Hablemos y pensemos con propiedad.

“Pueblo” – de populus, álamo – denomina algo abundante e indiferenciado; a una alameda; a un estadio lleno; a un regimiento.

Los humanistas del Renacimiento lo llamaban vulgo y con este nombre no designaban solamente a la gente plebeya y humilde sino también a los señores.

Esta masa amorfa que se desgasta para mantenerse en un mínimo de subsistencia; este algo indiferenciado y trabajado por el foot-ball, y alucinado por una televisión insulsa elige periódicamente de entre sí mismo a una minoría que habrá de conducirlo a una vida buena. Elige el pueblo a un subconjunto de sí mismo o clase política.

Podemos distinguir en esta subclase una derecha y una izquierda. Cuesta, claro, distinguirlas; pero su posición respecto de la testera del hemiciclo es todo lo que las distingue.

Dentro de esta nada misma, el pueblo elige.

Pasan las elecciones; pasan las efusiones del corazón; pasan los rostros simpáticos, maternales algunos. Queda un bono, quedan unas casas mal hechas. Se han cumplido las promesas. Se ha cumplido con el pueblo. Se le ha devuelto una ínfima parte de la riqueza que él mismo produce.

Y así será siempre.