Consignas2Consignas
Oscar Ariel Cabezas y Miguel Valderrama
Editorial La Cebra, Buenos Aires, Diciembre 2014

 

Un agenciamiento no precisa de elementos homogéneos para funcionar. Del mismo modo la caída y el encuentro de los átomos requieren siempre de una desviación para relacionarse. En principio, solo se necesita de la caída y de cierto vacío para forjar una relación. Una relación, pues, es siempre una cuestión incontrolable, porque los átomos si se encuentran, lo hacen en una caída, y la caída es un irreductible con el cual es difícil, precisamente, entrar en relación. Si comprehendemos la caída, logramos tener un encuentro. Relación y encuentro, que puede ser figurado a partir de dos o más líneas afectivas que en principio no tendrían por qué concordar, ya que si traen consigo un acuerdo a priori se produce rápidamente una estabilización. Y si los afectos son aquello que justamente tiene que ver con una política inherente al ejercicio escritural – y también con cualquier política en común que se quiera realizar – la estabilización sería su obturación, lo que contiene a la caída, lo que contiene a una relación.

“Consignas” es antes que todo un encuentro (una relación) que acá se da cita a partir de una conversación. Conversación que no busca en ningún momento hacer síntesis para estabilizarse en definiciones certeras de las “consignas” que el libro enuncia. Pues es al contrario, cada significante es diseminado en las escrituras de Valderrama y Cabezas, donde uno es siempre muchas escrituras que se dan cita en ella, y a la vez, entre ambos, se hilvana al mismo tiempo una distancia tanto como un pliegue. Valderrama y Cabezas son dos, pero parecieran muchos los que escriben, parafraseando la hermosa advertencia deleuziana-guattariana. Escritura de escena, de microdiscusiones, que siempre tocan de cierta manera el marco histórico en dónde se deben inscribir. No por nada, se ha dicho que lo micrológico es el lugar más efectivo para leer o cartografiar un presente. Firmas que se han posicionado en ese lugar han sido entre otros Blanqui, Benjamin, Tarde, Leibniz, Deleuze, Lucrecio, Nietzsche, Borges, Foucault o Rancière. Firmas que en “Consignas” aparecen y desaparecen, sólo a partir de cierto encuadre que la conversación atraviesa, deslizándose sin ningún tipo de afán de verificación, cálculo o normatividad académica ni mucho menos científica. Ya que si la mirada teórica está enunciada en el libro, la conversación atraviesa también grandes nombres de la historia de la resistencia política al capitalismo: Allende, Lenin, Marx, Mandela, Malcom X, García Linera, Los Zapatistas, etc.

 

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Cuestión del pliegue, cuestión de lo común. Pues si el ejercicio crítico local de postdictadura estuvo marcado por las figuras de la catástrofe, de la derrota o la melancolía, “Consignas” elabora justamente un choque de escrituras, de modos de producción escriturales que han pasado por aquella turbulencia, pero que sin embargo insisten y resisten a esas corporalidades significantes. De otra manera: la revuelta que propone este libro debe pensarse en sintonía con cierto corpus de articulaciones teórico críticas que en Chile elaboraron durante los últimos veinte o treinta años una resistencia a las políticas de restitución y de duelo que las consignas neoliberales y las pragmáticas del consenso instalaron en el país. “Consignas” dialoga con ellas, pero a la vez que dialoga con ellas, está elucubrando una política que cita lugares, datas, firmas, obras, acontecimientos, que producen una figura de lo que es el pensamiento de izquierda. Pero esta figura no ignora en ningún momento el cedazo que significó por ejemplo el golpe de estado en Chile, no existe por decirlo así un ímpetu de tipo utópico, como el mismo Valderrama definirá a este modernismo en otro de sus libros. Es un pensamiento, el que elabora esta conversación, de la desapropiación, que formula un doble gesto, el de “respirar desheredando y heredando el movimiento de una actualización permanente del devenir performativo de lo imposible” (p. 141). Eso imposible no es otra cosa que la formulación de un pensamiento de lo común o del estar en común.

