LoretoLopezLlega el 11 de septiembre y con él esa sensación de que la fecha condensa en un acelerado tránsito de imágenes, la historia de los últimos 40 años de Chile y un poco más. Hasta hace unos años parecía que las cartas sobre cómo recordar el golpe y la dictadura, e incluso el período de la UP, estaban echadas. O era con felicidad o era con dolor, el golpe había sido una tragedia o una salvación, dependiendo de quien lo recordara, otras perspectivas parecían no existir en el espacio público. Digo parecían, y no digo no existían, pues una de las demostraciones de esto vino de la mano de la televisión, cuando en el 2008 el canal abierto de la Universidad Católica comenzó a emitir la serie Los 80.

Para quienes no disponen de una memoria marcada por las experiencias extremas de las violaciones a los derechos humanos, pero que tampoco festejaron la llegada de los militares y sus colaboradores civiles al poder, la serie puede representar un respiro en medio del fuego cruzado por la legitimidad del recuerdo.

En Los 80 una familia de clase media vive el día a día enfrentada a los dramas cotidianos de la cesantía, la crianza de los hijos, la reorganización de los roles de género, los dilemas de la niñez, la amistad, la vecindad, donde la dictadura y su nuevo orden se traducen en experiencias que podríamos llamar “banales”.

Sin embargo, la manera en cómo en los últimos veinte años se ha desplegado la lucha por desbancar o deconstruir las versiones felices de la dictadura, popularizadas por ella misma y sus adherentes, alcanzan a la serie: al final ésta debe darle un espacio a la manera polarizada, casi atrincherada, de recordar que se ha impuesto en la sociedad. Hay que tomar partido, hay que tener una especie de “despertar”, de toma de conciencia, y esa sólo puede ser posible asumiendo la cara infeliz de la dictadura, a través de la joven estudiante de medicina y su pareja frentista, el hermano de ésta y su pega como camarógrafo de Teleanálisis, y así, con innumerables situaciones, la tragedia se impone.

¿Sólo es posible recordar de esa manera?, y si no se adhiere a ninguno de esos extremos, ¿sólo queda ser testigo de un naufragio ajeno o espectador de la alegría de otros?, ¿se podía no estar a favor de la dictadura sin oponerse a ella?, ¿desaprobar los crímenes sin combatirlos?, ¿dónde quedan esas experiencias y esas memorias? Pero existen, y en sus seis temporadas han elevado a Los 80 a los puestos más altos del rating nacional, reconociendo que la memoria de la dictadura puede ser diversa, que los dramas son de distinta intensidad y que vale la pena narrarlos a pesar de que no se correspondan con los estándares épicos, heroicos o límites que han dominado la escena pública de las memorias, mandatando al resto sobre las formas “correctas” de recuerdo.

Cuando se cumple un año más del Golpe de Estado, la sociedad chilena, o al menos varios sectores de ella, han iniciado un proceso de revisión sobre las consecuencias del pasado en el presente. Reducir la experiencia de la dictadura a la euforia triunfalista o a la tragedia de sus crímenes de sangre, parece insuficiente para comprender el trance que ella significó en la vida cotidiana de chilenos y chilenas, cuya experiencia y memorias podrían conectar de manera más amplia y significativa con ese pasado que se niega a pasar.

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Loreto López es integrante del Programa de Psicología Social de la Memoria, Universidad de Chile