mafHoy se cumplen 50 años desde que la pequeña Mafalda fue presentada públicamente. Un 29 de septiembre de 1964, la revista Primera Plana llegó a un acuerdo con el humorista gráfico Quino para comenzar a publicar sus historias sin fines publicitarios. Esto porque, dos años antes, el dibujante fue contratado para crear una tira de historietas como publicidad de una empresa de electrodomésticos. El nombre de su primer personaje fue Mafalda.

Reflexiva, aguda y certera. El personaje de Quino no vino sólo a hacer reír: la pequeña niña argentina se hizo famosa por cuestionar el orden político, social y cultural de su país y, sin ir más lejos, de toda la humanidad. A través de sus preguntas, Mafalda opinó sobre las guerras, los derechos humanos, el feminismo, la religión, la música y otros asuntos complejos y cotidianos.

En 1966, Mafalda comienza a ser publicada en algunos periódicos uruguayos. Dos años más tarde, llega a Europa y es traducida al italiano, con cerca de treinta tiras incluidas en una antología de textos literarios y caricaturas. Durante el 69, ante un éxito sin precedentes, la invención de Quino es publicada en un libro recopilatorio, cuyo prólogo sin firma fue escrito por Umberto Eco.

Debido a su plena vigencia hoy, muchos olvidan que Quino dejó de dibujar a su pequeña niña el 25 de junio de 1973. Esa fue la última vez en que Mafalda apareció en una tira, a través del semanario Siete Días.

“Casi 10 años dibujando lo mismo, diciendo que el mundo no funciona, que las guerras son malas, todo el mundo lo sabe ya. Por lo tanto dije basta”, explicó entonces el humorista gráfico.

Los años han pasado pero Mafalda no queda en el olvido. Hoy es parte del inventario de la cultura popular argentina, se multiplicó en sus postales y tiene una estatua en San Telmo, el barrio donde desarrolló sus incómodas preguntas y habita el propio Quino. Ahí espera sentada en una banca, donde turistas de todo el mundo esperan fotografiarse.

La creación de Quino, ya convertida en una celebridad mundial, se mantiene vigente por haber sorprendido al mundo –y seguir sorprendiéndolo- desde sus preguntas, denuncias y reflexiones. Una trinchera que alcanzó la mitad de siglo ya consolidada como un emblema.