Nada punza más la identidad de un pueblo que la desaparición de su gente. El mar se llevó a muchos en febrero de 2010 y eso nos duele con un dolor más inabarcable, quizás, que el que nos producen los que murieron bajo los escombros. Hay muchos desaparecidos. La vieja tradición marinera echaba los cuerpos al mar sin dejar sitio alguno donde ir a dejarles una flor. Los envases de leche llevaban fotos de personas extraviadas, y un programa de televisión de mala conciencia hacía rating juntando familiares que se habían perdido muchos años antes. En fin, es evidente que necesitamos las huellas, las migas de pan en el camino. No saber dónde están nuestros muertos nos impide el arraigo y nos pone en una situación permanente de zozobra, pues la tumba, el árbol o la playa donde esparcimos las cenizas –cuando las tenemos–, se convierte para los que quedamos vivos en un punto de referencia en nuestros mapas culturales.

En la medida entonces que la desaparición mortifica nuestra relación con la profundidad de la tierra, nos impide descifrar el camino de regreso. Y ocurre que no podemos avanzar si no tenemos siempre a mano –aunque las más de las veces sólo sea una pretensión ilusoria–, las señales del retorno.

La recuperación del cuerpo del ser querido está relacionada con la cicatrización. En nuestra cultura el sepelio ritual es un acto reparatorio para los que deben seguir vivos, un momento para hacer posible el porvenir. Y aún cuando todos los que hemos perdido a alguien que hemos querido mucho sabemos que la superación es siempre dolorosamente incompleta, en el caso de aquellos que no han podido despedir a los suyos la situación es considerablemente más dura: su herida permanece siempre abierta.

Es fundamental reconocer la experiencia común de la desaparición, colocar el dolor inabarcable de los familiares de los detenidos por la dictadura junto al de los otros, cuyos seres queridos desaparecieron sin causas políticas. Ese gesto permite abrir el problema, desenclaustrarlo, ponerlo en un diálogo público más allá de las culturas militantes. Se trata de una experiencia tan antigua como la sociedad humana, que debe ser reconocida, pensada, y procesada emocionalmente también, frente a una amplia dimensión del tiempo.

En ese proceso, es crucial reconocer una diferencia irreductible en el asesinato y desaparición de los detenidos por la dictadura. Esa especificidad es de naturaleza política y radica en el intento sistemático de victimización de luchadores sociales como forma de derrota, que tiene una particular capacidad de prolongarse en el tiempo y atravesar generaciones, adaptándose a nuevas circunstancias históricas: la desaparición política practicada en dictadura, más allá de sus primeras intenciones de elusión de culpas, se convierte en un intento por doblegar la voluntad de lucha por la emancipación mucho más allá de los marcos en los que tiene lugar la desaparición.

Por otro lado, lo que hace la memoria hegemónica –aquella que se ha constituido para estabilizar la gobernabilidad civil del neoliberalismo– es la disolución de la densidad política de la vida del desaparecido. Busca ocultar la condición militante detrás de lo que conocemos como víctima, pensable únicamente como un muerto, figur modelada por la verdad judicial y las políticas oficiales de la memoria, cuya condición se limita a indicar el sometimiento forzoso de esos cuerpos a la voluntad de su adversario, desproveyéndoles de la voluntad propia, del sentido de sus vidas, construyendo la convincente apariencia que todos los dolores son iguales, más allá del “color político”.

Hay que superar la noción de víctima tal como la conocemos. Ella solo busca hacer desaparecer en la memoria la vitalidad de los que fueron asesinados y desaparecidos en la historia.

Cuando la contracara de la victimización hegemónica, sin embargo, es la monumentalización del militante, se extravía de nuevo la posibilidad de una asunción política de la historia. El militante heroico modelado al modo de las antiguas narraciones épicas, es un sujeto tan inasible como la víctima, imposible de ubicar en el mar de las biografías de los comunes, que son los que hacen con su cuerpo el devenir de la política. Ese individuo metálico, “carne de estatua”, sólo puede ser ubicado en un tiempo mítico más allá de la historia, disolviendo su relación orgánica, contingente, con los procesos que han constituido eso que llamamos presente.

¿Qué podría querer decir, entonces, “dónde están”? Evidentemente en primer lugar, dónde están sus cuerpos. Pero ese punto de partida, si bien completamente irrenunciable, es socialmente insuficiente. “¿Dónde están?” Quiere decir también revelar los modos en que el poder dictatorial puso en marcha una acción planificada de desaparición de los cuerpos de miles de militantes. Saber en qué consistieron esas prácticas, quiénes las llevaron a cabo, quiénes las planificaron, las autorizaron y dirigieron; cuál fue su fundamentación política y cómo se convirtió en decisión institucional.

Antes de la desaparición misma de los cuerpos, la voluntad de asesinato y desaparición sobre prisioneros vivos estaba tomada. Requerimos saber cómo se puso en marcha esa voluntad, cómo se escogió a quién desaparecer y cuáles fueron las circunstancias en que esos militantes prisioneros vivieron sus últimos días.

Pero en tercer lugar, y acaso esto es lo más importante, “¿dónde están?” debe querer decir también dónde está su historia, o dicho de otro modo, dónde podemos construir hoy una práctica de acción y reflexión que los devuelva al patrimonio inalienable de la transformación social, al alcance, especialmente, de los más jóvenes.