Habíamos sostenido por más de una hora una conversación espontánea, jovial, que preferí llevar por los recuerdos cotidianos y las anécdotas, cuando Tintán empujó la puerta del escritorio con el hocico y entró decidido marcando la hora de terminar la entrevista y recibir su comida. Lo último que le pregunté fue por sus lecturas en aquellos años intensos.

¿Te alcanzaba el tiempo para leer? ¿De qué libro te acuerdas?
Recuerdo haber estado repasando El Estado y la Revolución porque las discusiones teóricas eran muy importantes, con formaciones muy ilustradas, con textos clásicos. Yo siempre me había considerado un marxista, pero no un leninista. A Lenin lo había leído menos.
Recuerdo la Editorial Quimantú. Yo estaba en la Universidad de Chile, era director del Instituto de Economía, y me llamó la Tati: “mi papa quiere hablar contigo”. Allende me dijo: mire compañero, quiero que se haga una editorial pública, pero no quiero que esto se haga por los canales habituales, porque ésta es una empresa que tiene que ver con ideas”.
La Editorial Zig-Zag estaba pasando por un momento difícil y me dijo: “negocie usted con ellos y pague lo que corresponda”. Y negocié un arbitraje. Allende me pidió entonces una carta donde ellos declararan estar satisfechos. Y así nació Quimantú. Recuerdo que estaba ahí cuando se le puso el nombre en una asamblea de trabajadores.

¿Y recuerdas haber leído alguna novela en esos momentos?
Para esos años ya había leído el boom, El obsceno pájaro de la noche, La casa verde y otras. Pero no me acuerdo de una novela en esos tresaños, no.

Eran tiempos apresurados, sin duda. Cuéntame cómo se vivía ahí, cómo se trabajaba, como se era papá.
Mira, la vida… era tan demandante ese proceso. Uno iba a la casa cuando podía. Tenía con mis hijos la relación de un padre que está involucrado por completo en un proyecto político. Sin duda que no llegábamos a las siete de la tarde a la casa a jugar con los cabros. Todo era muy demandante, muy fascinante, era un torbellino.
Ahora, nunca tuvimos temor de perder la vida. No es que fuéramos valientes, era algo natural, quizás irresponsables. Y andábamos con pistola, con permiso, pero la teníamos.

¿Y tus relaciones humanas? ¿Estaban todas en el trabajo político?
Absolutamente. Si no había que salir de Santiago. Habían marchas, reuniones en La Moneda. La nacionalización del cobre fue un thriller. Te despertaban a las tres de la mañana porque nos habían embargado en Estocolmo. Era un torbellino sin pausa. Son muy pocas las veces en la vida de una persona en que puede vivir una atmósfera como esa. Vivimos un proceso revolucionario, no fue una revolución en el sentido clásico, ni un asalto al Palacio de Invierno, pero fue un proceso revolucionario que cambió todos los parámetros de la sociedad, sin excepción. Entonces uno se sentía en eso y estaba ahí con todo.
Ahora, los viernes en la noche y los sábados íbamos con amigos a las peñas. Por ejemplo la peña de los Parra, la peña Chile Ríe y Canta donde estaba René Largo Farías. Santiago era mucho menos sofisticado que hoy día. Había una vida nocturna, no había toque de queda, funcionaba El Bosco. Habían boîtes y cabarets, y el striptease y la huifa, era el mundo de los 60. Pero era esa la vida, todos mis amigos eran socialistas, Mapu, comunistas o del MIR. Un amigo decía que los partidos de izquierda eran como un supermercado, porque allí uno encontraba todo.

Un tiempo radicalmente innovador
No había manual escrito, ni una receta. Ustedes estaban lanzados a un tiempo siempre nuevo.
Creo que la Unidad Popular fue la culminación de un largo tiempo anterior, donde Allende fue el gran conductor de un proyecto que hoy, mirándolo a 40 años, no estaba basado en una coalición de partidos, sino en un movimiento. No lo digo por apoderarme del termino “movimiento”, sino porque que era realmente un movimiento político y social. Era un movimiento porque existía el allendismo, que era muy potente, pero no tenía organización porque estaba en los movimientos sociales de esa época, que eran el sindicalismo, los trabajadores, los núcleos feministas. Los padres fundadores de ese movimiento fueron Allende y sus contemporáneos de la década del 40, Ampuero, Corvalán.
En fin, creo que como tú dices, teníamos claro un horizonte, pero no teníamos claro cómo llegábamos a ese horizonte. Y ahí es donde se dio una variedad legítima y esperable. Yo no conozco ninguna revolución ni movimiento social y político que tenga un camino predeterminado en el que estén todos de acuerdo. Había legitimas diferencias que le dieron originalidad y singularidad.
Tocaba inventar, ir haciendo camino, sin mapas. La cartografía que había no nos servía, sobre todo porque Allende abría una nueva ruta. El modelo chileno no podía ni pretendtampoco de la social democracia europea podrabñe fue la UP. Y yo creo que habñque esten todos de acuerdo, habian diferencias leía ser una imitación de la revolución cubana, ni tampoco de la socialdemocracia europea.
Lo otro es la participación, que fue un proceso muy creativo en el gobierno de la Unidad Popular, con los Consejos de Empresa, los consejos comunales. Las empresas públicas nacionalizadas tenían consejos donde estaban representados los trabajadores y la empresa.

