gerson gutierrezCrónica de un comité, la cinta ganadorade la categoría Competencia Nacional de Fidocs 2014, retrata la forma en que los familiares de Manuel Gutiérrez -un joven de 16 años asesinado en una protesta en 2011 por el carabinero Miguel Millacura- se organizan para pedir una condena real para el uniformado (que sólo estuvo dos meses en prisión), además de apelar ante las autoridades por el fin de la Justicia Militar.

El espíritu de esta obra no hace otra cosa que evidenciar el abandono y la precariedad en que se encuentran las personas de escasos recursos a la hora de pedir Justicia. Pese a la gravedad de los hechos, es decir, la muerte de un joven que sale de su casa y es abatido por el arma de un carabinero, el documental narra la falta de humanidad de todo el aparato estatal frente al hecho: Contante negativa de las autoridades a reunirse con la familia, falta de información sobre el paradero del carabinero implicado, reuniones “almuerzo” en el Congreso con parlamentarios, es decir, ninguna instancia digna o formal en que se les dé una respuesta clara a sus peticiones: lograr una condena efectiva para un carabinero –no para la Institución- y exigir el fin de la Justicia Militar, que aún en tiempos de paz da garantías a los uniformados.

La familia Gutiérrez-como tantas otras que hoy se ve envuelta en conflictos ambientales, económicos o laborales- debe armarse a pulso para enfrentar una causa tan necesaria como la memoria de su hijo. Su búsqueda por Justicia se convierte en un laberinto kafkiano, sin respuestas, sin un apoyo real, pero por sobre todo sin un trato digno. La madre, en cámara, se pregunta “¿Qué hubiera pasado si mi hijo le dispara al carabinero y lo mata?”.

Duele ver cómo a esta familia se le ofrecen regalos en un acto claramente coercitivo (como un reloj de madera con el símbolo de Carabineros que le entrega la institución, o una silla de ruedas para Gerson, hermano de Miguel, que ni siquiera puede usar porque no está hecha para su tipo de discapacidad). Duele ver a los medios ausentes en las conferencias de prensa. Los únicos que se acercan a dar esperanza pertenecen a la comunidad evangélica, con un mensaje que obviamente divide a la familia –entre la búsqueda por justicia terrenal y por justicia divina.

La obra muestra un país en donde el espíritu de ciudadanía es inexistente, en donde las instituciones manejan el orden a su propio antojo, sin un piso mínimo de dignidad, transparencia o claridad frente a hechos tan aberrantes como éste. Sin embargo hay una fuerza que nos dice que a pesar de las dificultades, el ser humano es incapaz de quedarse tranquilo frente a la injusticia. Eso es lo que mueve a los personajes y a la obra.

Una de las características de José Luis Sepúlveda (Pejesapo, Mitómana) -codirector de la cinta junto a Carolina Adriazona- es centrar su mirada desde los márgenes, sin ningún tipo de pretensión estética. La cámara es sucia, atenta del momento-y según se lee en los créditos- manipulada además de forma colectiva por los mismos familiares. Lo importante no es el encuadre, sino adoptar un punto de vista cercano, de primera fuente, el devenir de los hechos. Un punto de vista que muestra además la escasa preparación y el lugar de desventaja en que se encuentran los protagonistas frente a su propia historia. De esta forma no faltan las cámaras encendidas en momentos en que se ha pedido “no grabar”. La familia no tiene siquiera el poder de exigir claridad, transparencia, sino que tiene que actuar desde los propios márgenes, a escondidas, buscando luz a pesar de toda la oscuridad. El espectador, al igual que los familiares, debe esforzarse por entrar en la imagen, porque se narra a partir de la misma incomodidad, de lo poco claro, de la falta de perspectiva, de la precariedad de las condiciones.

Dentro de su estilo, esta obra es consistente desde todo punto de vista. Sin embargo, nos deja anclados en los márgenes, lo que también es un arma de doble filo. Si el objetivo de la obra es ubicarse desde esta mirada, hacernos sentir incómodos, desde luego que lo logra. Sin embargo, una segunda lectura nos haría preguntarnos si no es coherente también buscar dignidad donde parece no existir, haciendo accesible la obra a un público más amplio, para no perderse en el mareo de imágenes a pulso, donde se corre el riesgo –a nivel de audiencia- de quedartambién en los márgenes, sobre todo intelectuales.