El martes 2 de septiembre la Presidenta Michelle Bachelet anunció un completo plan de inversiones para la reconstrucción de los cerros de Valparaíso asolados por el voraz incendio acaecido en abril. Según lo anunciado, las cifras comprometidas ascienden a los 510 millones de dólares, lo que en moneda nacional representa un total de 12 mil millones de pesos, los cuales estarían destinados a renovar calles, realizar obras públicas de todo tipo, creación de áreas verdes, instalación de grifos, entres otras mejoras.

Fotografía: Fernando Ruiz

Fotografía: Fernando Ruiz

Este anuncio, sin duda, es una buena señal del gobierno porque no sólo permitirá destinar importantes recursos para acelerar la reconstrucción de los hogares siniestrados, sino que además demuestra que el Estado cuenta con una buena billetera fiscal, dicho de otra manera, plata hay.

Si la situación crítica en la cual se encuentra Valparaíso, claramente agravada por la destrucción producida por esta catástrofe, se resolviera sólo a través de esta nueva inversión recursos podríamos afirmar con cierto optimismo que nos encontramos en el camino correcto.

Sin embargo, el atraso de Valparaíso supera con creces un tema de recursos. Tiene su origen en la falta de una visión estratégica que defina cuál es su rol en relación al desarrollo nacional y que dé una idea de cómo la ciudad debe entenderse respecto a su comunidad y viceversa. Esta carencia hace que su economía no genere empleos dignos – el 71% de los trabajadores no tiene contrato y la tasa de desocupación sistemáticamente en todas las mediciones es una de las más alta del país -; permite la existencia de una educación pública de mala calidad – el 71,4% de sus egresados no alcanzan los 450 puntos en la PSU -; da lugar a la existencia de un sistema de salud pública que por falta de inversión estatal no da abasto para entregar prestaciones de calidad; y hace que se organice bajo una de las segregaciones territoriales más grandes del país.

De esta manera, lo que se financiará con los recursos anunciados por el gobierno, una vez más, será un modelo de ciudad que fracasó, recursos que además quedarán bajo el manejo de una casta política local cuya falta de probidad, a partir de los diversos escándalos de corrupción conocidos públicamente en el último tiempo, está fuera de cualquier duda.

También el atraso de Valparaíso tiene una dimensión global, es expresión de la situación en la cual se encuentran muchas regiones y ciudades de nuestro país. Diversos movimientos sociales y ciudadanos, que no son otra cosa que expresión política de las comunidades organizadas, desde zonas tan distantes y distintas entre sí como lo son Magallanes, Aysén, Calama, Freirina, Huasco, han puesto en escena precisamente la necesidad de repensar las bases sobre las cuales el país y las diversas regiones sostienen su desarrollo, incluso más, han comenzado a cuestionar también el estándar que ese modelo de desarrollo, que produce segregación y desigualdad, entrega a la idea de vida digna.

Por eso el problema que vive una región o ciudad en particular no es un “problema de regiones” como generalmente se acostumbra a decir. Porque no deriva sólo de la aplicación exacerbada de la idea de Estado unitario, propia del peso de la noche de Portales,sino que más bien se origina a partir de un modelo económico que no asegura condiciones de vida digna a toda la población, que depreda el medio ambiente y que no es capaz de permitir un desarrollo equitativo a lo largo y ancho del territorio nacional.

Por todo lo anterior, los cambios profundos para Valparaíso, pero también para el resto de las regiones y ciudades a la cual la modernidad les pasó por al lado, vendrán en la medida que podamos concebir, a partir de la participación protagónica de las comunidades organizadas que las componen, una nueva mirada estratégica que ponga en el centro el desarrollo integral de las ciudades, que genere una relación armónica ciudadano-ciudad y que suponga una economía, que siendo respetuosa del medio ambiente, asegure condiciones de vida digna para todas y todos. En definitiva, una idea de progreso que proponga, para el caso de Valparaíso, un nuevo vivir con sabor a sal y olor a mar.

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Jorge Sharp Fajardo es Director Centro de Pensamiento y Acción Política CRISOL