Celebran los brasileños una victoria ajena con camisetas alemanas y fuegos artificiales. Festejan los argentinos en la ciudad -con disturbios incluidos- y con su presidenta. Celebraron los chilenos con su mandataria tras caer donde siempre. Celebran también los que deben hacerlo, los germanos, por sumar su cuarta estrella y en tierras latinas.

Festejaron los colombianos en su casa, también los costarricenses con su gente. No escuché de agasajos para franceses ni belgas, ni uruguayos, tampoco para los holandeses y su nuevo casi-casi. Los ánimos de fiesta inundan a los latinoamericanos, aunque quedaron pocas cosas que celebrar mirando desde el deporte mismo.

10486570_812324905457886_8285897765177389833_nLos brasileros volvieron a organizar un mundial para gritar campeones y como en 1950 se quedaron con las ganas. Antes fueron segundos y ahora cuartos. Un desastre mayúsculo para quienes buscaban su sexto título y cerraron el torneo resquebrajados por una suma de 1-10 en contra en dos partidos. Verlos alegrarse porque los argentinos no celebraron en el Estadio Maracaná es así de triste y los instala en el podio de las victorias morales de la copa 2014. Son los líderes de la autoflagelación.

Los trasandinos -a base de empeño- pelearon hasta el final y no pudieron. Segunda vez que caen en una final ante los mismos alemanes y también por 0-1. Para ser alguien a quienes les sobran los festejos futboleros, verlos celebrar igual extraña. No se trata de incendiar las cosas por perder, pero de ahí a armar una fiesta hay diferencia. Se quedan con el segundo lugar de las victorias morales.

Para completar el podio, la Roja. Volvió a tropezar con el mismo peldaño y frente a la puerta de siempre. Ante el peor Brasil de la historia -dicho y resaltado por ellos mismos-, Chile se puso su mejor traje, actuó como nunca su rol y reiteró su choque con la muralla de la segunda fase. Aunque la forma fue mejor que otras y algo de fortuna pudo cambiar los hechos, la celebración a su llegada mostró la confusión entre satisfacción-orgullo y la eterna celebración por nada. La popularidad de la selección (y no del fútbol mismo) no tiene justificación en su historia plagada de fracasos.

Con mención honrosa quedan dos equipos que avanzaron algo, pero lejos de conseguir un triunfo. Los colombianos y los Ticos conocieron por primera vez la tercera ronda y ahí se quedaron. Los Cafeteros obtuvieron premios amables como el goleador del torneo y el del conjunto fair-play. Costa Rica se llevó la idea de que los penales le impidieron inscribirse entre los cuatro mejores. ¿Para estar contentos? Seguro que sí. Diferente es el estatus de héroes que les ofrecieron.

No hay aquí la pretensión de extinguir las celebraciones, sino de llamar a realizarlas cuando corresponde. Y en esto la política (por interés populista) y los medios (por solamente vender y ganar dinero), demasiado tienen que ver. Se aprovechan de todo.

No es coincidencia que Bachelet, Santos, Fernández, Rousseff y Solís, todos y cada uno, recibieran a los equipos y hablaran de ellos. Cualquier gota de fama que caiga les es bienvenida. Tampoco es casualidad la sobreabundancia de analistas chauvinistas y patrioteros, porque el show vende y hay que citar a los dioses, la virgen, la bandera, el himno, la camiseta, el pueblo, lo que venga.

Todo eso lo paga el fútbol latinoamericano. Los europeos sumaron su título 11 y acá siguen siendo 9. En cinco mundiales sólo Brasil en 2002 supo ganar (20%) y desde la década de los 80 -con nueve copas- hay tres latinas (30%). Mientras armamos festejos morales por lo que fuere, los países ricos aumentan el desequilibrio basados en nuestra materia prima. El trabajo de los alemanes se basó en el juego de posesión que era propiedad sudamericana y en un equipo donde cerca del 40% de sus titulares son hijos de inmigrantes. Así como la Manschaft, los italianos, los franceses, los holandeses, los ingleses y los españoles, entendieron que sus ligas deben llenarse de jugadores latinos y africanos, para que sean espejos de su trabajo de formación, también para nacionalizar o generar generaciones mixtas a futuro. La plata les permite todo.

En paralelo Latinoamérica contribuye su sangre, sus capacidades y su estilo, festejando cualquier cuestión para destacar la tierra, siempre tan perdida en la cotidianeidad de la globalización por arriba. Parece crecer algo el fútbol sudamericano, pero sus esfuerzos los capitalizan desde afuera. El primer festejo europeo en la Patria Grande parece la conquista final. Ojalá entre medio de la fiesta alguien vea que seguimos sumando para los otros.