Antes de enunciar aquello, me gustaría volver un poco al choque, a ese choque de temporalidades significantes y escriturales, pues lo interesante de puntualizar es cómo Miguel Valderrama, que podría ser definido como el historiador de la catástrofe o de la posthistoria en la escena local, insiste en un tono luctuoso, de insistencia en la pérdida incurable que dejó tras de sí la catástrofe o la parálisis del acontecimiento del golpe. Pero que sin embargo, Valderrama, no deja de metamorfosearse en una herencia o razón de izquierda que la conversación arrastra y en la cual resiste simplemente a olvidar. Pues justamente la melancolía trata de no olvidar. Por su lado, Oscar Ariel Cabezas, que podría ser definido como un comunista, como un pensador de la emancipación luego de la misma catástrofe de la emancipación moderna, no deja de resistir ante los discursos del fin, de lo post, ahí donde todas esas figuras han sido puestas en comillas por un pensamiento, por ejemplo, de la deconstrucción o de la filosofías del acontecimiento. Pero Cabezas, si bien ocupa en grandes momentos del libro ese lugar, de la herencia clásica de la izquierda, no deja de metamorfosearse en el tono de la desheredación o la pérdida de los significantes que el mismo libro despliega. En fin, este es el choque, pero no es un choque dialéctico, ni menos de síntesis simple como habíamos dicho en un principio, pues más bien es un choque de tecnologías, de modos de producción escriturales y de temporalidades que se dan cita en este tiempo que no tiene tiempo, en un tiempo que no puede descansar simplemente en lo contemporáneo. Lo actual “no es un presente, ni siquiera un tiempo. Constituye una constelación policrónica de heterocronismos en la que cualquier presente se vuelve intempestivo” (Thayer). Este presente es justamente la temporalidad a la que esta conversación da cabida y que por lo mismo el choque justamente debe insistir en esta temporalidad heterocrónica que cualquier pensamiento de la emancipación hoy por hoy debería al menos tener una oreja. Cuestión de la escucha o de la tercera oreja como diría Patricio Marchant.

 

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Si el último significante que el libro enuncia es el de comunismo, no es mera casualidad. Ya que éste mismo significante se encuentra en la misma imagen de portada del libro, pues a fin de cuentas es lo que “Consignas” busca afanosamente pensar. En las postrimerías del siglo xx y en el inicio del xxi, aquello que designa la palabra comunismo es la morfología de una ruina. Su archivo no es sino una montón de ruinas apiladas bajo el horizonte triunfal del capitalismo global. Desde un poco aquí y desde otro allá, la palabra comunismo es tachada y despreciada, sea por seguir encarnando cierto terror fantasmal, pero por otro – y esto sería lo más importante de constatar – ha significado simplemente una homologación con el estalinismo, los socialismos reales y la burocratización, y actualmente el devenir-neoliberal – en el contexto local – de los partidos comunistas. Ahora bien, independiente de como los mismos autores testifican, existe en los últimos años a nivel mundial una revuelta del significante comunismo, sobre todo luego de la crisis fuerte del neoliberalismo y de las serie de manifestaciones sociales que ocurrieron durante el 2011, y donde Chile ocupa un lugar geopolítico que no deja de ser importante. Este contexto no es otro que el de las movilizaciones estudiantiles del 2011 y su posterior o actual contención por cierta clase política que ha llevado a discurso o dialectizado las consignas que el mismo movimiento articuló. Por lo mismo, la pregunta que este libro plantea, y la pregunta que toda la izquierda local tendría que hacerse, es realmente qué fue aquello que donó el movimiento estudiantil. O más específicamente, qué es aquello que el 2011 como data, como inscripción o acontecimiento en el cual estamos – más allá de las capturas que de ese acontecimiento se quieren hacer (el slogan del nuevo ciclo político enarbolado por la Nueva Mayoría) – provocó. Me atrevería a decir, desde la lectura de “Consignas”, que aquello que interrumpió el 2011 no es otra cosa que la insistencia en una política del estar en común. ¿Pero de qué se trata esta política?

