Talca es una ciudad de mierda. Al menos eso nos encargamos de decir todos los artistas que pasamos o somos de aquí, no hay canción, poema o cuento donde no se muestre la incomodidad sufrida en esta tierra de huasos. Todos se quejan de lo mismo, aquí no hay cultura, no hay diversión, no hay farándula artística, a quien admirar o a quien criticar. Las grandes glorias poéticas de Talca se murieron para el golpe, y no es que de pronto me haya venido un amor por los lugares comunes, es que la triste fama de esta región lírica nació y terminó con Neruda. A quién le importan González Bastías, Barquero, Stella Corvalán, Max Jara, Lagos Lisboa, Anguita, De Rokha, son puros fantasmas llorando por una masa lectora que no existe. Los viejos-nuevos poetas también están refritos, ya alcanzaron su popularidad y su jubilación en algún liceo, andan a caballo creyéndose cuatreros de los campos linarenses, cuidan bibliotecas públicas, se perdieron en la cordillera por allá por Vilches o se quedaron hasta la eternidad como ejemplares padres de familia.

Parece que ni vida under hubiera, a lo más un par de pubs zorrones en la dos sur o el Tuareg que es la salvación de la gente alternativa, de la gente rara, de los pobres diablos que calzamos perfecto en el modelo de “artista mainstream capitalino”. Hasta los choros de pobla son más tranquilos, tal vez lo digo porque lo único que me han robado es un cigarro, vaya a saber uno, prefiero no tentar la suerte para que no piensen que no les tengo respeto y cariño. Lo cierto es que para conocer la verdadera cara de Talca ni siquiera hay que tocar fondo como dicen Los Tres, basta con pasearse por el centro, por la uno sur, y darse cuenta que esta es la ciudad prototipo del neoliberalismo, es el resultado de muchas ecuaciones nefastas que la convirtieron en esto de una forma casi inexorable. No, no hay que ser un artista frustrado para apreciarlo, todos vimos como la torre de la Catedral se fue escondiendo tras los nuevos edificios, que ya su prestancia no rasga el cielo impoluto de capital rupestre, todos fuimos testigos de las lucecitas rojas de las grúas, de las excavadoras imparables que acabaron con el pulmón verde de La Florida, del terremoto que terminó de derrumbar el poco patrimonio histórico que nos quedaba.

Talca es un muerto que se masturba, no en la agonía sino desde el más allá, viene con flashazos de conquistas pasadas a sentarse en los centros de extensión de las universidades, o a dejar que las autoridades de turno posicionen su trasero en la primera fila del Teatro Regional a motivo de algún festival auto-gestionado en el que no ayudaron, pero del que se sienten muy orgullosos por ser tan promotores del arte.

La fisonomía de esta ciudad-cementerio no tiene nada que envidiarle a las necrópolis famosas, está llena de casas demolidas, de veredas a medio construir, de árboles sacados de cuajo, de postes de luz con flores (el típico arreglo de los alcaldes UDI), de plazas remodeladas y de edificios en construcción. No puedo decir que las paredes de sus calles están limpias, siempre hay afiches de alguna discoteca o los infaltables carteles evangélicos que pegan los de “Vuélvete a Cristo” revindicando el valor de la familia. Tengo amigos que salen a rayar de vez en cuando, pero sus letras de spray proletario siempre quedan bajo el engrudo todopoderoso de los papelógrafos jotosos, ni para eso nos ponemos de acuerdo.

Kundera dice que uno siempre le tiene cariño al origen, a pesar de que estando en él se queje la mayor parte del tiempo. Ya he dicho muchas veces que esta es una ciudad de paso, la razón de la inexistencia de identidad cultural se da, por ejemplo, porque los emblemas identitarios: la Universidad de Talca y la UCM, están en la periferia y más encima llenas de estudiantes de localidades contiguas, son el espejismo de la aspiración cosmopolita, la mejor radiografía de lo que somos. A eso le sumamos que los talquinos siempre quieren salir de aquí, aunque suene majadera la repetición, todos soñamos con irnos a otra parte, a la parte que sea, al norte, al sur, a Santiago, arrancar de este páramo lleno de muertos como en la mejor alucinación de Juan Rulfo. Hay algunos exitosos que han logrado irse al extranjero, e incluso alcanzar reconocimiento de la mano de un poeta exiliado que les vio cara de huachos y los ayudó. No puedo condenarlos ni fustigarlos, ellos son felices con su movilidad socio-cultural-individualista, aunque suene mala onda el término de mi parte. Es que tampoco había mucho que hacer acá. Ese recelo que le tenemos a los desafíos, me puede llevar la vida entera transformar esta ciudad en un epicentro vanguardista, el punto es que somos demasiado egoístas como para hacerlo en bloque “con toda las fuerzas de una matriz comunitaria”, siempre estamos peleados/alejados por algo, llega a ser chistoso y casi todos los intentos culturales terminan en nada por cualquier cosa que anquilosó su victoria.

Nunca fuimos tan perdedores como ahora, Sergio Grez y Víctor Muñoz dicen que a principios del siglo XX hasta se editaban periódicos anarquistas de gran aceptación acá en Talca y que, junto con otras ciudades no centralizadas, era un foco de emancipación peligroso. Creo que un par de amigos recogieron unas copias de “El Azote” que todavía guarda la Biblioteca Nacional. Nadie sabe de su existencia porque para enterarse de eso hay que ser muy inquieta o muy preguntona, ambas cualidades que caen mal en la gente, para colmo… a nadie le gustaría enterarse de eso tampoco, salvo un par de cabros mareados con la libertad como nosotros.

Talca ya no es la ciudad en que nací, aunque suene evidente decirlo y aunque parezca que me gustara ir a comer al mall con la tarjeta Junaeb cada vez que el Estado suelta los fondos de las becas. No sé qué pasó por el camino, podría ser facilista y culpar a la ignorancia de la gente, o echarle la culpa a la dictadura como lo hacen todos. Ya no me siento talquina, aunque todas sus calles sean una cicatriz para mí, un hito en la historia de mi vida, un hilito que nos cruza, nos une, nos enreda, pero que todos decidimos cortar y escapar. Se ha convertido en una ciudad uniforme, en el tren o en el bus camino a la carretera nos invade la sensación de que da lo mismo estar allá o estar acá. Mi mamá trabajaba en la fábrica de fósforos cuando me parió, una vecina en los calzados German, un tío en la Calaf, un amigo de la familia en la CCU, pero ahora el único sindicato que valdría la pena es el de las tías de los carritos de completos.

De todos modos, cada vez que viajo (a Santiago o a Concepción no más) echo de menos esta ciudad de mierda, no sé si son mis ansias de cambiarla o la nostalgia de saber que aquí nos construimos. Me conformo con sus actividades culturales de medio pelo, tal vez porque sé que seremos capaces de hacer algo mejor o porque ya me encariñé con nuestra estampa de fracasados. No es solo aquí, es en todos lados, leyendo me di cuenta que a todos nos azota el capitalismo, el neoliberalismo, pero lo único que cambia es la esencia combativa de la gente y acá por lo menos la juventud escribe.