Portada Batallas por la Alameda

En su libro, Francico Marín Naritelli (Talca, 1986) reflexiona también sobre el rol que juegan los medios de comunicación, especialmente del duopolio, en la construcción de un relato sobre la ciudad y la Alameda que reivindique los valores del orden, poniendo a la marcha en las antípodas, en el lugar del caos y el desorden.

¿Por qué la Alameda es históricamente de tanta importancia simbólica para los santiaguinos?

La Alameda es el eje estructurante de la ciudad de Santiago como geografía urbana, ahí se ubica La Moneda, las reparticiones públicas, las casas centrales de las principales universidades del país, etc. Pero no solo eso: representa un espacio de significación para todos aquellos que habitan la capital. No por nada el presidente Allende -en su último discurso el 11 de septiembre de 1973- apela a que se abrirán las grandes alamedas. En el fondo, en sus palabras, se encuentra el símbolo de aquello: la Alameda es lugar donde se dan las batallas políticas y sociales, es donde el ciudadano le manifiesta al poder público sus demandas.

Cuando los estudiantes vuelven a disputar el derecho a marchar por la Alameda, es toda la ciudad la que deja de ser invisible y, por lo tanto, se politiza ¿A qué ciudad nos remite una en que la Alameda ha sido, hasta antes de 2011, solo una avenida de tránsito vehicular?

Eso dice relación con la perdida del espacio como un lugar que produce efectos simbólicos. Bajo una concepción neoliberal, el espacio es devaluado de sentido. Este debe propender al flujo perenne de la modernidad: circulación de bienes y servicios, de cuerpos que trabajan y locomoción colectiva, donde, precisamente la anomalía y el caos (que representa la multitud) ocurre cuando arrecia la movilización social, porque se clausura la “normalidad” en la urbe. La politización del espacio es indisociable de la politización de la ciudadanía en tanto manifestantes. 

Para El Mercurio, La Tercera y los canales, marchar por la Alameda es sinónimo de caos. ¿Cuál es el relación entre el imaginario de orden y el imaginario de ciudad?

Hay un compromiso editorial (que es la zona del medio más “ideológica”), pero también en el uso del material técnico, el recurso de las fuentes y las fotografías, para invisivilizar la protesta social en el espacio de la Alameda (y no solo en este). Porque, en el fondo, la ciudad para estos medios es segura cuando existe y se moviliza la vigilancia y el castigo como racionalidad (cámaras de seguridad, presencia de las fuerzas del orden). Hay, incluso, una equivalencia semántica entre “encapuchado” y “delincuente” cuando la protesta deviene en saqueo y violencia. además, la violencia solo “es comprensible” -bajo la mirada de estos medios- cuando se ejerce sobre “lo privado” (bancos, locales comerciales, etc)  y no cuando Carabineros arremete contra los manifestantes (se habla de “excesos”). 

“No hay causas, solo efectos materiales” así se podría resumir la cobertura mediática de El Mercurio y La Tercera, en una doble condición: se reduce la movilización estudiantil y su consigna a solo los efectos material en el espacio público (saqueos, caos y violencia), donde la apelación a la punición es la única salida para salvaguardar la seguridad en la urbe y se silencia la voz estudiantil como logos, demanda legitima, susceptible de ser discutida en lo político (el estandarte discursivo de educación gratuita y de calidad). 

Hay una gran diferencia entre el lenguaje de la autoridad (“tienen que pedir permiso en la Intendencia”) y el de los estudiantes (“ejerceremos el derecho a marchar por la Alameda”) ¿Qué pasa ahí con el modo en que se ejerce el control de los individuos a través de la ciudad?

Antes de 1973 no era prioridad pedir permiso a la autoridad política para marchar por la Alameda. En el fondo, el movimiento estudiantil recusa la democracia consensual erigida desde 1990. Una democracia, a toda vista, de baja intensidad, regida por normas y procedimientos. 

Antes de 1973 no era prioridad pedir permiso a la autoridad política para marchar por la Alameda. En el fondo, el movimiento estudiantil recusa la democracia consensual erigida desde 1990. Una democracia, a toda vista, de baja intensidad, regida por normas y procedimientos. Una democracia, que llamamos, “demoliberal”, o sea, que entiende la equivalencia entre democracia representativa y economía de mercado , y donde no hay ciudadanos reales (solo reducidos a procesos de votación cada cuatro años). ¿cómo puede una democracia abjurar de los ciudadanos que protestan en el espacio simbólico de manifestación, la Alameda, donde se ubica La Moneda, las reparticiones públicas, las principales universidades? 

Pienso que no solo hay una disputa del espacio (a partir del 2011), también hay una disputa por el sentido de la democracia. 

¿Puede haber un acto de memoria en la disputa por la Alameda, siendo que muchos de los marchantes son apenas adolescentes? ¿Qué memoria es y cómo opera?

Francisco MarínBásicamente el imaginario histórico está presente en los jóvenes que marchan. todos recuerdan las palabras de Salvador Allende, ya sea por sus padres, por las organizaciones políticas que se dan en los colegios o en las universidades. hoy como nunca hay acceso al conocimiento; su democratización es la garantía necesaria para la propia movilización (de hecho el rol que cumplieron las redes sociales es insoslayable para organizar y convocar). Pero la memoria no es estática, por el contrario, se va actualizando y es altamente compleja. En este sentido, una de las luces que entrega “Las Batallas por la Alameda” es entender qué significa la Alameda para ellos, con su carga simbólica. No hay una sola mirada, tampoco una sola estrategia, hay diferencias entre la ACES y la CONES, también con los universitarios. Es un imaginario atravesado por el tenor de nuestros tiempos y esto es dado por la heterogeneidad del movimiento estudiantil del 2011 que expresa, al mismo tiempo, la heterogeneidad de la propia sociedad. 

Habiendo transcurrido cuatro años, los estudiantes ya pueden marchar por la Alameda ¿Se abrieron, como decía Allende, o falta más para eso?

Falta mucho por delante. En el debate actual se está jugando la profundidad de las reformas estructurales (educacional o constitucional) y no solo cambios estilísticos o superficiales. Si se pensó que con el triunfo de Michelle Bachelet se daba por descontado el cumplimiento de la demanda estudiantil, la realidad -hasta el momento- ha demostrado lo contrario: vemos la presión de los grupos empresariales, la oposición, la tentativa de algunos dirigentes de la antigua Concertación por torpedear o moderar las reformas.

Pienso que las organizaciones sociales no pueden abandonar la calle. Una democracia real implica una movilización real y para ello, el espacio público como el lugar material y simbólico de manifestación. Cuando los ciudadanos entiendan que la democracia no radica solo en la trastienda política, en votar cada cuatro años, sino en recusar todo el modelo de sociedad heredado de la dictadura, recién ahí podremos hablar que se están abriendo las grandes alamedas donde pase el hombre libre…