Foto MedelCorrían los últimos minutos del segundo alargue, y Gary Medel no tuvo más remedio que hacer caso a esa voz interna que le decía hace rato que debía salir de la cancha. Un centro al área defendida por el meta Bravo iba directo a colarse para ser interceptada por el astro Neymar o el grandote Jo, quien sabe. Gary entonces dio un salto espectacular para frenar el balón, quedando semi-suspendido en el aire por centésimas de segundo. “De esta no te recuperas”, pensó, y así no más fue. Lo cierto es que cayó pesado al césped y ya no pudo volver. Llevaba casi dos horas conteniendo todos los ataques brasileños, por izquierda, derecha, arriba, por el centro o abajo. Por mar, cielo y tierra, el Pitbull estaba intratable ese día. Pero esa caída –jugando con una pierna apenas, mientras la otra le hervía del dolor – pudo más, y Gary supo que era el momento de ser sustituido por un compañero en mejor condición física. El chileno lloraba desconsolado, por su esfuerzo y el de sus compañeros, pero además porque tenía un mal presagio. Y como no era capaz aún de resignarse, antes de salir, cerró los ojos y pudo ver mejor la cancha. Y en los segundos que venían, el Huaso Isla era reemplazado por el Mago Valdivia. En el siguiente flash, Pinilla estrella el balón en el travesaño y al rebote el propio Mago –con el portero Julio César ya lanzado– la agarra de emboquillada y anota el segundo gol chileno. Y en la siguiente imagen ve al el Chapa Fuenzalida, a Carmona, Orellana y a chileno-sueco Albornoz saltando al borde del campo, a Vidal con los brazos en alto y un gesto algo envanecido que le recordó los clásicos con Colo-Colo de los tiempos de las inferiores. Ve a sus amigos de infancia llevarlo en andas después de un triunfo en alguna pichanga de los 11 o 12 años. Ve el titular “Mineirazo”, en los diarios colgados de los kioskos de Conchalí, de Las Condes, del barrio de la Boca, de Sevilla y de Gales. Ve a los miles de compatriotas del arco sur sacando un grito del alma guardado quizás de cuando, y a Sampaoli tratando de calmar al equipo para terminar esto de una vez por todas. Luego ve a la policía resguardando a esos mismos chilenos agredidos por la multitud brasileña, a Scolari transformado en un energúmeno encarando al árbitro por un gol anulado a Hulk hace más de una hora. Ve al mandamás de la FIFA intentando calmar a la Presidenta Rousseuff, explicando “que todo esto ha sido mal entendido”, y a los indignados que marchan en Río, Sao Paulo, Porto Alegre y Belo Horizonte, confundidos todos con la torcida enardecida, amenazando con asaltar los cuarteles de invierno. Y entonces intuyó Gary que todavía no era el momento, y sin poder aún contener su tristeza, se prometió a cambio que la próxima vez sí habría festejo, justo en el momento en que los camilleros lo sacaban de la cancha, como a un héroe herido en su talón de Aquiles.