hinchas_164030Tras el glorioso triunfo de la selección contra España, dos tipos de noticias se tomaron los medios de comunicación. Lo bueno y lo malo, lo admirable y lo aborrecible, lo que le gusta a la prensa que seamos y lo que realmente somos. Por un lado, la materialización de un proceso serio y riguroso, que a cargo de una generación aún más soñadora que soñada, logró una de las mayores victorias de la historia del fútbol nacional.  Por el otro, la denominada “nota alta”: los “indeseables de siempre” que en el Maracaná y también en Plaza Italia nos recordaban de sopetón que somos un país latinoamericano, pobre, lleno de rabia contenida dispuesta a flanquear cualquier medida de seguridad.

Flaites, delincuentes y varios otras descalificaciones cayeron sin apelaciones sobre quienes apostaron al milagro, a encontrar un pasadizo en medio del coloso brasileño que les permitiera escribir una historia personal de tintes tan épicos como los del partido que vendría. El sueño de ver a Chile aplastando a España en vivo se apoderó de la horda de hinchas, que tal como sus ídolos, pensaron que le podían hacer un nuevo gol a la vida.

Varios de los que están en Brasil fueron con lo puesto. Uno de los tantos detenidos por la policía militar declaraba que estar parado afuera del Maracaná le costó dos años de ahorro, dos años que no fueron suficientes ni para pagar los 2.200 reales (unos 550 mil pesos) que costaba la reventa, ni para contener la impotencia que generaba el injusto negociado en que la FIFA convierte cada partido. Otro más sagaz resumía el aprendizaje más esencial en una frase: “Uno ve la oportunidad y la aprovecha… igual la hicimos”. Una vida fogueada por el neoliberalismo no pasa en vano y ahí estaba un destacado ciudadano de nuestra república, explicando naturalmente de qué se trata vivir en Chile.

Peor suerte corrieron los que homogéneamente vestidos, tan parecidos a los que acababan de cambiar la historia, prendían esquinas y micros, sin más propósito que ver la ciudad arder. Sobre esos sí que no cabía lugar a especulación: el “lumpen” nuevamente se hacía presente y la prensa relataba los inexplicables hechos, de mano de periodistas cómplices que lamentaban los vandálicos actos. Tácitamente se tildaba de estúpidos a todos los que quisieron destruir el medio de transporte que los lleva diariamente el trabajo, no entendiendo cómo era posible que esos jóvenes quisieran atacar quisieran atacar esas micros que ofrecen tan confortables viajes matutinos, a ese sistema que tan preocupado de sus usuarios, les ofrece wi fi y televisión para su entretenimiento. El caos se debía a la “falta de cultura”, a fenómenos propios de la psicología social que trivialmente ilustraba que estas cosas pasan cuando el individuo se oculta “en la masa”. La argumentación moralmente autocomplaciente era la forma de negar que el desorden se pudiera explicar a partir de los problemas sociales del país.

Chile es un país que no se reconoce a sí mismo. Si fuera una persona, sin duda sería etiquetado por la psiquiatría con algún raro trastorno relacionado con la autopercepción. No se da cuenta que quienes protagonizaron el noticiario de ayer son exactamente las mismas personas, pero acompañadas por distinta suerte. El Gary declaraba hace un tiempo, sin dimensionar lo que decía: “si no hubiera sido futbolista, hubiera sido narcotraficante”. La selección, los detenidos en Brasil y quienes protagonizaban destrozos en el centro de las celebraciones pudieron haber sido vecinos. Son las 2 caras de un mismo pueblo que con 40 años de antigüedad todavía no puede mirarse al espejo: la minoría, los que en una carrera contra el absurdo logran vencer y la otra, que siendo una gran mayoría invisibilizada, sigue pateando piedras, rejas y paraderos, impulsados por esa extraña catarsis producida por la alegría y el dolor trabajando en equipo.

Lamentablemente nuestro tan notable modelo de desarrollo está diseñado para ser de minorías. En el mejor de los casos una elite meritocrática, como la del fútbol, única en la que los Bravo, los Jara y los Díaz tienen lugar protagonista. Para el resto de las actividades, los Aránguiz, los Mena, los Paredes, mejor que entiendan de inmediato su rol en el crecimiento: hacer de espalda adolorida para que otros como los Luksic sigan apoyándose sobre ellas, manteniendo intacto el Reino de Chile.

