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Mito 1: “Al protestar contra el ranking, los estudiantes de los liceos emblemáticos demuestran su egoísmo”

Efectivamente, si es que se implementase bien, el ranking constituiría un avance en términos de mitigar la segregación que hoy produce la PSU. Quitarle peso a esta prueba para dárselo al ranking favorecería el tener Universidades más inclusivas. ¿Significa esto que un estudiante de un liceo emblemático que hoy protesta contra el ranking es egoísta? De ninguna manera. Afirmar aquello es solo reflejo de una falta de empatía propia de quien observa la realidad desde lejos, sin detenerse a comprender el proceso que viven día a día las familias chilenas.

Nuestro sistema educativo está diseñado para que cada niño y joven estudie con aquellos de su misma condición socioeconómica. La educación municipal ha sido concebida por nuestro Estado subsidiario como una alternativa “focalizada”, hecha solamente para los más pobres de los pobres, los que simplemente no pueden escapar de ella. Y mientras tanto, nos dicen que para surgir y “ser alguien en la vida” se necesita entrar a la Universidad, y no a cualquiera, sino que a una de prestigio. Con todos estos mensajes que entrega el sistema educativo cada día, ¿qué le puede quedar a aquel 93% de las familias chilenas que no puede costear un colegio privado?. En este escenario, el liceo emblemático para muchas de ellas se presenta como la “salvación” para poder salir de la vulnerabilidad que significa ser pobre o de clase media en Chile.

Comprendamos entonces el proceso vital que viven muchos de los “egoístas”. Muchos de ellos desde muy pequeños ven la entrada al liceo emblemático como la gran chance. La presión por los estudios comenzará desde temprana edad, para así poder entrar a un liceo donde la competencia será más feroz aún (propia de un establecimiento que selecciona). Y al final de este largo y tormentoso camino, cuando están a punto de entrar a la Universidad, les dicen que este año valdrá más aquella variable que precisamente lo perjudica. El sueño para el que estudió desde pequeño corre riesgo de desvanecerse de un día para otro. La ruta que se le mostró como único camino posible, ahora resulta que tampoco sirve. Rebelarse en aquellas circunstancias no es egoísmo, es exigir que el sistema cumpla con lo que se le prometió desde siempre y que no es mucho: la chance de “surgir”.

¿Significa esto que el ránking es malo y debe desecharse? Por supuesto que no. Pero es un error y un reduccionismo pretender que resuelve el problema de la inclusión, y simplemente tachar de “egoísta” a todo aquel que muestre reparos. Más aún, estas resistencias muestran justamente que el ranking es irrelevante en el largo plazo, si es que no va acompañado de un proceso que revitalice a la educación pública, la vuelva el tronco central de nuestro sistema educativo y sea así una alternativa de excelencia para cualquier niño o niña que desee estudiar allí. Que no sean unos pocos los que se salven del sinsentido de los doce juegos (sean de emblemáticos o de otros liceos), sino que el paso por el colegio tenga sentido para todos por ser allí donde vamos construyendo una sociedad diferente. Mejorar nuestra educación no pasa por achuntarle a un mejor indicador estandarizado, sino que por comprender su complejidad y valorarnos en nuestra diferencia.

Mito 2: “Los apoderados que temen a la reforma son derechistas”.

No está claro cual es la opinión general de los apoderados. No es posible deducirla sin más al escuchar las vocerías de la dudosamente representativa CONFEPA, ni tampoco al observar las cifras de la sesgada Encuesta CEP. Sin embargo, es un hecho que la reforma no ha concitado el apoyo transversal de los apoderados. Por el contrario, muchos padres sienten temor y se ven confundidos, y por lo mismo no se deciden a apoyar esta reforma.

Nuevamente, si nuestros tecnócratas mostrasen un mínimo de empatía con las familias chilenas, se darían cuenta de que aquella posición nada tiene que ver con ser “derechista”. Desde la vivencia cotidiana de muchas familias cuyos hijos o hijas están hoy en el colegio, la incertidumbre es una posición simplemente de sentido común: la reforma educacional, tal como hoy la está planteando el gobierno, sólo amenaza con cambiarle el colegio de una manera cuyos resultados inmediatos no son obvios, sin ofrecerle ninguna garantía desde el Estado para que la educación de su hijo o hija efectivamente mejore.

