A pocos minutos de haberse presentado los resultados de la última encuesta CEP, un medio digital de la plaza, atento a la oportunidad de golpear noticiosamente con una interpretación rápida y de fuerte impacto, tituló: “Encuesta CEP golpea corazón de la Reforma Educacional: chilenos apoyan lucro asociado a la calidad, el copago y la selección en colegios emblemáticos”.

Prontamente sin embargo, primero en las redes sociales y luego en los medios de comunicación -incluyendo el aludido- se fue acumulando sustanciosa evidencia respecto al sesgo con el que la prestigiosa encuesta había elaborado las preguntas relativas al ítem educacional, sesgo que a lo menos permite poner en cuestión las conclusiones que tan eufóricamente los defensores de lucro –o de la legítima retribución, según se quiera- enarbolaron con rápida y enérgica vehemencia. Y es que, como muchas cosas en la vida, las respuestas obtenidas por la encuesta se encuentran fuertemente influenciadas por el tono, las alternativas y la fraseología de las preguntas indicadas en el mentado cuestionario.

“Las preguntas del CEP incluidas en su último estudio de opinión pública, concluimos, son interesantes y dignas de análisis no tanto por sus –cuestionados– resultados, sino más bien por la forma en que otorgan señales relativas a la eficacia o ineficacia de determinados argumentos discursivos vinculados a los principales temas que ocupan la agenda pública”.

No es necesario a estas alturas insistir en las inconsistencias y sesgos del instrumento aplicado por CEP en su última encuesta. Los argumentos están a la vista, como también lo oportuno que sus resultados son para el director de este organismo, otrora Ministro de Educación del gobierno de Piñera. Sin embargo, creo que en lo que se debe ahondar y pensar, desde la perspectiva de quienes estamos interesados en una reforma profunda de este injusto sistema educacional, es en el hecho de que el affaire CEP refleja con toda su claridad la importancia crucial de la forma, los tonos y las modalidades en que se construyen argumentos dispuestos a someterse al campo del debate público.

Si, con un afán meramente especulativo, asumiéramos las preguntas de la CEP no como instrumentos científicos sino que como simples argumentos políticos, lo que se genera como resultado es un conjunto de dicotomías cuya respuesta está dada en su propia construcción. Por ejemplo, ¿qué padre no estaría dispuesto a sacrificar parte de sus ingresos a cambio de una mejor educación para sus hijos?; ¿quién estaría dispuesto a suprimir el financiamiento estatal a los colegios particular subvencionados, en los que estudia la mayoría de los niños de Chile?; ¿Cómo se puede rechazar la “ganancia” si ésta es asociada directamente a una mejor calidad?

Las preguntas del CEP incluidas en su último estudio de opinión pública, concluimos, son interesantes y dignas de análisis no tanto por sus –cuestionados- resultados, sino que más bien por la forma en que otorgan señales relativas a la eficacia o ineficacia de determinados argumentos discursivos vinculados a los principales temas que ocupan la agenda pública. Lo que interesa en este sentido no es tanto discutir sobre la veracidad o falsedad de sus conclusiones, como de la capacidad performativa de los argumentos y sesgos que definieron el instrumento en cuestión.

Cómo se dispongan los ciudadanos frente a estos y otros debates, qué posiciones asuman y qué tan dispuestos estén para sumarse a un proceso de reformas profundas no solo en el ámbito de la educación sino que en los distintos planos de la vida social, cultural y política de nuestro país, es una cuestión que depende en una medida fundamental –aunque evidentemente no de forma exclusiva- de la capacidad que los distintos actores tengan para construir argumentos públicos que puedan ser acogidos por las mayorías. Y ello, claramente, los jerarcas de CEP lo tienen más que claro a la hora de poner en circulación dicotomías que, en forma de pregunta, condensan el núcleo central de la defensa conservadora al status quo en el campo de la educación.

Cuando el año 2011 los estudiantes levantaron la consigna del “No al lucro”, los niveles de adhesión y compromiso con esta demanda alcanzaron dimensiones inesperadas. Las razones de ello, en parte, se vinculaban con la simplicidad de la consigna, una simplicidad entendida no como levedad argumental sino que más bien como una fortaleza que volvía al discurso potente, penetrante y expresivo de un conjunto de malestares sociales acumulados tras más de tres décadas de hegemonía neoliberal. Pero los tiempos políticos cambian, y el conservadurismo ha sido capaz de recomponer parcialmente su potencia discursiva, opacando esta potencia originaria del 2011.

Lo que se requiere, en esta nueva etapa, es reinventar la capacidad no solo de proponer respuestas eficaces para los tiempos que vienen, sino que también de construir las preguntas adecuadas acerca del Chile que queremos.