¿Qué ha quedado del 18? Tras la última empanada nadie dijo nada. Han vuelto los fonderos a sus cuarteles de invierno con los bolsillos llenos, los supermercados bajan las guirnaldas tricolores y comienzan a desempacar las calabazas y disfraces, los animalistas suben a internet sus videos en los rodeos. Los aristócratas guardan sus mantas de doñihue, mejor dicho; le dicen a alguien que se las guarde. Los falsos guachacas vuelven a twiter. Se apagan las cuecas y las cumbias. Se apagan por fin los comentarios sobre la chilenidad, el chilenismo, la patria, la república, la parada militar, el anacrónico tedeum, los terremotos y los asados y sus secretos. Las vacas, chanchos y pollos sobrevivientes descansan después del holocausto. Se difunden técnicas para eliminar el sobrepeso, los gimnasios comienzan a llenarse. Los nutriólogos difunden las bondades de la lechuga y se ofrecen liposucciones a precios módicos. Se anuncian maratones, todas por supuesto, por una causa noble. Se corre por los niños de África, se corre contra la discriminación. Nadie corre por solo correr. Chile continúa su trote a ritmo del sensacionalismo y colusión. Baja el crecimiento, sube el dólar, bajan el gobierno en las encuestas, sube el rating de alguna teleserie. La famosa reforma educacional se ha derretido y ahora parece un reloj de Dalí colgando en los jardines secos del Congreso. Los estudiantes se pelean por el ranking de notas. Sálvese quien pueda. ¡los emblemáticos y los niños primero! Se discute sobre inteligencia, pero no sobre la inteligencia de los inteligentes, no sobre como cultivar la inteligencia, no sobre cómo educar la inteligencia sino sobre la inteligencia política, una forma elegante de hablar del sapeo. El eufemismo del chileno. ¿Cómo frenaremos el terrorismo? ¿será con infiltrados civiles o con infiltrados militares? ¿será al estilo español o al estilo alemán? En estos momentos hay jóvenes estudiantes que leen, incluso durante los recreos. Leen a autores del siglo XIX, del siglo XX, leen a poetas viejos de manos huesudas y también a poetas con guantes de box. Comen vegetales, panes integrales y se visten de negro. Horror de horrores. ¿qué haremos con todos ellos? Ya no basta con prometerles una carrera, aunque sea una carrera sin futuro, un sueño americano tercermundista, no basta con ofrecerles tecnología de última generación, ya no les gustan los programas juveniles de bailes y culos al aire. Algo huele mal en Chilemarca. Por suerte le queda poco tiempo al año y ya sabemos que en los meses finales la gente se olvida de todo. El calor evapora las molestias de la vida, solo eso: molestias. Se vienen otras preocupaciones: el fin de año, la navidad, la fiesta de la empresa, los regalos, las vacaciones, los préstamos, el calor, la sequía. En un par de semanas nadie recordará la colusión de los pollos, así como olvidamos la de las farmacias. Eso es lo bueno de un país en que todo es desechable. Memoria de poco alcance. Promesas descartables. Lo único que perdura son los privilegios de unos pocos. Tras la última empanada nadie dijo nada.