La independencia trunca

cuba_usaEl cubano ha sido, desde hace mucho tiempo ya, un pueblo erguido sobre un sentido de la dignidad que la Revolución consolidó, proyectó y modeló de formas nuevas, que sin embargo tiene antecedentes hundidos en su historia.

En 1868, de la mano de Carlos Manuel de Céspedes, Máximo Gómez, Antonio Maceo, miles de cubanas y cubanos se enrolaron en una revolución independentista que finalmente fracasó. Aquella fue la Guerra de los Diez Años. Diecisiete años después, aquel pueblo empecinado buscó de nuevo la independencia negada por una España que se aferraba a la mayor de las Antillas como un preciado tesoro.

El joven José Martí creció entre ambas guerras, se había hecho poeta, ensayista y el mejor dirigente político que haya tenido Cuba en el siglo XIX. Reunió a los viejos generales del 68. Fundó el Partido Revolucionario Cubano. Introdujo en la nueva rebelión el sentido antimperialista. Su persistencia y claridad finalmente dio fruto y el 24 de febrero de 1895 estalló la segunda guerra de independencia.

De algún modo puede decirse que fue un solo gran esfuerzo con dos generaciones de revolucionarios. Antonio Maceo, un mulato fornido, brillante general de los mambises, se había negado al final de la Guerra de los Diez Años a aceptar el Pacto del Zanjón, con el que se ponía fin a la confrontación. La “protesta de Baraguá” fue el nombre con que guardó la historia ese acto mayor de dignidad que el pueblo cubano ha atesorado hasta hoy con especial dedicación. Entre 1879 y 1880 Maceo, Calixto García y un grupo de independentistas insumisos, impulsaron un segundo esfuerzo independentista que se conoció como la Guerra Chiquita.

Fueron tres los esfuerzos en treinta años, y todo ese caudal de energías, recursos reunidos, gente dispuesta, toda la monumental construcción intelectual anticolonialista de un Martí devenido en uno de los mayores intelectuales militantes de la segunda mitad del XIX latinoamericano, terminó vertiéndose en dos cauces muy disímiles: la formación de una sólida voluntad independentista de los cubanos, atados a su dignidad de país pequeño frente al “monstruo”, que apenas 55 años después del término de la guerra de independencia asistía al inicio del proceso revolucionario con el asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba, por unos jóvenes que a partir de allí fundarían el Movimiento 26 de Julio. El segundo resultado, sin embargo, sería una independencia trunca, escamoteada al final por la intervención norteamericana.

 

Un barco estalla frente a La Habana

En 1898 llegó desde Cayo Hueso el acorazado norteamericano Maine. Llevaba la instrucción de proteger los intereses estadounidenses durante la guerra de independencia, o ese era al menos su pretexto. Tres semanas después, el 15 de febrero de ese año, una explosión a bordo terminó depositando sus fierros retorcidos en el fondo del mar. Murieron 266 hombres, casi ningún oficial ni el capitán. La explicación oficial lo atribuyó a un accidente. Los independentistas cubanos lo han atribuido siempre a un autoatentado.

La razón de la sospecha cubana no es menor, el hundimiento del Maine dio paso a la intervención militar norteamericana en la isla. Al poco tiempo Estados Unidos declaró la guerra a España, contando con el apoyo de parte de las tropas independentistas cubanas. Fue un conflicto de rápido despacho que además de la debacle de la armada española en el Caribe, dejó instaladas las tropas norteamericanas en Cuba hasta 1902. Al retirarse, dejaron tras de si la Enmienda Platt, un apéndice a la Constitución de la naciente república aprobado bajo chantaje norteamericano, que formalizó la tutela colonialista sobre Cuba y consagró, entre otras afrentas, un arriendo perpetuo del terreno que hasta hoy ocupa la Base Naval de Guantánamo, que el gobierno norteamericano se ha negado sistemáticamente a cesar.

Hasta 1959 la embajada de Estados Unidos en Cuba actuó como un verdadero poder fáctico poniendo permanentemente en duda la existencia misma de algo parecido a una república.

Por los hechos del Maine se erigió en el malecón de La Habana un monumento que llevaba en la cumbre un águila soportada por un bloque con la inscripción “Libertad”. Al triunfo de la revolución, en febrero de 1961, el águila fue derribada pero se mantuvo el monumento, resinificándolo en homenaje a los caídos “por la voracidad imperialista en su afán de apoderarse de la isla de Cuba”.

