antonio skarmetaHasta que el pueblo las canta,

las coplas, coplas no son,

y cuando las canta el pueblo,

ya nadie sabe el autor.

            (Antonio Machado)

Hace poco menos de veinte años, me tocó ver junto a varios amigos de diversas nacionalidades, en una habitación romana, la película Il postino. En la atmósfera afectiva de la vida cultural italiana, rumbeaba por entonces el dolor por la pérdida de uno de sus más queridos actores y comediantes, Massimo Troisi, quien había anhelado durante largo tiempo representar cinematográficamente uno de los papeles principales que se inspiraba en la obra Ardiente paciencia, de Antonio Skármeta, el del joven cartero que día a día debía llevar cartas y telegramas a Pablo Neruda y que, en ese tráfico cotidiano de breves conversaciones, llegó a entablar con él una amistad profunda que se basaba en el arte de la poesía. Simbólicamente, aquel que transportaba palabras cerradas en su morral aprendía a destrabar las que se alojaban en el fondo de su conciencia lingüística para convertirlas en “metáforas”, materia esencial de aquel nuevo decir que “el poeta” le enseñaba a su cartero.

Todavía años antes, en la década de los 80’, recuerdo haber asistido sucesivamente a dos representaciones de Ardiente Paciencia en El Galpón de los Leones. La dirección corría a cargo de Héctor Noguera, y los roles principales eran representados por Julio Jung (Neruda), Claudio Arredondo (el cartero) y Amparo Noguera (Beatriz). En aquellos años, el horizonte de expectativas sugería otra lectura, pues los sufrimientos producidos por el orden político imperante nos hacían concluir que, para entrar en las “espléndidas ciudades”, alegoría de la utopía soñada de una patria mejor, no quedaba más que armarse de una “ardiente paciencia”, palabras que Neruda había pronunciado en su discurso ante la Academia Sueca y que evocaban, a su vez, la profecía del desesperado vidente que había sido, en medio de su noche y su temporada en el infierno, Arthur Rimbaud.

Dos momentos, dos historias, dos territorios diferentes, dos acentos, y, sin embargo, un mismo texto y, sobre todo, una misma vocación humanizadora en torno a una cuestión que a menudo se considera irrelevante pero que, en el concurso de la historia de los pueblos, termina por afirmar su valía y su perennidad: la palabra poética. Por este motivo, sin desconocer el valor de quienes competían con paralelas virtudes, me parece pertinente el reconocimiento concedido a Antonio Skármeta con el Premio Nacional de Literatura.

Antonio Machado, en el poema que he escogido para iniciar esta reflexión, plantea un programa para el hombre de letras, quizás la única posibilidad de que su creación -más allá de los premios y de la fama- alcance su verdadera significación:

 

Procura tú que tus coplas

vayan al pueblo a parar,

aunque dejen de ser tuyas

para ser de los demás.

 

Que, al fundir el corazón

en el alma popular,

lo que se pierde de nombre

se gana de eternidad.

 

Confío en que, así como en mi caso personal la creación de Antonio Skármeta ha atravesado el arco de varios años de mi experiencia vital y estética, reapareciendo con distintas resonancias y lecturas, también así pase a ser parte de la copla verbal, la metáfora esencial de nuestra identidad y de nuestra memoria cultural. Tal vez sea verdad que, algún día, cuando ya nadie recuerde el nombre de Skármeta, todos celebren la eternidad de sus palabras.