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Foto: Facebook Hija de Perra Oficial

Insólitamente en una universidad católica chilena, Hija de Perra hacía su show para la semana mechona del 2013 de la Universidad Católica del Norte gracias a las gestiones del, en ese entonces, consejero de la Facultad de Humanidades José Olivares. El acto fue temerario, ese mismo día el rector estuvo llamando a los encargados institucionales y al presidente de la FEUCN para exigir explicaciones por la entrada de tal personaje a la universidad y a la semana mechona.

Los estudiantes responsables de la actividad temían que no se pudiese realizar el show, Hija de Perra ya bajaba del avión y se iba rumbo al Holiday Inn, lugar donde se alojaría y estilizaría para el ansiado show, y los organizadores no tenían claridad de si la presentación iba o no, ante el temor de censura por parte de las autoridades universitarias. El show debió comenzar una hora y media antes, el retraso se debió a que por alguna extraña razón no iba la persona encargada del departamento de obras de dicha universidad a instalar el aparato de electricidad.

Recuerdo meses antes por febrero del 2013, cuando acompañé a José a proponerle a Hija de Perra en la discoteque Underboys que hiciera un show para las actividades políticas de la semana mechona. La contactamos por medio de una amiga preformista local María Basura (si, la misma que se sacó la foto mostrando los senos en el frontis de la iglesia de La Tirana), si bien yo la ubicaba porque ella trabajaba con Cumshot Records algunos años atrás (“La rueda de la fortuna”), colectivo del cual fui parte en mi momento artístico, la Perra no me conocía. Esa vez Hija de Perra estaba junto a Wincy en la ciudad, tal cual John Waters & Divine en los 70’s, se acompañaban en una semana artística donde ofrecían algunas conferencias y presentaban Films. Basura, quien la acompañó en su show en la Underboys nos puso en contacto, como si fuéramos un contacto “confiable” en medio de la disco.

Cuando nos presentamos a Hija de Perra, José le contó que era consejero, que estaba viendo las actividades políticas, que queríamos que se presentara en la universidad, que sería bueno para irrumpir en un espacio conservador. Perra miró con algo de espanto tal propuesta, en tal lugar, la estaban invitando a presentarse en una Universidad Católica. Le dio miedo, dijo que cómo se nos ocurría eso, y nos contó que en la PUC los decanos habían firmado un acuerdo o algo así, que impedía la entrada de la Perra a cualquier facultad o campus a hacer un show o una presentación académica. Para cualquier cosa, las puertas de la universidad se le cerraban, Perra tenía miedo a una censura segura. José se encargó durante lo que quedaba de febrero de convencerla y hacer todas las gestiones posibles para asegurar que llegara. A esto debemos agradecer también a María Basura.

Un dato curioso, nadie en la facultad dijo una sola palabra sobre la presentación, tampoco la decana. La inquietud venía desde arriba, pero tampoco se podía decir “esto se cancela”, significaba pasar “Ley Zamudio” y un escándalo de los estudiantes más radicales de la universidad, que personalmente creo, los jesuitas y el Arzobispado de Antofagasta no estarían dispuestos a aceptar.

Minutos antes de la presentación le hice una entrevista donde le pregunté cuál era su posición frente a Valentina Verbal, la respuesta inesperada fue que le caía regio y que no había que ser prejuicioso, que todos los colas teníamos que unirnos por nuestros derechos, que con ella había aprendido cuestiones sobre la ley Zamudio y una serie de datos que en este minuto no recuerdo. Su posición era más desde la diferencia, de irrumpir en espacios, de irrumpir ciertos espacios desde adentro, la Perra era posmo y queer, no creía en la izquierda, ni en la derecha, ni en los antagonismos, hacía esa generalización con la cual no estoy de acuerdo, pero yo compartía su manera de hacer arte y su trabajo. Se notaba cierto temor de la perra. Es ese temor que tenemos los de nuestra generación: el temor al rechazo a pesar de ser profundamente contestari-.

Ese día la Perra fue metáfora, era como una maestra de la obscenidad. En medio de la Facultad de Humanidades, frente a la estatua de Andrés Sabella mantenía a todo un público sentado mirándola como si fueran niñ-s obedientes frente a una profesora normalista. Perturbada por la excesiva atención del público entendía que estaba en una Universidad Católica, y les decía a los asistentes “díganle a la mamá que vieron un show bien bonito, que la tía les enseñó muchas cosas bonitas”. Vestida como una mujer de iglesia conservadora y un crucifijo, la Perra hacía crítica a la iglesia, a las hipocresías que sostenía la jerarquía católica de Ratzinger, se burló del temor y el rechazo a los homosexuales y lesbianas argumentado con fundamentos religiosos, de la derecha, de su posición frente al aborto, frente a la sexualidad, frente a la sexualidad de las mujeres, los casos de pedofilia. La perra vociferó los problemas del conservadurismo, denunció el intento de censura, saludó a los portuarios que estaban en paro, se masturbó con una cruz y eyaculó sobre el público. La Perra hacía uso de la performance para decir lo que no se puede decir, y reventaba diciéndolo en un espacio perteneciente al poder católico. Ese día l-s colas hicimos presencia de la manera más escandalosa, con la exponente más guarra, decíamos que nosotros también teníamos poder al ejercerlo de esa manera.

Este pasaje de la vida de la Perra, que me involucra personalmente, lo evoco como una hazaña en la que estuvimos junt-s frente al conservadurismo, quizás yo no en los mismos zapatos que los estudiantes organizadores, ni de l-s responsables de la actividad. Pero fue algo que hicimos juntos.

La perra era la voz de la performance, de la crítica post dictadura, producida en post dictadura, hacer lo que hacía la Perra le quitaba el miedo a muchas personas, inspiraba a otras, su existencia fue un acto artístico y alcanzaste la trascendencia.