Foto aérea Nunca antes había ido a festejar a Plaza Italia. Si bien soy hincha de la Selección como todos, por un tema de distancia geográfica, nunca había tenido tan cercana la oportunidad de asistir al punto de festejos obligado en Santiago. Pero lo de ayer era histórico, y la euforia total. Ya no quedaban excusas, sólo ir.

Estaba en un departamento ubicado en Santa Rosa, a tres cuadras de la Alameda. Los goles se habían escuchado por todas partes en pleno centro (incluso un video captó el “rugir” de la capital con el segundo tanto). En los balcones se asomaban los emocionados compatriotas que, como todos, no podíamos creerlo. La Roja le había ganado a España en un partido perfecto, jugando a un gran nivel, y clasificaba directo recién en el segundo partido de la fase de grupos a los octavos de final.

Nadie, ni el más optimista de los hinchas, había previsto ese escenario. Y eso se notó.

Después del pitazo final, por los balcones de los cientos de departamentos apiñados en las interminables torres del centro capitalino, el estruendo de las celebraciones fue espeluznante. La piel de gallina parecía ser la vestimenta nacional desde que se entonó el himno al inicio, y la emoción de saber que estábamos frente a una jornada histórica, debía tener como epílogo Plaza Baquedano (que en realidad nadie la llama por su nombre, sino porque el que tuvo hasta 1928).

 

La “marcha” circular

Salir a la Alameda en medio de tanta euforia fue surrealista. La masa de compatriotas caminando por la principal arteria capitalina era sólo comparable con la de las marchas, pero en sentido contrario. Partimos casi una hora después de terminado el partido, y a esa hora una columna de hinchas que ocupaba toda la calzada sur avanzaba en medio de cánticos, banderas y el sonido inconfundible de las insufribles vuvuzelas.

Lo curioso es que por la otra vereda, ya casi a las 19 horas, había mucha gente también caminando por la calzada, ocupándola casi por completo, pero venían de vuelta ya. Y durante todo el trayecto hubo sólo muestras de alegría. Cero disturbios ni ataques enfermizos contra la propiedad pública o privada. Quizás porque no había Carabineros, o porque como ya es sabido, el 99,9% de los que salimos a las calles para marchar o celebrar, no lo hacemos con violencia. Para qué.

El recorrido era de una felicidad exuberante. Grupos de desconocidos entonaban el C-H-I sin mayores señales que la bandera agitada en muchas manos. La cerveza en lata se vendía en plena calle, en medio de ese emprendimiento espontáneo que los sedientos hinchas agradecían. Y para qué nos vamos a poner graves, si todo era una fiesta.

 

El punto cero del festejo

Ya al llegar a una cuadra del monumento a Baquedano, el carnaval era una locura. Batucadas animaban con ritmos brasileños a una hinchada que cantaba el “TE TE RE RE TE RE TE TE” con el que el Maracaná pidió el ingreso del Mago. La gente ocupaba la calle porque había que hacerlo, era algo histórico, y cosas como ésta no pasan todos los días.

No faltó el grupito que se subió a los paraderos del Transantiago, pero lejos de ser aplaudidos se ganaban el repudio varios que, además, advertían de la peligrosa acción que podía terminar con un grave accidente.

Y es que desaforados nunca faltan. Lamentablemente, esos son con los que se quedan los canales de televisión, y en vez de mostrar los festejos donde se mezclaban sin problemas familias con niños pequeños, jóvenes de todas las edades, y oficinistas que apenas pudieron arrancarse de sus trabajos, pasaron a celebrar en masa.

Sí, hubo daños. La autoridad se preocupó de mostrar en cámara los más de 500 buses afectados tras los festejos en toda la capital, y eso nadie lo celebra. Pero la condena social hacia esas muestras de vandalismo espontáneo no deben desacreditar el sano derecho a celebrar en el espacio público.

Y vale la pena además preguntarse el por qué son las máquinas del transporte público capitalino las más afectadas. El servicio, como sabemos, no cuenta con el respaldo de los usuarios. Eso difícilmente justifique los ataques y secuestros que sufrieron los trabajadores del Transantiago, que sacan siempre la peor parte, pero algo habrá en el santiaguino de frustración colectiva que, en una mezcla de delincuencia y catarsis colectiva, termina con la postal más fea de toda la jornada.

Después de estar dos horas entonando el himno, improvisando cánticos y saltando al lado de compatriotas felices, nos fuimos mucho antes de los “enfrentamientos” con Carabineros. En eso, se sabía, iban a terminar los festejos. Pero pocos recalcan que los más de 60 mil chilenos que llegaron hasta Plaza Italia, y que estuvieron más de cuatro horas haciendo uso del espacio público, así como en otros puntos del país, son la muestra de que lo espontáneo es parte lo popular, y no por un puñado, esos festejos deben quedar estigmatizados como actos de vandalismo. Porque al igual que sucede en cada marcha, una proporción menor al 0,01%, pero con todas las cámaras a su disposición, termina opacando una fiesta que nos pertenece a todos.