Sabemos que el capitalismo radical en el cual habitamos ha traducido las formas de vida que le son inherentes a cierta liberación de los flujos, descodifica al mismo tiempo que recodifica. Es la sentencia que Deleuze y Guattari, a partir de Marx obviamente, aludieron en los años 70. El funcionamiento del capitalismo actual no opera a partir de una coerción directa en los cuerpos, ni mucho menos a partir de una contención estrictamente soberana, sino que justamente su manera de funcionar tiene que ver con asumir cierta activación de lo múltiple en el campo social. Ahí es donde un pensamiento comunista deberá expropiar eso múltiple que el capitalismo global ha hecho para sí. Pues bien, el comunismo o lo común, como muy bien lo testificó las escrituras de Blanchot o Nancy, estuvieron subordinadas a un principio homogeneizador que sólo podía terminar en un Estatismo que glorificara el Estado-Nación moderno, y por otro lado, en un mero capitalismo de Estado. Si algo ocurrió con las revueltas y protestas del 2011 a nivel global – habría que decir junto con Cabezas y Valderrama – es que éstas no germinaron bajo ningún correlato vertical como lo fue en gran parte del siglo XX. Es decir, el germen de estas revueltas proviene de una hetereogeneidad y multiplicidad que es muy difícil de estabilizar por sí mismas. Es un “movimiento por lo común” que a nivel planetario resiste a la privatización de la vida bajo todos sus avatares. En este sentido, la noción de lo des/apropiativo guarda toda su potencia, en el sentido de que el comunismo no debe encontrarse en ninguno de los lugares en los cuales el siglo XX pensó cierta pragmática de cómo llevar a cabo el comunismo (p. 25). Lo des/apropiativo tiene relación más bien con expropiar de todos aquellos lugares donde el neoliberalismo destruyó la potencia de un estar en común, es decir, tiene que ver con relaciones cotidianas, de activar, aunque suene contradictoria, una gran micropolítica de lo común, que justamente interrumpa el contrato múltiple y descodificador que hace triunfar al capitalismo como única forma de vida global. El comunismo desapropiativo por lo mismo no podría pertenecer a ninguna forma molar, como el partido, el Estado, aunque pueda, perfectamente pasar por ellos en su despliegue heterogéneo. Lo interesante de puntualizar es que esta noción, al cual el libro suscribe aunque siempre con cierta reserva crítica que es indispensable justamente para la operación des/apropiativa, permite elaborar una política emancipatoria en el lugar que el capitalismo justamente triunfó sobre los socialismos reales. Es decir, el capitalismo del siglo XX abrió los procesos de subjetivación, liberó cierto deseo, en cambio, el socialismo desde una política que se pensaba desde lo común, cercenó las subjetividades, homologó el devenir de los pueblos a la verticalidad estatal de la planificación de la vida.

 

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Finalmente, me quedaría con la siguiente imagen que deja el libro, y que me parece muy importante para el futuro de la izquierda en Chile, sobre todo encarnada en una izquierda que se piensa a sí misma crítica. Esta imagen son los pasajes que tanto Oscar como Miguel le dedican a Salvador Allende y al proceso de la Unidad Popular: tanto Allende como la UP fueron teologizados, o martirizados, bajo el signo de las políticas de la memoria que tan serviciales fueron al neoliberalismo chileno (p.55). Allende debe pensarse, y con ello la Unidad Popular, desde lo que Patricio Marchant atisbó bajo la seña de la música de la palabra compañero. Experiencia que articuló una comunidad que no había tenido lugar antes de la experiencia de la UP, lo que esa palabra nombra es fuertemente una política afectiva que es inmanente al comunismo des/apropiativo. Esta imagen me parece importante, porque al menos abre una cita, con aquello que en todos estos años de barbarie neoliberal nos quisieron hacer olvidar.