movimiento estudiantil“Me parece que no somos felices….”, escribía hace 100 años Don Enrique Mac-Iver. Ello en el marco de una reflexión sobre la crisis que por entonces vivía la sociedad chilena, expresada en el profundo malestar ciudadano que anticipaba la debacle de la cuestión social. A comienzos del pequeño siglo XX, nos encontramos con un cuestionamiento frontal a la institucionalidad vigente.  No es casual la analogía.

Cien años más tarde, y situados en otro tiempo histórico, el PNUD (2001) “denunciaba” nuevamente el malestar ciudadano –paradojalmente- en plena instauración de la sociedad de consumo. A poco andar fuimos testigos del despertar crítico de la sociedad chilena (2011). Una proliferación de “minorías activas” que trazaron una extensión de la conflictividad. Para el caso latinoamericano, donde priman “democracias de baja intensidad”, los movimientos sociales son un activo de las “democracias hibridas”. La lógica movimientista puede contribuir en procesos sociales más globales a través de la dispersión de fuerzas contra los  lenguajes oficiales, más aún si la acción colectiva es capaz de transgredir el institucionalismo del sistema de partidos. Hemos aprendido de Alain Touraine que los movimientos pueden articular demandas materiales del tiempo industrial, o bien, adicionar reivindicaciones post-materiales –liberales o de “cuarta generación”-. En la experiencia chilena, no faltaron quienes leyeron el proceso de politización del 2011 como el “mayo chileno” cuyo emblema era una declamación por la “igualdad universal”.

La disrupción del movimiento estudiantil tuvo características explosivas e inesperadas. De un lado, ningún “tecnólogo de Estado” pudo anticipar los efectos del exuberante “pensamiento utópico”, de otro, ni el más entusiasta activista podía predecir cómo se desencadenarían los sucesos durante el año 2011. Un movimiento de ciudadanía con inclusión de universitarios y secundarios vino a impugnar las bases institucionales de la modernización pinochetista. Una especie de irrupción de la “conciencia crítica” capaz de apostar “a perder el año” por lograr la superación de la vertebración neoliberal. El quiebre del interés individual (coyuntural) por un objetivo colectivo de larga duración, una acción colectiva mediática y expansiva de un movimiento nacional con características ascendentes.

En el movimiento estudiantil constatamos una demostración de “energías utópicas”, que es posible plantear como fuerzas reprimidas en el imaginario de la izquierda Chilena.

La irrupción de un movimiento de esta envergadura fue posible por una articulación de “significantes comunes”, demandas de género, de vida en pareja, de ciudadanía, del sector público, Hidroaysén, de educación de calidad, etc. Aquí la consigna se vinculaba a la necesidad de avanzar hacia reformas estructurales del sistema educativo, es decir, la gratuidad universal opera en las antípodas de la matriz que la Dictadura impuso desde 1981. Una dimensión subjetiva distinta, otras metaforizaciones entran en escena, otros lenguajes, cuestionando el lucro como eje organizador de un modelo basado en la secuencia calidad-precio, reclamando y actualizando la discusión sobre los roles del Estado. En el movimiento estudiantil constatamos una demostración de “energías utópicas”, que es posible plantear como fuerzas reprimidas en el imaginario de la izquierda Chilena. Los procesos sociales no tienen una posibilidad predictiva, pero hay rasgos que configuran antecedentes posibles, y estos rasgos están en la caracterización misma de los movimientos sociales.

Sin duda que la oportunidad en política tiene una historia, que en el fondo es la generación de condiciones para que se imponga una demanda hegemónica, o una necesidad interpretada en un movimiento social influyente. Se trata de condiciones que se transforman en un espacio vital en la vida pública. La acción colectiva ha contribuido en la construcción de redes que representan un primer activo: las redes configuran “sinergias”. Las redes son una manifestación que se conecta con este tiempo de esferas virtuales, la conexión es muy envolvente, y se expresa como una forma de generar opinión pública. Los movimientos se conectan en un sentido instantáneo, creando esta idea de red. Este es un recurso nuevo, y  opera con un elemento dinamizador importante, es un recurso movilizador desde la información. La importancia de las redes sociales (traslada el lugar de la polis al nuevo ágora medial) en los reclamos sociales con los gobiernos locales, y con los gobiernos centrales, con las empresas, es un ejemplo de la relevancia de este recurso.

