Como ya es tradición, el mes de septiembre se presta a las revisiones, los mea culpa, las declaraciones inéditas, lecturas históricas, etc. Hace unos días el Movimiento Amplitud, ha publicado una declaración sobre los 41 años del Golpe de Estado. Tomando en cuenta que se trata de una colectividad integrada por ex militantes de Renovación Nacional y personas sin anterior filiación política pero que están más cerca del ideario de derecha, debe reconocerse que digan las cosas por su nombre, al Golpe se le dice Golpe, a la dictadura dictadura, y a las violaciones a los derechos humanos crímenes de lesa humanidad. Luego de 24 años de finalizada la dictadura podría decirse que no está nada de mal, un poco lento, pero en fin.

Con esta declaración se refuerza aquella visión del pasado que lograron instalar las agrupaciones de familiares de víctimas de violaciones a los derechos humanos, y las propias víctimas junto a organismos de derechos humanos, así como la propia Concertación: la dictadura tuvo una cara infeliz.

Creer que la “gran obra institucional” de la dictadura habría sido posible sin amenaza, sin miedo y sin formas de control no necesariamente atemorizantes, es una linda ilusión que los partidos de derecha y sus adherentes quieren seguir contándose y contándonos.

Sin embargo esa visión, a la que no es muy difícil adherir incluso para los propios partidarios del régimen (siempre y cuando no les digan “cómplices pasivos”), contiene un error, que ya ha sido señalado en varias ocasiones, cual es pensar que es posible dividir la acción política de la dictadura en dos ámbitos independientes y sin conexión entre sí, a saber el proceso de transformación económico, social, político y cultural, de las prácticas de terror estatal y control social que hicieron posible el profundo cambio al que fue sometido el país durante 17 años.

Creer que la “gran obra institucional” de la dictadura habría sido posible sin amenaza, sin miedo y sin formas de control no necesariamente atemorizantes, es una linda ilusión que los partidos de derecha y sus adherentes quieren seguir contándose y contándonos. Y por otro lado, esa escisión ha sido conveniente también para los gobiernos de la transición y siguientes (Concertación, Alianza y Nueva mayoría), pues pueden dar continuidad a un modelo que supuestamente no se fundó en la sangre, la persecución, el exilio, el temor, la proscripción de los partidos políticos, la destrucción de la actividad sindical, de toda orgánica que podría haber manifestado una divergencia pública y legítima con las transformaciones.

Entonces, ¿es posible condenar las violaciones a los derechos humanos perpetradas por la dictadura sin condenar el modelo que contribuyeron a instalar?. ¿El fin era altruista y los medios fueron viles?. Luego de varios años de movilizaciones sociales el fin no parece muy altruista si una parte importante de la población siente que el “modelo” le perjudica, y pone en cuestión una constitución que por muy electoral y legalmente haya sido validada, lo fue por medio del fraude, en un contexto de facto y donde a final de cuentas el crimen se encontraba legalizado (o al menos donde los máximos garantes de la ley renunciaron a ejercerla cuando se les pidió juzgar).

En este mes de revisiones, como distintos grupos de la sociedad y varios analistas ya lo anticiparon, es el momento de comenzar a revisar los principios ideológicos y consecuencias de un modelo que, gracias a las condiciones extremas impuestas por la dictadura, transformó al país. Esa información, a diferencia de la de las violaciones a los derechos humanos que muchos decían desconocer, está a la vista, en el día a día, no es necesario mirar al pasado para dimensionar lo que ha ocurrido a pesar de las continuas “correcciones” al modelo, el que además se ha querido hacer pasar como el único posible. En algún momento, no sabemos si más tarde o más temprano, rechazar los crímenes de lesa humanidad del pasado, supondrá extender esa mirada crítica al Chile del presente y pensar de otra manera sobre aquello que parecía no podría ser pensado y nombrado de otra forma.