Un belga borracho, acompañado de otro belga borracho, por cantar y no mirar al frente, choca conmigo en el pasillo diminuto delante de los asientos del Estadio Mineirao de la ciudad de Belo Horizonte. El tipo deja caer la cerveza de su vaso número equis sobre el final de mis pantalones y zapatos, la polera del tipo sentado más abajo y el bolso de un señor brasilero ubicado a mi derecha. El belga borracho se deshace en disculpas y regresa a buscar su vaso con alcohol número X+1. No vuelve más a su asiento.

10402951_789539297736447_970626357798137464_nLa venta de alcohol en los estadios brasileños está prohibida, como en Chile, para evitar que los comportamientos eufóricos del público no se transformen fácilmente en violentos, algo por lo demás común en un recinto futbolero. Es un tema cultural que no se ha resuelto de otras formas.

Un argentino borracho, por culpa de dos brasileños borrachos que cada cinco minutos le piden que cante con ellos que Maradona es mejor que Pelé y de premio le compran y le compran y se compran cerveza, en su momento de mayor éxtasis en el Estadio Arena da Baixada en la ciudad de Curitiba, grita eufórico: “El fútbol es hermoso. Acá hay brasileros, argentinos, iraníes, nigerianos, estadounidenses, uruguayos y no hay problemas. El fútbol es paz. El fútbol puede cambiar el mundo. El fútbol puede cambiar el mundo”. Los veo a lo lejos abrazarse en grupo con una emotividad desbordantemente alcoholizada.

Brahma es la gran compañía cervezera en Brasil y eligió ser auspiciador de la Copa. Entonces necesitaba vender su producto en los 64 partidos del Mundial. Las autoridades federales locales dijeron que no. La FIFA dijo que sí. Entonces el parlamento promulgó una ley express para venta de alcohol en los estadios desde el primero y hasta el último juego del torneo. El organismo del fútbol no sólo no paga impuestos, no remunera a los trabajadores -los famosos voluntarios-, sino que legisla a su antojo en un estado.

En el Estadio Castelao de la ciudad de Fortaleza un brasilero borracho, apoyado por otros brasileños borrachos, le grita a los hinchas uruguayos, que ven perder a su selección en vivo, que “la chupen”. El grito está medio escondido, es una ofensa sin cara a cara, sin coraje. Un poco más allá otro grupo de brasileros borrachos molestan hasta el cansancio a dos charrúas. Finalmente se aburren y a los empujones y golpes tratan de resolver las diferencias. Los guardias de seguridad, que no están borrachos calman las cosas.

En la televisión local los noticieros dan cabida a los reclamos de los hinchas. La atención alimenticia es deficiente. Igual que los baños, el sistema de ingreso y la exagerada zona de exclusividad, agregaría yo como espectador. Dan detalles de cada producto (bebidas, agua, hamburguesas, platos de feiojada, helados, dulces, galletas) y reportan las carencias. En ningún momento aparece el tema de la venta de alcohol. En el cierre de las notas la conclusión es clara: La cerveza jamás estuvo escasa en ningún estadio. Los cientos de borrachos -antes, durante y después de cada partido- pueden certificarlo sin demora con sus vasos de colección. La marca festeja, la FIFA también. Uno los debe soportar, está en la ley brasileña de esta copa.