¿Están dispersos los mensajes? ¿Hay un norte claro para el que vamos como país? ¿No logramos conversar –realmente conversar– entre nosotros? ¿Se ha perdido todo relato?

No es bueno comenzar un análisis con tantas preguntas, tanta incerteza. Pero se percibe una sensación ambiente que no da tranquilidad y dicha sensación tiene transversalidad en los sectores políticos y sociales con mayor influencia en la opinión pública y –lo que puede ser más grave–, en la toma de decisiones en las políticas públicas que marcarán el rumbo de Chile por años, si no generaciones.

La verdad es que ningún actor político o social de peso parece tener claridad sobre cómo avanzar, y estamos en una especie de suma cero, donde todos están jugando al “congelado”, siempre esperando que otro haga la próxima movida importante. El problema es que nadie se atreve a hacer esa jugada, la jugada que debe generar el movimiento de la maquinaria (no máquina) de todos los incumbentes, no sólo los políticos. Nos estamos quedando sin tracción y tal parece que las piezas del tablero arden y nadie las quiere tocar.

El Gobierno, sumergido en las turbulentas aguas de sus reformas centrales, debe superar su propia entropía para comenzar a cumplir su rol (su obligación en realidad) constitucional: mover el engranaje social. Y hay aspectos en su gestión que debe mejorar a todo evento. ¿Cuáles son esos aspectos?. Desde mi punto de vista, al menos tres: uno, decidir cómo , con quienes y hasta adónde va llegar con las reformas emblemáticas; dos, recordar que hay otras áreas de su dependencia de las que también debe preocuparse y que parecen casi no existir (el alarmante desconocimiento de los ministros por parte de la ciudadanía es ya un indicio de ello) y tres, superar esa total dependencia de la Presidenta Bachelet, quien debiera ejercer una conducción más moderna, que permita el despliegue de talentos en su equipo, sin miedo a un telefonazo presidencial o a un nuevo episodio del famoso “cartillazo”.

“Al parecer, frente a convicciones cada día más débiles, los políticos necesitan de la calle para decidir hacia donde moverse.”

La Nueva Mayoría, repleta de amigos con puñales en la espalda al más puro estilo romano, está más preocupada de contar con la venia de la Presidenta que de avanzar sirviendo a quienes los eligieron. Con partidos divididos, parlamentarios sin atreverse a usar las mayorías que recibieron, sin tener claro hasta donde avanzar en los consensos para no pecar de debilidad y tener que enfrentarse a la izquierda, el oficialismo pide a gritos un liderazgo que no se vislumbra. Un liderazgo que debe ganarse en la cancha y no por designación presidencial, lo que se hará más intenso si la popularidad de la Presidenta sigue a la baja,

En la vereda de la Oposición, el escenario tampoco es promisorio; renuncias de parlamentarios, crecimiento de Amplitud con gran molestia de su “sector”. Miradas cada vez más diferenciadas frente a muchos temas, personajes que se aferran a una visión de nuestro pasado que ya no resiste análisis y un rechazo ciudadano en la última elección (hace sólo 12 meses) del que no parecen haber aprendido lecciones claras. Adolece también de falta de liderazgos más transversales, por encima de la pelea chica del día a día.

Los grupos de presión han movido sus cartas con distintos resultados. Los gremios empresariales han sido hasta ahora más hábiles que en el pasado y manejado estratégicamente sus relaciones con la Oposición y el Gobierno. Las agrupaciones sindicales, no logran convencer y captar a los trabajadores, que lejos ya de un perfil industrial, son hoy día parte de los servicios e industrias terciarias y en vez de luchar contra el sistema quieren ser parte del mismo, sólo que con mayores beneficios y una mejor tajada de la torta.

Y el que fue el detonante de tanto cambio, aquel grupo que llevó incluso a sus dirigentes a la Cámara de Diputados, que botó a más de un Ministro, el que se veía destinado a ser el gran motor de la presión social este año, parece hoy día haber perdido mucha de su capacidad de influencia. La Reforma Educacional, que se inspiró en las grandes manifestaciones del 2011 parece tenerlos descolocados.

Tampoco era fácil –ni siquiera estadísticamente– que llegaran dirigentes de la talla de Giorgio Jackson, Camila Vallejo y otros que lideraron este movimiento hasta convertirlo en un tema nacional. Ellos tuvieron además una enorme capacidad de articulación interna de distintos pensamientos al interior del movimiento estudiantil, que sometieron sus pancartas particulares y se subieron a un carro mucho mayor. Por otra parte, no es lo mismo marchar frente a un Gobierno de derecha, que simbolizaría (al menos en teoría) todo contra lo que se luchaba: lucro, copago, segregación, etc., que frente a otro que (al menos en teoría) tiene un pensamiento bastante más cercano a lo que se pide o exige y redes poderosas que conocen el tema por dentro.

Sin embargo, el movimiento estudiantil tendrá que despertar y de su nueva capacidad de convocatoria dependen las respuestas a muchos de los temas aquí planteados. Porque desgraciadamente, al parecer, frente a convicciones cada día más débiles, los políticos necesitan de la calle para decidir hacia donde moverse.