Sr. Director,

Pareciera que el fenómeno de la violencia en el fútbol es un asunto de difícil solución. Ya no se trata sólo de lumpen o delincuentes infiltrados entre las hinchada sino que de personas enfervorizadas sin límite que confunden una preferencia deportiva a un fanatismo enfermizo, hinchas que muchas veces estando bajo la influencia del alcohol y de las drogas y sin mayor educación canalizan su necesidad de pertenencia y su propia identidad en estas Barras Bravas. La sociedad les ha quitado espacios, el desarrollo no les ha llegado y quizás ni siquiera están plenamente conscientes de sus actos vandálicos. Por lo tanto siempre las soluciones deben ser integrales, no basta sólo con instalar más o menos boleterías ni cámaras de vigilancia ni guardias privados dentro del estadio, lo fundamental siguen siendo las señales que deben dar los propios clubes y los propios futbolistas.

¿Cuánta responsabilidad hay en las declaraciones previas que hacen los jugadores que para calentar el partido, o las que hacen después despotricando, insultando y agrediendo a sus propios compañeros de trabajo, árbitros o dirigentes? ¿Cuánta responsabilidad en las odiosidades de los futbolistas más odiosos, en aquellos que hablan de más o aquellos que simulan una falta o que golpean a un adversario en jugadas que se escapan al roce natural del juego?

Creo que la violencia no se detendrá si el propio fútbol no toma las más drásticas medidas contra cualquiera de sus actores habituados a la injuria, la burla, la ofensa y el desatino con sus propios compañeros de trabajo o con las hinchadas de equipos rivales.

Atte.

Rodrigo Reyes Sangermani