¿Significa esto que no hay que terminar con el financiamiento compartido, el lucro y la selección? Por supuesto que no. Una educación entendida realmente como un derecho debe necesariamente ser gratuita, sin lucro y diversa. Pero estas reformas por sí solas no realizan dicho objetivo, e incluso pueden acabar ni siquiera avanzando hacia él, si es que el sistema público no se fortalece. La mejor garantía que hoy puede entregar al Estado a muchas familias que hoy están confundidas, es ofreciendo una educación pública de calidad.

No hay que olvidar además el constante apoyo de las familias chilenas a las movilizaciones estudiantiles. Muchos de los padres hoy confundidos y asustados, marcharon activamente con sus hijos durante estos años. Muchos de ellos también contribuyeron a la debacle electoral de las candidaturas que renegaban de la necesidad de una reforma que consagre a la educación como un derecho. Los apoderados chilenos sí quieren una transformación profunda de la educación chilena: el problema es cómo esta reforma viene avanzando.

Mito número 3: “Las familias son arribistas porque eligen colegios por ‘supercherías’”

Hace algunos meses el ministro Eyzaguirre afirmó que las familias suelen elegir el colegio para sus niños por razones que poco tienen que ver con el proyecto educativo y su calidad: el color del uniforme, el nombre en inglés, la distancia al hogar, entre otras razones. De allí se seguiría que las familias son arribistas, pues les importa más aparentar que escoger proyectos sustantivos.

Partamos por reconocer que la frase del ministro algo de razón tiene. El florecimiento de colegios particulares subvencionados que en inglés sólo tienen el nombre, los enormes gastos en publicidad que año a año observamos en educación superior, y una educación que prioriza más el obtener buenos puntajes en el SIMCE (para atraer más estudiantes-clientes) que entregar una enseñanza integral, muestran que estas supercherías algún efecto tienen.

Sin embargo el problema real es más profundo, tiene que ver con la famosa “libertad de elección”, que nos han reivindicado como gran ventaja del modelo neoliberal en todo ámbito. Podemos elegir cuál será la AFP que transformará nuestros años de esfuerzo en pensiones miserables, en qué Hospital hacer la cola, o qué ISAPRE cobrará sumas enormes para no cubrir ningún gasto relevante. Lo mismo en educación: podemos elegir qué colegio nos maleducará y segregará, y qué Universidad nos endeudará.

Frente a esas opciones, muchas veces las únicas diferencias que aparecen como relevantes son las antes mencionadas. De seguro que si fuera posible, todas las familias cambiarían las famosas supercherías por la excelencia del Instituto Nacional o del Santiago College, pero no caben. Por lo tanto, las familias no son “arribistas”, simplemente se comportan como les ha impuesto comportarse el brutal sistema de competencia entre establecimientos, consecuencia directa del sistema de subvenciones vía demanda que impera hoy en Chile, sistema que la actual reforma no se atreve a tocar en lo absoluto.

¿Cómo construir entonces verdadera diversidad y libertad de elección? Con democracia, característica inherente de la educación pública. Si la comunidad educativa en su conjunto define el proyecto, entonces por construcción tendremos verdadera libertad de elección.

Lo que hay tras estos tres mitos, es la expresión cruda de un sistema educativo propio de un modelo neoliberal. Esto nos impone desafíos que superan a lo educacional, pero para los cuales una reforma educativa constituye un paso fundamental para comenzar a imaginar una sociedad distinta. Sin embargo, para esto es urgente construir un nuevo sistema, cuyo corazón sea la educación pública. Solo con educación pública gratuita y de calidad, puede avanzarse hacia una educación entendida como un derecho garantizado, donde ya no tenga cabida el mercado ni la segregación e injusticia propia de nuestro Estado subsidiario.