 

Si el bloqueo ha empobrecido al pueblo cubano y lo ha sometido a condiciones económicas tan singulares como injustas, ningún pensamiento identificado con la justicia social debiera lamentar su término.

Una historia de intercambios

En 1987 se inauguró la tradición de los “Topes Cuba-Estados Unidos”. Las selecciones de béisbol de ambos países se enfrentan desde entonces en un torneo exclusivo de ambos países, que se celebraba en ciudades de uno y otro lado. Hasta 1996 funcionó ininterrumpidamente, y luego de un largo vacío se retomó en 2012. Hace poco la prensa cubana daba la noticia de la alineación de su selección para la última versión del tope.

Menos visible que esos intercambios, las relaciones entre ambos países, duras, antagónicas, conservaron siempre una porosidad que les permitió un incesante intercambio intergubernamental.

Según el medio cubano Cubadebate, el primer intento secreto de normalización de relaciones ocurrió en los años 70, pero fue frustrada por la idea de Kissinger de “aplastar a los cubanos” ante su “atrevimiento” de ingresar en el conflicto de Angola. Después de eso hubo numerosas visitas de congresistas norteamericanos a Cuba y un trasiego poco publicitado pero permanente.

Sin dudas, la reciente liberación de prisioneros por ambos lados y la sincronía de las declaraciones avisa de mecanismos que, entre ellos por cierto la mediación del Papa, de alguna forma lograron funcionar todo este tiempo.

 

¿Qué viene?

No se sabe, nadie lo sabe. Ese es precisamente el signo del momento. El bloqueo era por cierto un embargo, pero en más de un sentido era también una especie de congelamiento de toda una zona de la política en ambos países y en la región. Abierto ese mecanismo, ingresamos a un momento de intensificación, de extensión de la indeterminación que es propia de lo político.

Por eso tiene poco sentido el reclamo tantas veces leído en las redes sociales, de unos izquierdistas que lamentan la normalización de las relaciones diplomáticas como si ello comportara, de suyo, la instalación de los McDonalds en suelo cubano, y como si la instalación de los McDonalds en suelo cubano implicara, además, mecánicamente, una traición a la Revolución, como sea que ello hoy pueda entenderse.

Si el bloqueo ha empobrecido al pueblo cubano y lo ha sometido a condiciones económicas tan singulares como injustas, ningún pensamiento identificado con la justicia social debiera lamentar su término.

Tampoco tiene mucho sentido frotarse las manos apostando a procesos políticos que bajo el pretexto de la apertura permitan la instalación de mecanismos de influencia y ejercicio del poder político norteamericano en la isla. Una de las señales que emitió Martí desde el siglo XIX fue un sentido antiimperialista permanentemente teñido por la dura evidencia de la cercanía entre ambos países. De ese modo, no todos los malestares cubanos conducen a Estados Unidos ni cosa que se parezca. Esa es una exageración tan triunfalista –de quienes lo desean– como poco informada.

Nadie debería presumir entonces de conocer la complejidad política y social cubana en este momento, ni lanzar pronósticos al viento.

Lo que sabemos, por lo pronto, es aquí ha fracasado la política de fuerza que desde la administración de Eisenhower ha mantenido Estados Unidos. Es claro que es una derrota de esa derecha norteamericana y cubano-norteamericana, que apostó por décadas a asfixiar al pueblo cubano.

Ahora, si esto va a llevar bienestar al pueblo cubano, si va a implicar procesos de actualización política en Cuba, no lo sabemos. El proceso que puede inaugurarse es sin dudas de mucha complejidad. Todo ocurre, por lo demás, sin que hayan cambios sustantivos en la orientación imperial de la política norteamericana.

Los cubanos reinventaron la lucha revolucionaria entre 1953 y 1959. Inventaron la primera forma de socialismo latinoamericano. Luego dieron forma a un internacionalismo que – es algo reconocido por el propio Mandela- cambió la historia de África. Ahora tendrán que saber bogar de nuevas formas en un contexto radicalmente nuevo.

Conviene entonces volver a Martí. “Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”, decía en Nuestra América. La lucha por la justicia social en Cuba y en la región deberán seguir siendo materia de invención comprometida. Sin recetas fáciles ni críticas antes de la acción, los cubanos tendrán que saber navegar en nuevas aguas, y los latinoamericanos tendremos que saber estar junto a ellos.