eutanasiaUnos dicen que la frase es de Esquilo, el dramaturgo griego que luchó con gran valor en la Batalla de Maratón. Otros que es de Emiliano Zapata. Algunos han afirmado, erróneamente, que fue el Che Guevara quien la pronunció. En España, Dolores Ibárruri la había popularizado durante la guerra civil y a ella se le ha atribuido desde entonces: “Más vale morir de pie que vivir de rodillas”.

La sentencia era, -y es, porque conserva su validez-, un llamamiento a luchar por la libertad, a oponerse a la tiranía, a derrotar a quienes quieran imponer la dictadura. En última instancia, la consigna era, -y sigue siendo-, una apelación a la propia dignidad, a no aceptar lo que nos quieran imponer, sea quien sea, cuando con la aceptación de esa imposición se dañe nuestra honra, nuestra autoestima. En síntesis, se trata de un imperativo categórico que nos exhorta a vivir con la dignidad a salvo.

Y ese es un combate que libramos a lo largo de nuestra existencia. Y nadie puede obligarnos a flaquear en la fase última. Es necesario mantener la capacidad de lucha hasta el final, hasta el último momento.

Ahora, fundamentalmente en las sociedades desarrolladas, los medios técnicos y farmacológicos son muchos y variados, con lo que ese final, esa última etapa, puede diferirse, alargarse, casi eternizarse, sin otro objetivo que mantenernos con vida o, dicho con mayor propiedad, conservarnos administrativamente vivos. El encarnizamiento terapéutico que puede ejercerse sobre nosotros es una de las posibilidades que debemos contemplar al pensar en esa fase final de nuestra vida. En ese afán previsor, debemos pensar en la posibilidad de que se nos nieguen unos cuidados paliativos que nos ahorren el dolor y el sufrimiento. Un padecimiento que no tendría otro fin que mantenernos clínicamente vivos, ya que no habría recuperación posible de una calidad de vida razonable.

Esa fase final puede ser un infierno. Puede serlo para nosotros y para nuestros próximos. Podemos sufrir lo indecible y, además, hacer sufrir a quienes nos aman. La lucha por vivir, el combate contra la enfermedad, el deseo de prolongar la vida tiene sentido cuando la victoria es posible, cuando vencer significa vivir con decoro. Vivir con uno mismo y con los otros, con quienes te aman, con la cabeza erguida, sin padecer la humillación de la extrema dependencia.

Somos miles los firmes partidarios de la eutanasia, entendida como la acción de ayudar a morir a un enfermo incurable para evitarle mayores sufrimientos físicos y psíquicos.

Es por ello que somos miles los firmes partidarios de la eutanasia, entendida como la acción de ayudar a morir a un enfermo incurable para evitarle mayores sufrimientos físicos y psíquicos. La eutanasia es ilegal en España, pero crece el número de los ciudadanos que estamos empeñados en que se legisle adecuadamente sobre ella. En ese proceso, no obstante, exigimos la generalización completa y absoluta de la dispensación de cuidados paliativos; es decir, de la universalización de un procedimiento que, según describe la Organización Médica Colegial (OMC), se utiliza cuando el enfermo se encuentra en sus últimos días u horas de vida para aliviar un sufrimiento intenso. Ese procedimiento, añade la OMC, ha de ser tan continuo y tan profundo como sea necesario para aliviar dicho sufrimiento.

Es un derecho que, lamentablemente, nos vemos obligados a exigir porque en España gran parte de la población sigue sin poder acceder él. Según el presidente de la Comisión Central de Deontología de la OMC, por lo menos la mitad de los enfermos avanzados o terminales no tiene disponible un servicio de cuidados paliativos que le preste una atención adecuada, y estos ciudadanos agonizan durante días o semanas padeciendo grandes padecimientos físicos y psíquicos.

Parece mentira que mediada la segunda década del siglo XXI estemos como estamos. Pero, así son las cosas. Por ello es necesario que aquellas personas sensibles a esta realidad apoyen las acciones tendentes a revertir completamente esta situación. Para hacerlo surgió hace treinta años –que en estos días, por cierto, se conmemoran-, la Asociación Federal Derecho a Morir Dignamente (DMD). Su presidente, el doctor Luis Montes declaraba recientemente a la prensa  “El ciudadano no es libre de decidir su muerte y el estado tiene que tutelar para que viva lo máximo posible aunque esté sufriendo”.

Luis Montes opina que los cuidados paliativos siguen sin llegar a la mayoría de ciudadanos por cuestiones puramente ideológicas, que impiden su desarrollo: “La mayoría de los cuidados paliativos de este país están en manos de organizaciones confesionales sin ánimo de lucro –entrecomillado, porque es la Iglesia Católica– donde no se da el medio y el fermento para un ejercicio libre por parte de los ciudadanos de su derecho a acabar con el sufrimiento. Hay ahí un conflicto grave que se suele resolver muy mal. Depende del servicio, de la sensibilidad del médico y de su atrevimiento, actuar conforme a las buenas prácticas médicas y dormir al enfermo para que su tránsito al Más Allá, bueno, a la nada, sea lo más pacífico posible”.

España, pues, resulta una evidencia, necesita una nueva ley que garantice una muerte digna a todos los ciudadanos.

Fernando Pedrós, periodista, filósofo y miembro de DMD, escribía recientemente una carta abierta al nuevo líder del Partido Socialista. Como quiera que éste ha hablado de avanzar hacia una democracia radical, Pedrós le preguntaba si la eutanasia tendrá su reconocimiento en ella. Si se le permitirá al ciudadano ejercer su autonomía y se le reconocerá el derecho de salida de la propia vida. Le recordaba igualmente a Pedro Sánchez que Zapatero prometió una ley reguladora de la eutanasia y el suicidio asistido que no se materializó. Según el líder socialista no había en España una verdadera demanda social. El filósofo Salvador Paníker, presidente de honor de DMD, le respondió por entonces que el pueblo estaba maduro, pero no así los políticos.

Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), [en su Estudio 2.803, de mayo-junio de 2009, sobre Atención a Pacientes con enfermedades en fase terminal], el 83.3 por ciento de los ciudadanos estaba Totalmente de acuerdo en facilitar al paciente todos los calmantes necesarios para controlar el dolor [además, el 13.1 por ciento bastante de acuerdo]. Paralelamente, el 58.5 por ciento estaba Nada de acuerdo en prolongar artificialmente la vida cuando no exista esperanza de curación [Poco de acuerdo el 22.7].

Es evidente, pues, que existe, cuanto menos, una demanda social de los cuidados paliativos y es ampliamente mayoritaria. En el camino, pues, hacia la consecución del derecho a la eutanasia, que no es otra cosa que el derecho a disponer de la propia vida cuando el individuo considera que la calidad de ésta no le permite disfrutarla sin menoscabar la propia dignidad, es necesario universalizar los cuidados paliativos. Nadie debe morir en nuestro país padeciendo terribles sufrimientos físicos y psíquicos. La dignidad no debe perderse nunca. Tampoco en el tramo final de nuestra existencia. Hay que morir de pie.