karen_Hermosilla-15102013Se ha dicho hasta el hartazgo que los humanos somos seres de costumbres y que por lo tanto somos capaces de habituarnos a cualquier contexto o circunstancia. Es por eso que los relatos sobre resiliencia abundan no solo en los devocionarios católicos, pues son parte medular en los congresos empresariales, las publicidades de Nike, y las películas hollywoodenses, además de ser materia prima de nuestras entrañables 27 horas de amor, nuestra democracia “de los acuerdos”, o la genuflexa postura de la CUT y el Colegio de Profesores frente al statu quo al que gracias a su servilismo, ya pertenecen.

En la Revolución Silenciosa, el ideólogo opus dai, Joaquín Lavín, hace énfasis en que las carencias que tiene un niño de La Pintana, son las mismas que permiten el desarrollo de su ingenio, haciéndolo fuerte e incluso más inteligente que un niño criado en Vitacura. Y si lo vemos fríamente, incluso la vida de grandes personajes no serían las mismas sin las privaciones y los sufrimientos. Pero quienes fueron vengadores capaces de ganar el gallito frente al feroz puño del “destino”, son pocos, y lamentablemente la mano invisible siempre está atenta para dar su golpe de gracia.

El dolor, a pesar de ser fuente de experiencia y de templar el carácter, se ha sobrevalorado con el fin de convencer de que entraña un poder en sí mismo. Esta arraigada costumbre de dotar de romanticismo a la pobreza, naturaliza el “sacarse la cresta” para pagar por derechos convertidos en servicios y trasforma a la victimización en una conducta cotidiana que frena las tracciones homéricas; esos arrojos que hace rato hubiesen trasformado el mundo. Pero no. Se ha consensuado la litúrgica resignación y la mistificación del abuso como forma de convertirnos en orgullosos mártires.

Los misericordiosos, aquellos que practican la “caridad” y la “solidaridad”, quienes por un llamado interior son “felices ayudando”, los filántropos como la señora Matte y sus colegios, encuentran sentido a su vida utilizando la precariedad como su sustento y lucro, y más determinante aún, son quienes trazan las líneas sociales imaginarias.

Los misericordiosos, aquellos que practican la “caridad” y la “solidaridad”, quienes por un llamado interior son “felices ayudando”, los filántropos como la señora Matte y sus colegios, o las ordenes religiosas, que por un módico precio pueden instruir en el arte de educar a hijos de esclavos que serán esclavos (como también a los hijos de gerentes, que serán gerentes, pero por un monto mucho más alto), encuentran sentido a su vida utilizando la precariedad como su sustento y lucro, y más determinante aún, son quienes trazan las líneas sociales imaginarias: los trópicos y el Greenwich, cuando no existe un Estado de y para el pueblo, que ante la sola existencia de un estado neoliberal, ya no existe sino como precariado y cliente.

Los apologistas de la carencia son los que están menos influidos por ellas, ya que por razones estructurales, no están habituados a vivir en la necesidad, por lo menos material de ningún tipo, así sean menos ingeniosos y hasta “idiotas”, como confesara Eyzaguirre que eran sus compañeros del Verbo Divino, que el pelusa de la Pintana del que nos hablara “La Revolución Silenciosa” a fines de los 80. Esto confirma que el lugar en que te tocó nacer y vivir, y por consiguiente, estudiar, es absolutamente determinante, sobre todo cuando fue encapsulado con éxito en la “municipalización de la educación pública”, método vigente, a pesar de ser idea de Lavín, quien fuera destituido como Ministro de Educación de Piñera.

¿Por qué se mantiene este entramado que genera diferencias artificiales para mantener un orden y justificar la existencia de este tipo de dolor? Quizás porque la pobreza, y con ello, el abuso, la usura, la ignorancia, los guetos, y en definitiva, el mal social, es obligatorio para que pueda existir una meta como eterna promesa electoral: el bien social. Un bien basado en el asistencialismo y la limosna. Estas son las circunstancias que obligatoriamente constituyen la realidad en Chile. La que perpetúa el malestar, la victimización y las mediocres reivindicaciones.
El dolor es una trampa que se erige para fortalecer a quienes no están vulnerables a su padecimiento, a quienes pueden sentirlo como un fetiche, o por una tragedia, pero jamás por una constante humillación manada de la jerarquía de clase. Es por este motivo que debemos evitar compadecernos falsamente y/o autocompadecernos, y debemos tomar el toro por las astas ejercitando la confrontación, en un debate al que no estamos acostumbrados por el arraigo del “consenso” y la “democracia de los acuerdos”; la paz para quienes ganan la guerra. Ese es el punto, se negocia a nuestras espaldas, en la cocina de la élite, pactando justamente lo contrario al bien común, siendo la evidencia de que la cuasi “clase político-empresarial”, en el binomio integrado del duopolio, se aprovecha del legado de la Dictadura, a pesar del horror padecido incluso por buena parte de ellos, pues entienden a este modelo, como una herencia con la cual poder cobrarse.

Soltando las riendas de una vida que parece ser prestada por las instituciones, atrevámonos a ser felices, a ser saludables, a vivir ahora, a PELEAR por lo que nos pertenece al ser soberanos de una República, pues las velocidades son altas y solo nos acercan a las borrascas del futuro. Movilicémonos, pero sobre todo hagamos un lenguaje común nuevo, sin tabular palabras, sin estrechar círculos, para que la conexión abra la puerta a la confianza y a la organización, que acaben con la hegemonía, por medio de un genuino cambio cultural.

La mejor educación que podemos aprender, es a no ser más hijos e hijas del rigor, y menos del rigor mortis por una triste consecuencia ganada quemándose a lo bonzo o muriendo por una huelga de hambre. Desterremos la mala educación del “cállese y siéntese”, de la resignación del “buen pobre”, del “pájaro en la mano y los 100 volando”, porque el respeto no es la censura a nuestras luchas, y menos la “tolerancia” a la miseria y el abuso. Aprendamos, ¡Paremos de Sufrir!