140615_170606En mi caso, al menos el gasto es restringido. No compro ni tomo nada. La plata que junté por años es para moverse y comer algo poco. Capaz que baje algo mi barriga absurda. Eso no me exime del rol de “millonario”, como me dijo una brasileña al enterarse que andaba de viaje por el Mundial. Lo asumo como parte de esta historia, aunque de rico tengo nada: Solamente un auto chico y usado, más un perro que me siguió en una playa. Pero no me quejo, ando por Brasil.

“Hey, Dilma, métetelo en el cu..”, algo así le gritan los brasileños premium a su presidenta en Brasilia y Curitiba. Antes la también candidata a remandataria para octubre se comió en silencio una pifia monumental en Sao Paulo. La misma silbatina que se ganó Joseph Blatter en la capital brasilera y en la que uno humíldemente participó.

Lula, el planificador de la Copa y los Juegos Olímpicos defendió a su sucesora: “Esos que le gritaron son la élite maleducada”. No lo pasan bien las autoridades locales en el Mundial, aunque las protestan caen y convocan a pocos. ¿Y nosotros los #VipTop? Acá disfrutando sin mirar mucho lo que pasa afuera. Es la ley de la FIFA.