mataraunhombreLos mejores estrenos chilenos de este año, tanto en ficción como en documental, tienen una característica común: reflejar los vicios y la inequidad de la Justicia Chilena. “Matar a un Hombre” (Alejandro Fernández) y “Crónica de un Comité” (José Luis Sepúlveda – Carolina Adriazola) narran la indefensión en la que se encuentran las clases menos privilegiadas, quienes recorren oscuros laberintos, empecinados en defender su dignidad. En ambos casos, la muralla con la que luchan es infranqueable.

Esa lucha la de los personajes se transforma de alguna manera en estas películas en una saeta que atraviesa la pantalla, hacia acá, hacia la pared invisible, donde el espectador encuentra la oportunidad de dejar de serlo. Desde la decisión de tomar esas historias hasta los modos de rodaje escogidos, siempre debatibles por lo demás, queda en evidencia la densidad política de la práctica cinematográfica.

“Matar a un Hombre”, ganadora del Premio del Público del Festival de Valdivia y posible candidata para representar a Chile en los Oscar, narra la historia de un hombre acosado por un narcotraficante de una población vecina, que amenaza además a su familia. De nada servirá seguir el “conducto regular” estipulado, convirtiendo a la actual burocracia en un túnel kafkiano.

El documental “Crónica de un comité”, ganador del FIDOCS 2014, en tanto, sigue el devenir de la familia de Manuel Gutiérrez, joven discapacitado que murió producto de un disparo en una protesta cuando transitaba por una calle de su barrio. El uniformado que efectuó el disparo fue identificado, pasando su caso a la Justicia Militar. Por esta vía, recibió sólo 2 meses de presidio y no fue dado de baja de la institución. Más que un recuento de los hechos concretos, el documental narra desde los márgenes la misma indiferencia con la que son recibidos por los aparatos del Estado, reprimidos en las protestas públicas y utilizadas por organizaciones y medios. Pero su causa no se mueve hacia ningún lado.

La atmósfera de la película de Fernández remite a un entorno social inhóspito, en donde ningún tipo de apoyo es recibido, ni de vecinos, empleadores o familiares. Existe una ausencia del entramado social que en forma de metáfora representa la falta de cohesión que existe por parte de las clases “dominadas”. Jorge lucha solo. Ni siquiera su familia es capaz de entregarle un apoyo efectivo. Por eso la mayoría de los planos son reflexivos, de silencios, que sólo se mueven a través de la angustia del protagonista, que va in crescendo con el devenir de los acontecimientos. Acaso en ese manejo estilístico se juega una opción por construir un modo de representación cinematográfica que problematice, eludiendo la frontalidad de los viejos ejercicios pedagógicos, la vida en el Chile neoliberal.

Byung-Chul Han, filósofo Coreano-Alemán, en obras como La Agonía del Eros y La Sociedad del Cansancio, ha identificado la forma en que el sistema neoliberal carcome las redes sociales, aumentando el individualismo y la soledad. Dentro de este contexto, la mayor forma de rebeldía es la solidaridad. Y eso es lo que explica el entorno de “Matar a un hombre”. En Chile aun vivimos en los encuadres semivacíos y deshabitados de la sobre individualización.

cronicadeuncomiteEl ambiente de “Crónica de un Comité”, por otro lado, utiliza el lenguaje audiovisual como representación de la fragilidad propia del ambiente social que construye. Esta precariedad se alcanza a través de una cámara deslavada, en mano, portada incluso por los protagonistas en el registro de su propia historia, disolviendo así, políticamente, el lugar del cineasta. Falta técnica, faltan imágenes refinadas. La metáfora es la falta de preparación y educación de los más desposeídos, que una y otra vez son violentados por las instituciones, donde no encuentran el más mínimo respeto por una causa tan sensible como la muerte de un hijo en manos de un uniformado.

Como ocurre en la vida, especialmente en las vida precarizadas, la cámara no siempre llega donde tiene que ir. Debe registrar casi de forma anónima para no molestar a las autoridades, quienes no son capaces de entregar respuesta alguna que devuelva la confianza y la fe a esta familia. Lo único que les queda es refugiarse en la Iglesia Evangélica y centrar su fe en la justicia divina, única que puede sanar un poco las heridas.

La madre del joven asesinado dirá: “Si hubiese sido mi hijo que mata al carabinero, la cosa sería distinta”. No es casual que en plena época de la prometida llegada de Chile al desarrollo, ambas películas muestren los sectores vulnerables de la sociedad. No la extrema pobreza, sino esa desprotegida clase media que, según se dice, conforma el 80% de la población de nuestro país.

En estos momentos la Justicia chilena está siendo cuestionada por la notoriedad de los beneficios en casos como Martín Larraín, el cura O’Ralley, Caradima, Johnny Herrera, entre otros. Las redes sociales han permitido que la sociedad esté ahora más atenta e identique estos fallos, pero la historia no es nada nueva. Basta con recordar el Caso Spiniak, donde los 100 videos entregados a la justicia nunca volvieron a aparecer y sólo un puñado de personas, con Claudio Spiniak a la cabeza como chivo expiatorio de la elite, pagó algún tipo de pena.

En ambas cintas, la sensación final es el fracaso, el desamparo de una vida carente de dignidad que paga las consecuencias de su sentido de justicia. No hay utopías, el futuro se ha extraviado y en ello las películas no son concesivas, por el contrario, con cierta brutalidad nos exponen al final al sabor del fracaso, la soledad, la injusticia, el desamparo y la impotencia.