Entonces parece que la innovación es un vértice de ese proceso.
La historia nos enseña que la imitación en materia de transformaciones sociales no es buena consejera, la invención es indispensable. La sobrereacción de la dictadura, el genocidio, tiene que ver con el impacto del proceso allendista en la cultura. Estábamos cambiando la forma de vivir. El ciudadano de a pie creyó que mandaba, que su opinión valía. Es el único momento en 500 años de historia desde la Colonia, en que la tortilla estaba a punto de darse vuelta.
Eso era un impacto muy grande, y se logró trabajosamente y con una idea base: había que amalgamar, que es lo que hizo Allende, juntar lo que parecía que no se podía juntar. Incluso el MIR con la Unidad Popular. El MIR nunca confundió a la Unidad Popular ni a Allende con el enemigo, y eso es algo importante para una izquierda como la de hoy que está tan fragmentada. Allende fundó una izquierda movimiento, que es la del siglo XX, yo no sé como será la del siglo XXI, pero lo que sí sé es que hay que refundar una izquierda que tenga sus propias características, y que la van hacer los líderes que están emergiendo. Así como lo hizo Allende en un mundo bipolar, donde hubo dos guerras mundiales, ojalá estos liderazgos se orienten a un proyecto refundacional en el mundo de hoy.

La nacionalización del cobre
A ti te tocó vivir intensamente la nacionalización de los yacimientos.
Los primeros seis meses del gobierno trabajé en La Moneda, con Arsenio Poupin, la Tati, la Paya, éramos, en términos actuales, el “segundo piso”. Cuando se aprobó la nacionalización, Allende me mandó a Codelco. Era junio del 71.

¿Cómo se nacionalizaba una mina? Debe haber sido un proceso duro.
Mira, éramos tan jóvenes que no había nada demasiado duro para nosotros. Se hizo un traspaso formal de las empresas y las minas siguieron funcionando. Con el tiempo cambiaron las cúpulas. En Chuquicamata volaron los 50 cargos más altos. Se los llevaron. Entonces hubo que hacer esfuerzos muy importantes, y los hicieron los técnicos chilenos.
Se hacía una valorización de las minas y se fijaba la indemnización. La toma de posesión fue muy formal, porque así les interesaba a también a las empresas. Ahora, el Presidente tenía la facultad para decidir qué rentabilidades habían sido excesivas desde 1957, de modo que en el caso de dos de las minas, el valor a pagar fue cero, porque las ganancias que habían obtenido eran indecentes.

Cuéntanos algún episodio de esos procesos.
Me acuerdo de varios. Me acuerdo de Allende en el salón de Chuquicamata ofreciendo a los trabajadores hacerlos partícipes de las ganancias de la empresa. Y me acuerdo de su fuerza. Allende tenía sesenta y tantos años, y a su edad caminando a 2 mil metros de altura me sacaba 10 pasos, era muy fortacho físicamente, un poco más alto que yo, muy robusto.
Se organizaron trabajos voluntarios en Chuquicamata, donde había un gerente que era amigo mío de la universidad, comunista, David Silberman, con el que hicimos juntos la campaña de la Fech. Después del golpe lo agarraron y lo mataron. David Miranda Luna, jefe de Relaciones Laborales, también lo mataron; a Aroldo Cabrera, gerente de Finanzas, socialista, también lo mataron. Ellos organizaron estos trabajos voluntarios, que eran muy impresionantes para una empresa minera de esas dimensiones. Trabajaban un día domingo y después venía la entrega de diplomas. Me acuerdo que llegué vestido un tanto informal y me encontré con que estaban todos los viejos con terno, camisa blanca y corbata.

¿Y la huelga de El Teniente?
Fue en 1973, fueron tres meses muy duros.

¿Qué papel te tocó jugar?
Un día voy a La Moneda y le digo “Presidente mañana se reúne el Sindicato Sewel y mina y esperamos que acuerden terminar la huelga” y me dice “usted tiene que ir compañero, tiene que hacer oír nuestra voz en el sindicato”. Y partí. Pedían un 41 por ciento del reajuste, cuando todo Chile había tenido el 10. Subí al escenario y hablé, partí diciéndoles que no habría el reajuste que pedían. Se levantó la huelga, se fueron todos del teatro y yo me quedé un rato más con los ejecutivos. En eso volvieron a entrar los partidarios de la huelga y terminamos arrinconados. Fue muy fuerte. Vi los puntazos. Pero bueno, había un cordón de compañeros socialistas que nos protegió, pero vi los puntazos.

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NOTA de la REDACCIÓN: Esta entrevista fue originalmente publicada en el Nº14 de la etapa impresa de El Desconcierto.