Seleccion_de_Chile-Mundial_Brasil_2014-Seleccion_de_Brasil_ALDIMA20140628_0016_25120 minutos habían pasado desde que había sonado el silbato de Howard Webb anunciando el inicio del fin, cuando un cañonazo salió disparado centelleante desde el empeine de Mauricio Pinilla. En un par de segundos, un balón surcaba el aire del Mineirao cortando la respiración de dos países enteros, como la piedra de David yendo furiosa y decidida a acabar con el gigante Goliat. El golpe en el travesaño, como una maldición irreversible, como una condena perpetua a no conocer el dulce sabor de la gloria.

Luego los penales, los errores, el fin. El llanto de un Medel inconsolable, que hacía recordar con sus saltos desgarrados el sacrificio de Lautaro como paje de Pedro de Valdivia, o la supervivencia del pueblo olvidado en los barrios periféricos. Las humillaciones del fútbol y de la vida. Las goleadas de Brasil y las goleadas del poder. Y la rocosa figura de Webb, maldito Webb, que nos impedía echarle la culpa como otras veces a la justicia corrupta. Esta vez nadie tenía la culpa, ni nosotros. Simplemente, la Teoría del Caos recordándonos los límites de nuestra voluntad.

Voltaire no creía en el azar, ni en la existencia de realidades sin una causa. Para él el palo de Pinilla sería causa de un disparo imperfecto, aunque esa imperfección sea una cuestión de centímetros. La derrota en los penales, una ecuación entre las deficientes ejecuciones de Alexis, Jarita y el  mismo Pinilla,  y la habilidad de Julio César. Lo cierto es que una leve tensión muscular, un sutil giro del empeine, unos grados de diferencia en la flexión del tobillo de Pinilla, impidieron que esa gloria sea parte de nuestro presente, y haya pasado a formar parte de universo paralelo que nos imaginaremos una y otra vez como un paraíso de felicidad al que estuvimos a segundos de acceder.

Cambio de paradigma

Luego del dolor que implica para toda alma futbolera masticar esta inverosímil derrota, tras volver a perderse en los inmaculados caminos del tiempo, después de desear con furia que ese momento acontezca de nuevo y que esos cinco o dos centímetros se corran hacia abajo o hacia la izquierda del palo, no queda más que reconciliarnos con este Chile y repetir casi como un mantra: esto no fue igual, nunca antes perdimos así.

La “pasta de campeones” pesa en un campo de juego, influye en mentalidades que se forjan bajo hitos que operan invisiblemente y se actualizan cuando un equipo juega, sin importar la contingencia. La rebeldía uruguaya sintoniza de forma inmejorable con esta idea. Hay algo en el fútbol que tiene que ver con una memoria histórica.

No adscribimos a la idea de que la historia es un progreso, a la noción de que avancemos hacia algo mejor de forma paulatina y sostenida como pensaba Hegel. Aún quizás en contra de nuestra propia visión anti-hegeliana, en el caso del fútbol, existe algo así como como una “pasta de campeones”, es decir, algo que hace que él que ha sido campeón vuelva a serlo -o estar cerca de ello- más fácilmente que él que ha sido superado siempre de forma inapelable. La “pasta de campeones” pesa en un campo de juego, influye en mentalidades que se forjan bajo hitos que operan invisiblemente y se actualizan cuando un equipo juega, sin importar la contingencia. La rebeldía uruguaya sintoniza de forma inmejorable con esta idea. Hay algo en el fútbol que tiene que ver con una memoria histórica. Existe un desparpajo, una forma de entrar y pararse en una cancha que se vincula estrechamente con que algunos hayan hecho algo grande antes, que se conecta con antiguas gestas y con las generaciones que crecen siendo testigos de ellas.

Los que crecimos en los años 90´s viendo a la selección tras el triste maracanazo de Rojas y compañía, nos alimentamos de estrellas fugaces, de la heroicidad de jugadores extraordinarios como Salas y Zamorano, pero siempre tuvimos la misma sensación -matizada por una fe propia del hincha- cuando enfrentamos a un grande: no hay posibilidades. Y así ocurrió una y otra vez, como si la inquina de los dioses hubiese estado concentrada en hacernos abrazar esa penosa mediocridad. Esta sombría percepción se mantuvo también durante buena parte de los 2000´s, hasta que hacia fines de esa década con la llegada del maestro Bielsa comenzaron a germinar las semillas que han ido evolucionando hacia lo que presenciamos en pastos brasileros.

Los mandamientos de Bielsa y el renacer

Si es que habláramos en términos hegelianos Bielsa sería el espíritu que se va cumpliendo progresivamente en esta selección. El maestro fue decisivo porque cambió un “esquema”, un “programa”, una “mentalidad” que veníamos arrastrando como una pesada carga, nos liberó de ese gran imán hacia la medianía. Fue Moisés recibiendo los mandamientos, Buda llegando al Samsara. Grabó a fuego en los jugadores un nuevo código, les enseñó otra lengua y tuvo en Medel, Vidal y Alexis alumnos aventajados, discípulos que hicieron propios los nuevos signos.

Cuando creímos que este gigantantezco avance se perdería en la vulgaridad de un retrete lleno de restos de asado en descomposición, en el tiempo que experimentamos que Borghi era el rey midas al revés y que cada partido que disputaba nos llevaba progresivamente de vuelta a la mediocridad, en el momento en que los jugadores habían desaprendido casi por completo el nuevo lenguaje, un poco de sentido común nos hizo llegar al hijo pródigo.

Sampaoli, hijo bastardo de Bielsa, recuperó rápidamente esa lengua casi perdida y le agregó neologismos que la perfeccionaron, sumó a sus propios intérpretes azules y tomó a los antiguos futbolistas del maestro en mejores condiciones. Todos estos ingredientes cuajaron y la orquesta de Bielsa volvió a sonar, el espíritu del maestro se actualizó en una expresión superior.

Es así como se configura un nuevo estado, una vibra emocional de la que es posible forjar una identidad única, distinta a la garra charrúa, al jogo bonito brasileño, al tiki taka español o a la disciplina alemana. Una dimensión novedosa que nos acerca a la rabiosa supervivencia Mapuche, y nos saca de la condena a temer al Dios castigador. La rebeldía suicida bielsística, el amateurismo sampaoliano, el sacrificio medeliano y el azar pinillesco, nos transportan a la antigua Esparta decadente, aquella gloriosa ciudad estado que podía ser derrotada por el rival, pero que no tenía miedo ni a los más grandes ejércitos ni a las más afiladas espadas, sabiendo siempre que el olor a sangre y muerte era inminente, pero que de tanto empujar, a veces abrían los ojos en medio de una montaña de cadáveres, lanzando el grito victorioso de una inesperada pero eterna gloria.