Sr. Director,

Una_chingana_-_ChilePor casi 20 años y hasta 1837 en Chile se celebraban las Fiestas Patrias en tres fechas distintas: Una conmemoraba la Primera Junta de Gobierno de 1810, fecha en que la aristocracia santiaguina convocada a un Cabildo Abierto reafirma su lealtad al rey Fernando VII usurpado del poder por las invasiones napoleónicas de 1808 aunque equivocadamente todavía pensemos que es nuestra fecha de Independencia. La siguiente efeméride, por cierto más significativa que la anterior, es la del 12 de febrero de 1817, día en que el Ejército Libertador de San Martín y O’Higgins tras cruzar la Cordillera de Los Andes derrota a las fuerzas realistas en Chacabuco pocas leguas al norte de Santiago. Dos días después ese Ejército Patriota entra a la capital e instala a O’Higgins como Director Supremo. Sin embargo, sólo un año después, y aprovechando la conmemoración de la Batalla de Chacabuco es que Chile toma conciencia de su independencia y la declara oficialmente en una carta firmada en Concepción pero leída en Santiago el 12 de febrero de 1818. Pero a falta de una fecha más clara, es el 5 de abril del mismo año que en los llanos de Maipú las tropas de San Martín vencen definitivamente a las fuerzas realistas de Mariano Osorio ratificando la independencia de la naciente república. Durante los siguientes 18 años las tres fechas fueron igualmente recordadas y festejadas generando una cierta confusión histórica difícil de resolver.

El sentido simbólico de la celebración a veces admite cualquier excusa, lo importante es que la fecha contenga los elementos necesarios para crear identidad, dar sentido a la nación y legitime la república. Había que designar una sola fecha, tres movía a la confusión. Tres semanas enteras de fiesta, chicha y música eran un despropósito para una joven nación que daba sus primeros pasos para su orden republicano. En primer lugar, el 12 de febrero, en pleno verano la gente estaba más ocupada de la vendimia o del carnaval de cuaresma que de las fiestas. Se requerían peones en las viñas y las celebraciones mermaba la cantidad de temporeros en los valles. Además, el 12 de febrero evocaba dos acontecimientos en años distintos, cuestión que dificultaba la contabilidad exacta de los años de vida independiente. Por un lado la Batalla de Chacabuco y por otro la firma de la Independencia. En segundo lugar, la conmemoración de Maipú, el 5 de abril coincidía con el recogimiento propio de Semana Santa. No se podía participar en los misterios pascuales o el vía crucis y luego terminar bailando zamacueca en una chingana. En cambio, el 18 de septiembre era la fecha ideal: no había otras fiestas cercanas que le hicieran competencia, coincidía con el fin del invierno e inicio de la primavera, hecho que representaba mejor el clima luminoso que despierta el espíritu altivo de una nación emergente que requería construir identidad y sentido desde sus albores republicanos.

Finalmente, en 1837, en pleno gobierno de Joaquín Prieto se decidió la fecha en que Chile celebraría sus Fiestas Patrias en adelante. Importaba poco la efeméride, sí el acomodo estacional para una fecha que sirviera más para los propósitos del orden portaliano en proceso de instalación que para conmemorar fechas significativas para la nación. Una vez más y como siempre, cualquiera sea la razón que la justifique, la verdad histórica se imponía desde “arriba”.

Atentamente

Rodrigo Reyes Sangermani