DBILLIARDEs un hecho irrefutable que el periodismo es una de las disciplinas profesionales que mayor grado de saturación ha venido experimentando durante los últimos años en el mercado laboral. La masificación de la educación superior (ESUP), así como su diversificación, formó parte de una serie de transformaciones estructurales durante la década del ochenta, cuyo horizonte era convertir a Chile en el país neoliberal que hoy todos conocemos, con sus nefastas consecuencias laborales y morales para quienes producen la riqueza.

Múltiples estudios han demostrado las desfavorables condiciones que viven los periodistas una vez titulados, sin embargo nadie parece atreverse a buscar las explicaciones de esto en los pilares fundamentales que sostienen el actual modelo de ESUP en Chile, y que no han sido puestos en tela de debate por ninguno de los actores ligados a este sector, en pleno contexto de reforma educacional.

Los estudios también son categóricos en decir que debido a esta situación, los profesionales del periodismo se vean obligados a desempeñarse laboralmente en otras áreas que no se vinculan a lo que estudiaron. De esta manera, ocurre una transferencia hacia sectores laborales que permanecen con disponibilidad para trabajadores con una calificación inferior o distinta, lo cual pone en riesgo su propia empleabilidad. Estas son las consecuencias estructurales de la masificación de la ESUP bajo las lógicas del capitalismo neoliberal.

Es curioso que, por ejemplo, el debate de la CONFECH se centre en cuestiones como la democratización de las instituciones (con la aplaudida derogación del DFL2) para poder formar parte de los gobiernos universitarios, y que la demanda que quita el sueño a las dirigencias sea la gratuidad (que se reducirá a un cambio en la forma de pago), cuando muchos jóvenes que llegan a estudiar, con la esperanza y la de sus familias de tener un mejor trabajo en el futuro, están a cinco años de alcanzar un horizonte de frustraciones e incertidumbre, donde por supuesto deberán seguir endeudándose pues de lo contrario es casi imposible sustentar la vida en Chile. Es duro decirlo de esta manera, porque hasta el apelativo de “ilustrados” ya no les calza a los profesionales universitarios, con una educación que no mejorará su calidad porque bien sabe el empresariado que, en el capitalismo, la ignorancia es funcional a la generación de riquezas.

Un nuevo modelo de educación debiese considerar al menos el control directo, a través del Estado, de la relación entre el mercado laboral y los futuros profesionales que ingresarán a este. Los empresarios junto a los sectores políticos y gremios que representan sus intereses, defienden la libertad de enseñanza como una bandera, entendiendo que esa libertad cuando va de la mano con la masificación y la diversificación, es el eje por el cual se da sustento al lucro en la ESUP, pero hacen oídos sordos cuando se les habla del derecho al trabajo.

La “diversificación del ejercicio de la profesión” (relaciones públicas, asesorías comunicacionales, producción de eventos, solo por nombrar algunas variantes) ha sido la válvula de escape ante la saturación del campo laboral ligado tradicionalmente a los medios de comunicación. Aunque se dice que la empleabilidad no es tan baja y alcanza un 72,5 por ciento, frente a esto hay que pensar en dos cosas: el tipo de empleo al que se accede, casi siempre sin contrato y a honorarios o bajo la modalidad free lance, y también en los orígenes de la disciplina, su sentido y funcionalidad en la sociedad, para preguntarnos qué va quedando de lo que algún día entendimos como periodismo.

Una vez titulados, la inversión debe continuar con un “necesario” postgrado, pues de lo contrario no se está en sintonía con los requerimientos del mercado y se corre el riesgo hasta de perder el trabajo, por el excesivo nivel de competencia que existe entre nosotros debido a la escasez de cupos laborales. Se explica que la causa de la saturación se debe a que “son los estudiantes quienes optan por estudiar periodismo”, como si los instrumentos del marketing publicitario circunscritos en torno al mercado de la educación, no cumplieran un rol condicionante en la opción que un joven asume al matricularse en una casa de estudios. Por lo demás, el periodismo es una de las carreras que menos inversión requiere al desarrollar “habilidades blandas” en sus estudiantes, lo cual resulta “un buen negocio” si de abaratar costos se trata. Tampoco podemos olvidar el efecto que la televisión produce en las expectativas laborales en torno al ejercicio de la profesión.

Ahora que el gobierno de la Nueva Mayoría es el que habla del “derecho a la educación”, cabe constatar que ninguna de las reformas impulsadas contiene siquiera algún ápice que venga a dar cuenta (mucho menos a hacer justicia) de este escenario de crisis laboral que se vive. El crecimiento exponencial de universidades, centros de formación técnica e institutos profesionales junto con la diversificación de las carreras impartidas en estos, ha sido el “grito y plata” para los empresarios, y la cancha no se emparejará con una regulación de sus actividades “educativo-financieras” a través de una superintendencia de educación, pues no vendrá esto a resolver el desempleo, la inestabilidad y precariedad laboral de miles de periodistas y profesionales de otras disciplinas. Pretenciosamente quieren hacernos aparecer como una elite para el país, pero es el propio neoliberalismo quien se encargó de proletarizar nuestra condición.

El Colegio de Periodistas debe tomar parte de esta situación no solo limitándose a denunciarla, al igual que los propios estudiantes de periodismo. Hay que romper con el silencio y levantar la voz del gremio como fuerza organizada ante una sociedad que nos sigue viendo como los aliados del poder. Para eso, hay que asumir la defensa de nuestros intereses que no son otros que los de todos los trabajadores de este país.