Evidentemente, la pura mención de una transformación como esta supone un total desapego de los conformismos y los realismos propios de ese ajuste a “la medida de lo posible” que dominó en la década aburrida. Por el contrario, lo que podemos indicar con el mencionado enunciado se relaciona con una cierta síntesis de lo que ha estado en el centro de la movilización social desde 2006 y que supone salir de la Transición y correr las barreras de lo posible. Se trata de salir de la cultura del desencanto y la desafección e ingresar a horizontes utópicos realmente nuevos. Para cualquier mente disconforme, las luchas del siglo XX y las experiencias de construcción de sociedades socialistas han dejado inocultables desafíos abiertos. Sólo el conformismo de izquierda –que de que lo hay lo hay– podría hacerse el leso frente a ello.

Pero los cambios no ocurren solos. Las grandes transformaciones históricas, los saltos evolutivos, las revoluciones sociales de distinta índole guardan una relación de ida y vuelta con la construcción de los artefactos que las empujan: nuevas fuerzas políticas enraizadas en los procesos sociales, que son producto de las crisis y las rupturas y a la vez son productoras de esos quiebres, de tal manera, que es en alguna medida suya la responsabilidad de abrir las posibilidades del mañana.

No hay cambio de ciclo histórico sin voluntades políticas organizadas. Nada se derrumba, todo lo que debe caer hay que botarlo. Es un trabajo colectivo.

Construir nuevos referentes políticos, explorar alianzas, bloques, nuevos espacios coalicionales, ingresar a la irreductible lucha política, es una tarea principal para quienes hemos venido expresando el malestar. Las crisis sin embargo, no se extienden solo a los problemas de la representatividad política. Lo que maduró lenta e imperceptiblemente en nuestra sociedad desde que se fue extinguiendo el trauma de la dictadura fue un amplio y complejo impulso por vivir la vida de una forma distinta, más justa y libre. Las múltiples formas de lucha contra el neoliberalismo expresan voluntades dirigidas a desmontar el mercado y las relaciones capitalistas como la clave universal de la vida social, levantando en torno al “No al lucro” una ancha demanda, si bien aun desarticulada, que expresa un sentido de justicia social.

Se trata, además, de una imaginación que recorre en una virtuosa complejidad distintos niveles de la práctica humana. Desde las transformaciones que se expresan en los cambios institucionales, las identidades y las estructuras socioeconómicas, hasta los cambios en las relaciones interpersonales, de género, en los modos de criar a los hijos, en las formas de habitar los territorios, en la construcción y circulación de la información y el conocimiento, e incluso en la cama.

Ello implica imaginar de una forma diferente el trabajo de la política. Si pensamos el problema más en términos de representación que de representatividad, esto es, más en relación con el modo en que los sujetos representan sus construcciones en el espacio público, mientras las construyen, y si pensamos en los modos en que se relacionan con la esfera política formal en una práctica democrática participativa que no les expropie su propia capacidad proyectiva y dirigencial, entonces hay que imaginar también organizaciones políticas nuevas, que se relacionen con sus entornos de formas porosas, organizaciones dotadas de una gran capacidad de escucha, dirigidas a la construcción del protagonismo político de los sujetos sociales. Todo lo contrario de la mayoría de las prácticas políticas hoy vigentes y su permanente empeño por impedir la participación efectiva de la ciudadanía en la dirección de la sociedad. El cambio de ciclo histórico supone entonces una reconfiguración general del espacio de la política que derribe sus muros de contención y sus prácticas de selección de ingreso. Ahí debiera radicar el esfuerzo principal de las nuevas articulaciones, y no apresurarse tanto en ingresar en el campo dominante y apostar vanamente a cambiar las cosas desde ahí.

En cuanto al sentido de estos cambios, lo principal ha venido siendo modelado por las propias luchas sociales. La transformación de la educación encuentra su nivel de realización mayor no en los modos de financiamiento y los procedimientos regulatorios en que se gasta la gestión del ministerio, sino en la propuesta de una educación con un sentido social y cultural distinto, dirigida a la formación democrática de un individuo que no debe pensarse nunca más como capital humano sino, de nuevo, como un sujeto colectivo, insumiso y creativo, orientado al bien común. Sobre eso, que podía respirarse en las alegres marchas de los años recientes, la Nueva Mayoría pareciera no tener idea alguna.

Esa potencialidad emergente, además, es un sujeto en construcción que pretende también vivir en una relación emancipada con la naturaleza, con la ciudad, con sus semejantes, con su propio cuerpo. Su construcción, sin embargo, es una cuestión contingente y en modo alguno consumada. La política dominante y el mercado mantienen importantes capacidades. La vida nueva por lo tanto, es principalmente rebeldía y lucha, insatisfacción, capacidad de cuestionar y derribar lo establecido, y desconfiar también, ojo, de ese status quo que se instala en casa un minuto después de cada triunfo.

Vistas así las cosas, el “cambio de ciclo histórico” encuentra su eje en el derrocamiento del neoliberalismo (entendido como un amplio régimen de múltiples sometimientos) y la apertura de condiciones para nuevos procesos emancipatorios. Se trata de un problema que excede la transformación, de todas formas necesaria, de las estructuras económicas e incluye la realización, aquí y ahora, de prácticas humanas no mercantilizadas en un campo tan vasto que aún no alcanzamos a prever sus fronteras.

Hay que asumir que sabemos muy poco de la emancipación. La historia de los siglos XIX y XX ha sido prolífica en intentos y fracasos, esfuerzos que murieron antes de germinar y ejercicios de transformación tan atrevidos como insuficientes. La rebeldía debería ser, entonces, la cualidad fundamental de este tiempo.