10262160_805155186174858_6991876104439508553_nPasaron unos instantes luego que el arquero del Scratch atajara el penal de Gonzalo Jara y la presidenta brasilera Dilma Rousseff –o su asesora de prensa–, escribió en su cuenta tuitera: “Fue difícil. Fue con raza, garra, lágrimas y la defensa de Julio César. Vencimos”. En paralelo la mandataria chilena Michelle Bachelet y su séquito, decidían atrasar un viaje internacional para recibir en La Moneda a la Roja tras su eliminación. El punto cúlmine de ese encuentro fue la imagen (“selfie”) del Pitbull (Gary Medel) y la iñora en el balcón de palacio con la gente en la calle… la política al servicio del mensaje que busca sumar votos y popularidad fácil.

Un día antes del Brasil-Chile en el Estadio Mineirao de la ciudad de Belo Horizonte, la candidata a la reelección en éstas tierras, establecía en redes sociales que “el pueblo brasileño está demostrando que puede hacer una copa como se debe, el padrón Brasil”. El famoso padrón es el uso de un concepto que habla de un estilo, de un estándar y que lo usa la FIFA para hablar de su categoría para realuzar eventos. Dilma, ad portas de las elecciones en octubre, quiere crear esa consigna sobre la Copa, en la que se juegan mucho como coalición con el eje en el Partido de los Trabajadores ( PT).

Desde Lula a Rousseff, el pacto político que los sostiene, una Concertación brasilera, en formato, en proyecto y en ideas, eligió la macroeconomía y la imagen internacional para mantenerse en el poder y ganar prestigio. En estos años Brasil se ubicó en el top ten de las potencias e incluso se habló de sumarlo al G8 de los pesos pesados del planeta. Los pobres vía crédito controlado ingresaron al mercado nacional y compraron cosas. En paralelo los empresarios ganaron más y los ricos se volvieron más ricos. La educación pública se volvió un problema y la ciudadanía prefiere por estatus el sistema privado. La salud estatal es deficiente. Las privatizaciones comenzaron a detenerse al acabarse las opciones y ya el gobierno anunció a la baja en un 1,6% el crecimiento anual. La macroeconomía ya no los sostiene. El Mundial y la Canarinha, sí. Necesitan un Brasil hexacampeón en el Maracaná.

La Copa por ningún lado cumple el nivel internacional que pregona la Federación Internacional de Fútbol Asociado. Es un Mundial con un piso inferior y dispusieron de siete años para desarrollarlo. Más allá del juego en la cancha, el estatus es menor que el propagandeado. Aeropuertos aún en refacciones y construcción. Hoteles sin terminar recibiendo turistas. Moteles y hospedajes de mala calidad y en barrios riesgosos cobrando 100 dólares por noche y sin supervisión. Voluntarios en aeropuertos y terninales de buses que sólo hablan portugués, porque de inglés o español ni hablar. Extranjeros viajando por el país a puras señas. Estadios sin agua en los primeros partidos y otros aún sin terminar. Carreteras deplorables fuera de los conos urbanos. Comercio sin acceso al uso de tarjetas internacionales, obligando al visitante a cargar altas sumas de dinero, con el riesgo que eso supone. Terminales de buses con servicios de baños y descanso deficientes. Sistema de transporte público irregular y engorroso. Los taxis cobrando valores diferenciados y altísimos a los visitantes. Gran dificultad para acceder a los estadios y forzando caminatas de hasta 3 kilómetros. Accesos a los recintos insuficientes que generan filas interminables. Ausencia total de trenes entre ciudades.

Con esto, organizar una copa está al alcance de cualquiera. El cuaderno de cargos a cumplir por algún postulante a organizador de un Mundial –post Brasil 2014– es más pequeño, menos exigente y permisible. Sudáfrica primero y los brasileños después, descendieron el tope y humanizaron, con los muchos errores, un evento de este tipo.

Hace unos días el suizo Jerome Valcke, secretario ejecutivo de FIFA, aparecía en la televisión local hablando maravillas del país y el campeonato. Los niveles de recaudación del organismo ayudan a olvidar las dificultades. A la baja el ente internacional reúne unos 5 millones de dólares por juego, en concepto de entradas y venta de alimentación y bebestibles. Son 64 partidos. Súmele auspiciadores locales e internacionales, los derechos de televisión y radiales. Con todo edo, para qué pensar en las falencias.

El Mundial sube y sube en ambiente en este país. Todos sueñan con una final Brasil-Argentina, aunque ambas selecciones sufren en cada etapa y paso. La FIFA expone maravillas. El gobierno brasilero festeja el desarrollo. Los que andan por las calles saben y viven las imperfecciones a diario.