Aunque su efecto en el cuerpo humano es totalmente opuesto y quizás sus daños no son para nada comparables en el largo plazo, los proyectos de ley que buscan prohibir su consumo sí apuntan básicamente al mismo objetivo en el corto plazo: reducir las cantidades de consumo en beneficio de nuestra salud.

Porque nuestro Parlamento se encuentra esmerado en sacar adelante dos proyectos de ley que buscan aumentar las ya severas multas e infracciones para determinadas faltas. El primero se enmarca dentro de la Ley Antitabaco, mientras que la segunda iniciativa parlamentaria, se refiere a eliminar los saleros de las mesas en los restaurantes. En relación al asunto de los cigarros, el proyecto regresó a la Comisión de Salud, en primer trámite, adecuando la legislación nacional al estándar del Convenio Marco de la Organización Mundial de la Salud para el Control del Tabaco.

Lo anterior significa que los integrantes comenzarán a discutir la serie de indicaciones que se realizó al proyecto, entre las cuales, se encuentra la prohibición de fumar en áreas silvestres protegidas por el Estado, así como en parques y plazas destinadas a menores de edad y también el impedimento del uso de aditivos como mentol, además de restringir la publicidad del tabaco. Esta serie de indicaciones se realizaron en el marco de endurecer las penas al alero de la protección del consumo de tabaco a los niños y niñas, así como a los adolescentes, de manera que en el mediano plazo, se logre revertir el alza en el consumo de esta sustancia, que en Chile ha llegado a cifras espectaculares. Por su parte, el Ministro de Salud (S), Jaime Burrows, dijo que “el tabaquismo es una grave problema de salud pública y que este proyecto que modifica la ley vigente es una buena oportunidad para corregir algunos problemas que ya han sido evidenciados en la ley actual. Somos uno de los países que más sufre de tabaquismo y necesitamos medidas más drásticas”.

Fotografía: Jorge Royan

Fotografía: Jorge Royan

En relación al otro proyecto de ley que busca eliminar los saleros de las mesas, habría que decir que su intención, además de restringir su uso en restaurantes, quiere sacarlos de la mesa de casinos de colegios y empresas. La iniciativa cuenta con el respaldo principalmente de parlamentarios del PPD y de la DC, además del Colegio de Nutricionistas de Chile. Si se llegara a aprobar esta ley, entonces en las mesas ya no estarían los saleros, porque según los parlamentarios, la conducta del chileno es que apenas llega el plato y sin probar si quiera la comida, le echamos sal.

¿Por qué mejor no dedicarse seriamente a impulsar clases cívicas en los colegios en las que se expongan que el consumo de sal y cigarro son malos, para evitarnos estas leyes privativas?

Si bien es cierto que ambas iniciativas buscan el bienestar de la salud nacional, también habría que dejar en claro, que las metodologías o las iniciativas gubernamentales no dejan de llamar la atención y a veces resultan hasta alarmantes. Porque estamos absolutamente de acuerdo en que el cigarro es una de las tantas adicciones que existen, pero me pregunto qué pasa con aquellas personas que decidieron libremente fumar. Aquellas que nadie las obligó a prender su primer cigarro y que en él encuentran un momento de satisfacción y/o para disminuir la ansiedad. No quisiera ser disidente, pero me pongo en el lugar de ellos y presiento que deben sentirse como unos niñitos de cinco años al que sus papás lo castigaron de por vida por haber cometido una travesura.

En el caso de la sal, que saquen los saleros de los casinos de los colegios es totalmente aceptable, considerando que los niños no tienen poder de autocontrol. Muy difícilmente si los padres les dan la indicación de que bajen su consume de sal éstos la obedecerán y pasarán por alto la orden. Pero, sacar el salero de la mesa del restaurante, posicionando a los clientes a la misma altura que un niño de 14 años que no puede controlar su consumo, porque no dimensiona su daño, parece a lo menos alarmante.

Se supone que la sociedad la construimos entre todos y para todos y se supone que nosotros los adultos tenemos mayor control por sobre nuestros hijos. Por qué no entonces dejar de impulsar iniciativas gubernamentales que se parecen más bien a una vieja práctica de vigilar y castigar, al de viejas sectas religiosas en que todo está prohibido, al de un Estado de Derecho en que asoma como un ente paternalista y controla toda nuestras acciones; por qué mejor no dedicarse seriamente a impulsar clases cívicas en los colegios en las que se expongan que el consumo de sal y cigarro son malos, para evitarnos estas leyes privativas. Si no, tendríamos que empezar a prohibir el alcohol, los dulces, los embutidos, los chocolates y un largo etcétera que no viene al caso citar.

Quizás sea más efectivo un verdadero plan de educación en torno a estos temas, porque a quien más reglas se le pone, más rebelde será.