Son el segundo grupo inmigrante con mayor población en nuestras tierras y su presencia, ruidosa y festiva, ya comienza a hacerse notar en las calles del país. Aunque una canción conocida invita a mirar “cómo quieren en Chile al amigo cuando es forastero“, el pueblo colombiano ha tenido que lidiar, desde su llegada, con las rasgos de una cultura que todavía se muestra permeada por la xenofobia y el racismo.

Cargando con la construcción de un imaginario colectivo que en ocasiones vincula a sus mujeres a la prostitución y a los hombres, al narcotráfico; los colombianos han sabido defenderse de los prejuicios a punta de su actitud pícara y alegre, invadiendo cada rincón con el particular acento que los caracteriza. Hoy, pocos pueden ufanarse de resistir a una cultura tan contagiosa como necesaria en un país de tonos grises y risas discretas.

En diversos barrios cercanos a la Plaza Yungay y algunos atajos del centro de Santiago, colombianos y colombianas se han instalado para buscar nuevos rumbos, mostrando sin pudor los rasgos de un pueblo diferente en colores y acentos, pero que llega a Chile a dar las mismas batallas.

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