viajesHace más de cien años, el escritor Luis Orrego Luco comentaba que ya había chilenos que visitaban la capital francesa y volvían con el disgusto de darse cuenta de que “la Venus de Milo no tenía brazos” o que pensaban que para ir a París era necesario ir sin mujer porque llevarla era similar a ir a un cena con un sandwich en el bolsillo. Se refería a la plutocracia emergente, los nuevos ricos de aquella época, es decir, los que habían sido favorecidos por el encanto de la fortuna sin la fortuna de disfrutarla con encanto. Como contrapunto, durante esos mismos años, cruzaba mapas y fronteras uno de los viajeros más notables de nuestra literatura, Augusto D’Halmar, al que sus coetáneos llamaron “El hermano errante”. Veintisiete años estuvo rodando tierras y amasando letras que recogen la embrujada emoción de la otredad, el paisaje extraño y el acento indescifrable de razas pretéritas, el estupor de la piel aceitunada de un joven egipcio que esgrimía un látigo contra la silueta crepuscular de La Esfinge, las pestes de oriente que lo sumieron en una penosa enfermedad en Calcuta, las tormentas de arena del desierto norteño del Perú, el color que adquieren las viejas catedrales europeas cuando alternan su pétrea dignidad entre el sol vertical del mediodía y la apacible nocturnidad lunar.

Viajeros como D’Halmar me hacen pensar que uno debe hacerse merecedor de sus viajes. No vale más el acopio de miles de fotografías junto a cada una de las siete maravillas de Oriente y Occidente que una sola tarde sentado simplemente en alguna plaza distante para percibir que, allí, uno es simplemente “otro”, un desconocido, un extranjero; que nada de la historia de ese pueblo habrá de cambiar porque uno esté allí; que lo que importa, en definitiva, es si, después de ese recorrido, uno se ha predispuesto a recibir el estigma de los viajes, es decir, la transformación personal auténtica. El turista es parlanchín, dicharachero, y quiere intervenir en todo. No vuelve contento si no se ha disfrazado en el carnaval de New Orleans, si no se ha metido en medio de una danza griega o si no ha subido hasta la última punta de la torre Eiffel. No se cansa hasta obtener la marca que diga que estuvo allí, y si es necesario la escribe clandestinamente, de su puño y letra, profanando las paredes sagradas de algún templo incaico. El turista es depredador; piensa que el vaivén incansable de su tarjeta de crédito justifica los miles de desechos que abandona como señal de sus marcas territoriales. Y, cuando regresa, lo hace para cansar de anécdotas a sus amigos y familiares, como si fuera una hazaña memorable haber meado en el obelisco central de la Plaza San Pedro. Todo eso hace; pero no cambia. Su viaje le ha servido solamente para comprar y comparar, y seguir pensando que no hay nada mejor que su chilito con cordillera nevada, que La Piojera con su terremoto y que el pisco chileno, que es el auténtico, por lo demás.

A veces he envidiado a aquellos viajeros que pudieron deshacerse de lo suyo para encarnarse verdaderamente en el misterio que contenían las culturas, los pueblos, los hombres y mujeres que encontraron en su camino. Quizás me ha faltado el dinero, el tiempo o la coyuntura vivencial que lo permitiera. Sin embargo, vicariamente han acudido a mí, con sus peripecias, los grandes viajes de la literatura y el cine, partiendo por la epopeya de Gilgamesh que buscó la flor de la inmortalidad y, habiéndola encontrado, debió sufrir que, tras un descuido suyo, una serpiente la consumiera, quedando para ella (que representa el mal y la tragedia) el don de la vida interminable y, para el hombre, su destino trágico de errancias marcado por el tiempo y por la muerte. En segundo lugar, está Ulises, “ese varón ilustre de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el Ponto, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria. Mas, ni aun así pudo librarlos, como deseaba, y todos perecieron por sus propias locuras…” (La Odisea, l, 1-8). Ulises el que, al decir de Cavafis, encontró que su Itaca no era, ni de lejos, la idealizada ciudad que recordaba en sus delirios marítimos, pero que, en definitiva, le había proporcionado “el largo viaje”, es decir, la sabiduría de haber triunfado sobre lestrigones y cantos de sirena. Ulises, el que, en el desposeimiento que da el estar lejos de la propia tierra, tuvo la sabiduría de responder al Cíclope, que su nombre era “Nadie”. En tercer lugar, está el viaje quijotesco que El caballero de la locura emprendió para luchar contra la injusticia y rescatar al menos una victoria que lo hiciera digno de la simpar Dulcinea del Toboso. Al final, derrotado, así como lo vio León Felipe, volvió hacia su “manchega llanura” a rendir el tributo que siempre cobran los caballeros de la razón.

Es interesante, en este sentido, darse la oportunidad de ver, meditar y disfrutar de la película La mirada de Ulises. En aquel extenso film, hecho para cinéfilos avezados, un moderno viajero griego, un cineasta, recorre, en medio de tragedia de los Balcanes de los años ’90, toda aquella península desmembrada, síntoma de la crisis de la Modernidad que tantos monstruos generó. Su objetivo era encontrar tres rollos que constituían la primera grabación visual de los hermanos Manaki, fundadores del cine griego. Buscaba la primera mirada, la más antigua, la que registraba ciertas hilanderas que recordaban a la literaria Penélope. No encontró los rollos, pero sí pudo restituir para sí el contorno de una propia mirada, la de la historia dolorosa de unos pueblos segregados por la imposición ideológica que los hizo extraños y temibles los unos contra los otros.

Quizás eso sea viajar de verdad, es decir, ir al encuentro de la primera mirada, la que se pierde entre las tantas distracciones de lo propio, volver a la originalidad inocente de quien descubre lo que existe como un niño, como alguien cuyo nombre verdadero, en la inmensidad de la realidad extraña es simplemente “Nadie”.