26-julio-cuba1El 26 de julio de 1953, un grupo de jóvenes del Partido Ortodoxo, liderados por el abogado Fidel Castro, cometió la osadía de asaltar la segunda fortaleza militar de la dictadura de Fulgencio Batista, custodiada por mil hombres. La acción, a pesar de haber sido minuciosamente preparada,  fue aplastada como podría preverse, pero provocó dos consecuencias de importancia histórica: permitió a Fidel Castro difundir su defensa jurídica, convertida en la proclama La Historia Me Absolverá, al mismo tiempo que estos hechos se convirtieron en la semilla para la revolución de 1959.

Desde entonces, Cuba se convirtió en el principal obstáculo para la influencia de Estados Unidos en el continente y en la principal referencia para la izquierda, mucho más que lo pudo provocar la experiencia y el legado de la Unidad Popular, recogidos con más fuerza en Europa que en esta parte del mundo.

De Cuba y por Cuba nacieron canciones, poemas, acciones culturales, movimientos políticos y guerrillas que tiñeron el continente por tres décadas. El escenario, sin embargo, empezó a ser radicalmente distinto a de principios de los 90, cuando la caída de los socialismos reales, y especialmente de la Unión Soviética, dejó sin sostén económico a la isla, dando lugar a esos años malditos nombrados eufemísticamente como “el periodo especial”.

Después de los esfuerzos por exportar la revolución al continente, lo único que había quedado –o parecía- eran gobiernos neoliberales afines al Consenso de Washington. Sin embargo, no se contaba con una generación que en su juventud había recibido el poderoso influjo de Cuba y que, ya en su edad madura, llegarían al poder para inaugurar un ciclo de gobiernos progresistas. Todos ellos se declaran hoy deudores políticos de los Castro: Lula, Dilma Rousseff, Mujica, Kirchner, Cristina Fernández, Evo Morales, Rafael Correa, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Mauricio Funes, Daniel Ortega y Salvador Sánchez Cerén.

Desde el punto de vista político, la situación respecto a América Latina era todavía peor. Después de los esfuerzos por exportar la revolución al continente, lo único que había quedado –o parecía- eran gobiernos neoliberales afines al Consenso de Washington. Sin embargo, no se contaba con una generación que en su juventud había recibido el poderoso influjo de Cuba y que, ya en su edad madura, llegarían al poder para inaugurar un ciclo de gobiernos progresistas. Todos ellos se declaran hoy deudores políticos de los Castro: Lula, Dilma Rousseff, Mujica, Kirchner, Cristina Fernández, Evo Morales, Rafael Correa, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Mauricio Funes, Daniel Ortega y Salvador Sánchez Cerén.

De esta lista, el que jugó un rol central en el reposicionamiento de los Castro fue Hugo Chávez, quien a través de su posición latinoamericanista y anti-imperialista se declaró hijo político de Fidel. Ello no solo supuso una enorme ayuda económica a Cuba y otros países, que por algo hizo que fuera calificado como “uno de los líderes más generosos que ha tenido América Latina”, en palabras de José Mujica, sino también un esfuerzo por romper con el aislamiento diplomático de la isla, expresado crudamente en la OEA. La generación de nuevas instancias hoy validadas, como la Celac, hizo una doble jugada que cambió el cuadro: sacó a Estados Unidos y puso a Cuba. De hecho, la cumbre 2014 de esta instancia se realizó en La Habana.

Por eso, ante la simultánea muerte de Chávez y el declive de la economía cubana, muchos se preguntaban si el ciclo político progresista iba a tener resquebrajamientos. Por el momento, se ve más bien que hay un sentido común que se ha asentado institucionalmente y que cuenta con mayorías electorales en cada uno de los países.

El pensamiento político de Fidel Castro está fuertemente inspirado en José Martí, quien volcó su acción y su reflexión hacia dos tareas: la liberación de Cuba y la emancipación de América Latina de Estados Unidos. Su visión, surgida del último país en independizarse de España pero que a inspiraría fuertemente al continente, especialmente luego de la revolución de 1959, se sustentaba en la lucha contra el colonialismo, la creencia en la unidad latinoamericana, el antimperialismo respecto a Estados Unidos y una concepción según la cual Cuba y Puerto Rico debían jugar un rol clave en aislar al Tío Sam del resto del continente. Esta idea fue sintetizada por otra poeta, Lola Rodríguez, y musicalizada décadas después por Pablo Milanés: “Cuba y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas”.

120 años después de Martí y 61 años del asalto al Moncada, la doctrina Monroe, según la cual América Latina es el patio trasero de Estados Unidos, empieza a horadarse como no ocurrió, incluso, durante la Guerra Fría. Y esta vez sin levantar un arma. A ello deben sumarse los potentes gestos de Rusia y China hacia Cuba y América Latina, expresados juntos, en los Brics, a través de la creación de un banco y un fondo para hacer frente al Banco Mundial y al FMI. Pero también por separado: Putin y Xi Xinping hicieron sendas giras por América Latina donde firmaron potentes acuerdos de inversión. La del ruso partió en Cuba; la del chino terminó en la isla.

¿Señal de absolución?