Jorge-ArrateEl viento inicial sólo era una ventisca pasajera, las luces de los primeros cien días fueron nada más que destellos para engañar el ojo. Algunos celebraron la energía del nuevo gobierno de Bachelet con demasiada anticipación. Otros sintieron que debían acercarse a la Nueva Mayoría, y le dieron reconocimiento, por si el viento continuaba y las luces se convertían en faros. Los menos esperanzados no estamos sorprendidos por el curso de los acontecimientos, pero hubiésemos querido equivocarnos. Es perturbador que los hechos avalen el peor escenario.

Se trata de una oportunidad perdida. Bachelet y sus gobiernos, más allá de su retórica, nunca se apoyan en la ciudadanía movilizada. No lo hicieron el 2006, cuando los “pingüinos” cambiaron la agenda, y simplemente aplacaron el movimiento para culminar, tomados todos de la mano, derecha y Concertación, anunciando un “acuerdo histórico” sobre educación. Ahí está la tristemente inolvidable fotografía. Ahora, los firmantes del acuerdo tributario presentaron un remake de los viejos consensos. Aunque, a diferencia de las versiones cinematográficas, muchos de los actores eran los mismos, algo mayores, con unos kilos de más, pero los mismos, siempre al pie del cañón de cuanto acuerdo con la derecha sea posible. Y algunos nuevos fueron excluidos del casting.

Durante la campaña presidencial Bachelet fue insistente en convocar al logro de mayorías parlamentarias para hacer las reformas que proponía. Nunca dijo que serían sólo virtuales, un instrumento más en el póker de la política, pero que no se utilizarían. En los ciento veinte días de su gobierno, al menos, nunca se han hecho efectivas. Además Bachelet se ha dado una “media vuelta” (según la calificación de “El Polígrafo” mercurial) en cuanto a su programa. Los tres pilares eran: reforma tributaria, reforma educacional, nueva Constitución. Hoy la Presidenta habla, prudentemente, de la posibilidad de redactar una nueva Constitución y comenzar a debatirla…

Cuando había senadores designados y el binominal surtía sus peores efectos la Concertación estuvo obligada a negociar muchas veces sus proyectos de ley. Pero ahora, cuando ya no existen esas circunstancias, la reforma tributaria se ha negociado sin necesidad de hacerlo. No se trata de cerrarse a los diálogos o a las propuestas de la oposición, porque no puede descartarse que otros puntos de vista contengan criterios o ideas que puedan acogerse. Sin embargo, es distinto dialogar que negociar. Es distinto incorporar nuevas ideas que renunciar a las propias. Es distinto votar en el Congreso que suscribir un protocolo y reconocer implícitamente un derecho a veto, ese que la derecha se fabricó en el pasado y que siempre denunciamos.

¿Cuál es la razón de lo ocurrido? Debe ser una mixtura o una acumulación. El poder de la derecha es, sin duda, un factor principal. Me refiero a la derecha económica, al poder económico del gran empresariado nacional y transnacional, del que los parlamentarios derechistas son meros delegados en el Congreso. Otro es la diligencia de los lobistas, un poder en las sombras, titiriteros que operan en las bambalinas de la Cámara y del Senado, ventrílocuos que hacen oír sus muñecos en todos los partidos, el Socialista el primero, y hasta en La Moneda. Un tercer factor es la propia coalición, la nueva Concertación que cambió de nombre pero no de ADN, a pesar de los intentos de sectores de izquierda. Desde el comienzo sabíamos que los puntos de vista básicos no eran coincidentes. Una coalición, sin duda, tiene un grado de heterogeneidad. Pero no tanta como para que unos quieran seguir la “política de los consensos”, como han propugnado explícitamente dirigentes de la Nueva Mayoría, y otros tratar de aplicar, al menos de vez en cuando, las mayorías. Los primeros han vencido y el consenso se ha convertido en una adicción concertacionista.

Un cuarto factor general, que traspasa toda la actividad política, es un gobierno que no tiene atrevimiento, que renuncia a tensionar el conflicto para acumular fuerza social y política. Un gobierno tímido, de ánimo domesticado, con arrebatos de autonomía y de radicalismo, pero sin voluntad de asumir riesgos.

Es posible que en materia educacional veamos un formato de acuerdo parecido al tributario. No lo sabemos, seguramente no será el mismo. Pero la reforma planteada, como señalan repetidamente las organizaciones estudiantiles, si bien acierta en los criterios (no al lucro, gratuidad y fin a la selección) no convence por su sustrato mercantilista. Entonces, seguramente nos deberemos enfrentar a retrocesos desde ese insuficiente punto de partida.

En cuanto a la Nueva Constitución, hemos sido delicada y sutilmente notificados por la Presidenta que sólo debemos esperar la redacción de un texto, aunque aún no sabemos por quién, y el inicio de su discusión, aunque no sabemos cómo.

Santiago, 13 de julio de 2014.