Lamentablemente nuestro tan notable modelo de desarrollo está diseñado para ser de minorías. En el mejor de los casos una elite meritocrática, como la del fútbol, única en la que los Bravo, los Jara y los Díaz tienen lugar protagonista. Para el resto de las actividades, los Aránguiz, los Mena, los Paredes, mejor que entiendan de inmediato su rol en el crecimiento: hacer de espalda adolorida para que otros como los Luksic sigan apoyándose sobre ellas, manteniendo intacto el Reino de Chile.

¿Qué hizo el Estado de Chile por esta selección? ¿Cuál es el programa de gobierno que llevó a tan notable éxito deportivo? Lo que ofreció este miserable país a esos cabros fue convertir sus vidas en una lucha cotidiana por sobrevivir. Había que ser el más choro, el más vivo, el que logra hacerla, no importa cómo. Las canchas de tierra eran la salida a una vida que desde pequeños se les mostraba ajena a los modelos que transmitían por televisión. Probablemente uno de los aprendizajes más añejos, de esos que se tienen desde el más temprano uso de la razón, es que ellos no serían quienes entrarían a la universidad. Bastaba ver a qué se dedicaba la gente alrededor para darse cuenta de que ellos no pasarían por ahí. Mejor hacerle fintas a la vida y seguir jugando, porque como en Puente Alto no ha vivido nunca el individuo racionalmente orientado en el que piensan los economistas, se tenía que ser el mejor por amor al juego, a uno mismo, a validarse mediante el regateo y la pachorra.

La Concertación en sus 20 años de gobierno priorizó el “estimular la inversión”, eufemismo para decir que atraer capitales es más importante que tener viviendas dignas, que construir hospitales con estándares de atención decentes, que diseñar escuelas orientadas a seres humanos. Hacer crecer a empresas privadas con cifras extraordinarias fue a cambio de dejar a su suerte a millones de niños, que lo mejor que podían hacer era pasar jugando días enteros a la pelota, para así sentir menos el hambre, la violencia en sus casas, la pena de madres como la de Vidal que separada tuvo que criar sola a 5 hijos.

Por eso la aparición de Bachelet después del partido de Australia fue de una sinvergüenzura extrema. Su tartamudeo inepto no importaba, puesto que sus palabras no valen por lo que dicen. Porque si Alexis y Arturo son estrellas publicitarias de algunas marcas, Michelle hace lo propio como rostro del capitalismo internacional. La carismática mandataria llevaba orgullosa en su pecho a Coca-Cola, el Banco de Chile y la CCU, entre otros 7 destacados integrantes de la selección del neoliberalismo chileno. En un acto, apareció el monumento que está fundando la Nueva Mayoría, el mismo Chile que conozco desde que nací, con el mercado haciendo cola para acercarse a la presidenta a cantar el himno a todo pulmón. Todo vale cuando se trata de ganar.

En ese contexto, lo sucedido el miércoles es una imagen de la moneda que no quiere ver Chile. En la cara los jugadores populares como inusual minoría victoriosa; en la cruz, los hinchas viendo el partido en el calabozo y los desmanes en plaza Italia como un resultado esperable del despliegue de nuestra más arraigada y mayoritaria identidad patria.  ¿No es la vida una lucha por aprovechar las escasas oportunidades? ¿Emprender no se trataba de eso? ¿Y dónde dejamos a los miles de jóvenes que hay por cada Sánchez, esos que no lograron cumplir el sueño de ser un crack, ni ningún otro?

El espíritu de esta generación de jugadores fue parido por un pueblo que tiene que llenar su carácter de empuje y coraje para hacerle frente a la mierda que han diseñado para su vida. Aunque nos traigamos varias victorias más, la resaca mundialera pasará y la cabeza dolerá más que nunca cuando seamos excluidos de todas las otras nóminas, de esas de las que el pueblo ha sido apartado desde que este país bastardo tiene nombre.  Chile no puede pretender llenarse de Maracanazos, porque esos milagros ocurren pocas veces en la vida. Lo que realmente se necesita con urgencia es la construcción de un nuevo país en que los niños puedan seguir soñando con ser futbolistas, pero sabiendo que podrían ser cualquier otra cosa que se propongan. Hoy por hoy, el pueblo sólo puede ser campeón jugando fútbol.