Tras el movimiento estudiantil los recursos migraron como la estetización de los antagonismos, se crearon hitos, relatos, performance callejera que fue un despliegue de “escenificaciones de malestar”. Todo ello cristalizo en la extensión de la protesta social. Para el anecdotario solo cabe recordar una propuesta estética multitudinaria y carnavalesca, muy simbólica, como el personaje de Salvador Allende que operaba como una pantalla moral –como síntoma- de las reformas en curso. En este sentido, se instala la tesis de que el movimiento estudiantil  comprende un momento de inflexión en el “paisaje neoliberal”. Otra discursividad  parece imponerse con un acento en la extensión de los derechos seculares. Hay un sensibilidad nueva en la opinión pública tanto es así que se reordena el mapa político, se habla de producción de cultura constituyente. ¿Qué profundidad tendrá esta tendencia? Es difícil pronosticar sus alcances, pero se abren “válvulas de oxigenación”, su validación dependerá esencialmente de la acción colectiva de los movimientos sociales y de su interpelación al Estado. En el juego de la gran política de masas estará el desenlace más que en los pasillos de la sociedad de la pequeña política. El anhelo de que las mayorías nacionales se impongan por encima del procesamiento elitario, y las estructuras del modelo, es evidentemente complejo por la inercia a transformar las aspiraciones sociales en medidas tecnocráticas que apuntan hacia una focalización de las intervenciones del Estado, y aquí por primera vez, para el modelo neoliberal en Chile está en juego el rol que se le asigna al Estado, y la relación que esto tiene con una dimensión de derechos, por tanto, una condición de cambio en las estructuras del modelo. El contenido ideológico de las demandas será de vital importancia para los procesos sociales liderados por una sociedad civil que pulsiona por una soberanía distinta.

La “lucha de deseos” que tuvo lugar el año 2011, articuló demandas sectoriales con reivindicaciones medioambientales a nivel regional: esta simbiosis abrió nuevos espacios en los mapas político-culturales. La “sociedad civil” a través de sus movimientos sociales redefine aspectos del tejido social, instalando una mirada de los derechos sociales. La racionalidad utilitaria del mercado es torpedeada por una subjetividad basada en los derechos, hay una rebelión frente a los relatos dominantes, una reconfiguración de los significantes políticos. Este actor social nos devuelve la discusión de la política cuando los ‘realitys’ parecían ser la sensación de los tiempos neoliberales. La hora de la política ha vuelto y la importancia de discutir lo político se hace fundamental.

Sin embargo, y a pesar del efecto expansivo de la reforma, hemos tenido un año marcado por la “amenaza conservadora”. Hay aspectos que no podemos subestimar. Las dinastías del centro político, el peso de la elite confesional, las fuerzas conservadoras de la Nueva Mayoría y la “razón” gestional que se apoderó del discurso concertacionista, obligan a las fuerzas de la reforma a una mitigación de los cambios comprometidos. Inclusive, por algunos momentos, el Partido Comunista pese a su compromiso explícito con un programa de profundización democrática -a la hoz y el martillo en plena trama neoliberal- se asemeja más bien a una corriente social-demócrata que avanza en la dirección de un “neoliberalismo corregido”.

Por fin, todo hace presagiar que el 2015 estará marcado por nuevas obstrucciones a la democratización del espacio político. El riesgo no se puede descartar; la clase política tiende a neutralizar las “energías utópicas” con la prédica del realismo. A pesar de lo anterior, más allá de las dudas razonables, el 2011 persistirá como “pantalla moral” contra los pactos de gobernabilidad que la “generación Boeninger” pretende perpetuar.

 

Eddie Arias es  Magister en sociología y Mauro Salazar J. es profesor Asociado. U. ARCIS.