Mario Aguilar¿Cual es en esencia el debate y lucha central que se da hoy en el Colegio de Profesores? No es solo una diferencia de visiones respecto a la agenda corta como se podría pensar. Se trata de algo más de fondo.

Por un lado quienes suponen que el gremio debe subordinarse a las directrices que emanan desde las cúpulas de los partidos que integran la coalición de gobierno. Se trata de una idea en donde el gremio debe alinearse con las políticas educativas oficiales bajo el supuesto de que ahora son “amigos” los que gobiernan y por lo tanto esa sería la postura más conveniente a los intereses del profesorado y  la mejor manera de avanzar con nuestras demandas y necesidades. No es tan extraña esta visión, es en realidad la visión más tradicional del quehacer sindical y gremial. En ella los gremios son conducidos desde la “alta política” que está representada por las dirigencias partidarias. Si un dirigentes es militante de un partido de gobierno, entonces ese gremio será “gobiernista”; si el gobierno es de un sello distinto, entonces ese gremio será “opositor” y muchas veces lo será de manera acérrima y virulenta. Repetimos, esta sería la concepción de una suerte de “sindicalismo clásico”. La aparente ventaja de esta concepción estaría en la posibilidad de una “llegada directa” con el mundo político, aquellos que supuestamente toman las decisiones; a través de esa directa interlocución se estaría en condiciones de conseguir mejores logros y satisfacción a las demandas que surgen desde el mundo social. Por cierto que la evidencia práctica muestra que ello ha sido una falacia, pero sigue siendo el argumento esencial que subyace en ese discurso.

Lo que se aprecia desde las movilizaciones del 2011, es que el mundo social cobró protagonismo propio, sin dependencia de los partidos. De ninguna manera se trata de un “apoliticismo”, de hecho son movimientos fuertemente politizados, pero no son conducidos por los partidos políticos, desarrollan su propio análisis y son capaces de establecer sus estrategias y tácticas a partir de elaboraciones desde su propio seno.

Por otro lado, una concepción muy diferente. Ésta proclama que en las últimas décadas la dinámica política y social ha cambiado drásticamente y que es necesario construir nuevas formas de acción. En esta concepción se busca una mayor democratización de la sociedad y en ella las organizaciones sociales juegan un papel de la mayor relevancia ya que son capaces de generar su propia política y no verse subordinados a la conducción de las dirigencias partidistas. Acá las cosas se invierten, las organizaciones del mundo social cuando cobran suficiente fuerza y consiguen sintonizarse cabalmente con el sentir ciudadano, llegan a ser ellos quienes “conducen”  al mundo político partidista quien ya no tiene la posibilidad de digitar cómo actúan estas organizaciones.  En esas nuevas modalidades que emergen, surge lo que se ha llamado el “Movimiento Social”; se trata de actores que siempre han existido como son: sindicatos, gremios, organizaciones estudiantiles, organizaciones sociales de diverso carácter pero que por mucho tiempo fueron dirigidas desde el formato de “sindicalismo clásico”. Lo que se aprecia desde las movilizaciones del 2011, es que el mundo social cobró protagonismo propio, sin dependencia de los partidos. De ninguna manera se trata de un “apoliticismo”, de hecho son movimientos fuertemente politizados, pero no son conducidos por los partidos políticos, desarrollan su propio análisis y son capaces de establecer sus estrategias y tácticas a partir de elaboraciones desde su propio seno. El principal peligro de esta concepción es la de caer en una especie de “purismo” que los lleve a negarse a toda interlocución o diálogo con quienes no sean parte del mismo mundo, lo que evidentemente los puede llevar a un aislacionismo inconducente, pero al margen de ello, es claro que son actores que disputan espacios de poder y por ese solo hecho operan como factor de democratización social.

Por nuestra parte, adherimos claramente a la segunda concepción. Lo hacemos en primer lugar porque es evidente que el viejo formato cada vez funciona menos; los niveles de desconfianza de la gente hacía la clase política aumenta día a día, se les cree cada vez menos, eso es incuestionable, mal podrían ser entonces quienes pudieran dirigir el accionar del mundo social si no se creen ni ellos mismos en lo que dicen y hacen;  el concepto de la “representación” que ejercerían los partidos de sus electores ha sido traicionada ya que en un primer acto los políticos profesionales piden el apoyo para con ese mandato representar a quienes les votan, pero una vez electos en sus cargos representan otros intereses que my poco o nada tienen que ver con los engañados electores .

Pero hay otra razón más consistente aún para adherir al formato nuevo, es la convicción de que la vieja democracia tradicional basada en el monopolio de los partidos políticos en la administración del poder está en una etapa de desgaste terminal. La sociedad se complejiza, la tecnología democratiza la información, las redes rompen el monopolio comunicacional, la verticalidad piramidal ya no se acepta como modo de asignación del poder. La gente reclama su espacio, su porción del poder que por mucho tiempo le fue arrebatado y van surgiendo nuevas formas de participación; nótese como la horizontalidad es una forma de trabajo muy desarrollada entre las organizaciones estudiantiles, obsérvese como los jóvenes desconfían del corrompido mundo de los negocios privados pero tampoco confían en el también corrompido aparato estatal. Son incipientes formas de democracia directa, no intermediada por esos “representantes” que no están dando el ancho, una posibilidad real de avanzar desde una democracia de unos pocos hacia una democracia de todos. Por supuesto, como toda forma emergente, hay mucha imperfección en su implementación, se trata de formas no conocidas y por ende poco desarrolladas, con mucho margen de error, pero ello no les quita valor, por el contrario, es necesario permitir que se desarrollen, que pueda ponerse en práctica esa nueva praxis política porque en ellas está la forma nueva que pueda reemplazar a la vieja y desgastada democracia representativa.

Volviendo al gremio docente, es claro que el Colegio de Profesores es una organización que es neta expresión del viejo formato. Eso es uno de los principales factores que explica la crisis de representación que vive hoy. De hecho, es muy decidor escuchar discursos en el seno del Directorio y en la Asamblea Nacional que explican el contundente rechazo al acuerdo de Gajardo y el Mineduc por los problemas de la llamada agenda corta, porque “la gente fue desinformada y no entendió la propuesta”. Dicha explicación por cierto que resulta absurda y en un abierto menosprecio a la capacidad de decisión del profesorado, pero en el fondo es un fiel reflejo de la incapacidad de entender los nuevos fenómenos de participación política que se están incubando en la sociedad chilena y probablemente en el mundo entero.  En realidad, el profesorado entendió muy bien lo que se le ofrecía y lo rechazó, los que están teniendo serios problemas de comprensión son precisamente aquellos que siguen creyendo que vivimos en la mitad del siglo XX y no se han enterado que en pleno siglo XXI ya no se cree en la democracia formal y se incuba un fuerte reclamo por una democracia real.