portadaLa presente novela histórica cuenta la historia de tres religiosas estadounidenses recién salidas del noviciado a fines de los años 60. Llenas de idealismo y buena voluntad, llegan a la población La Bandera como misioneras para llevar la palabra de Dios al pueblo chileno, donde se encuentran con la cruda realidad de la pobreza, las protestas, amores y muertes y buscan hacer carne una iglesia liberadora.

Mientras Meg, junto a su compañera Molly, se encuentra entre los pobladores de La Bandera se enamora de un sacerdote, quien más tarde es asesinado. En el proceso, ella aprende sobre el sexo y la pérdida, el amor y el deseo. Más tarde sigue su camino a El Salvador donde se encuentra con su amiga Theo, quien ha trabajado allí por un largo tiempo y ella da la bienvenida a un nuevo reto. Las tres son un ejemplo de las muchas mujeres religiosas que vivían en circunstancias humildes y bajo amenazas de muerte, todo en nombre de la solidaridad.

La vida en El Salvador fue incierta en los años que precedieron a la violación y al posterior asesinato en 1980 de las misioneras estadounidenses. Los campesinos fueron muertos, sus aldeas saqueadas, sus niños mutilados, sus mujeres violadas. Las misioneras les acompañaron alimentadas por la reflexión bíblica y una re lectura de su voto de castidad que las abrió a un sentido más amplio del amor para servir a los más pobres.

Este libro nos transmite heroísmo, deseo de trascendencia y un sentido de comunidad que supera el individualismo contemporáneo, valores que las protagonistas viven en el seno de la Teología de la Liberación, pero que también pueden vivirse a la luz de otras espiritualidades.

Judith - Autora de Flores de Sangre

Mary Judith Ress – Autora de Flores de Sangre

El texto muestra a las misioneras como mujeres religiosas terrenales, cercanas a los pobladores, capaces de padecer, conmoverse, y de compartir, en carne viva, el sufrimiento del prójimo. Viven el amor, se confunden, y a pesar de todo, no dejan sus creencias religiosas y valóricas.

 

 

A continuación, la carta que enviara la destacada antropóloga Sonia Montencino a la autora

Querida Judith:

He terminado la lectura de tus “Flores de Sangre” esta mañana de domingo chillaneja y como no podré estar en la presentación te mando esta carta a modo de comentario. Sin duda, el género novela-testimonial que creo leer en tu libro es uno que abre y despliega esa juntura, ese nudo indisoluble entre subjetividad humana e historia, en este caso de subjetividad femenina y devenir en un espacio determinado por varios cruces. Tal vez eso sea lo que hace de tu texto un mundo (un imaginario) que no se quiere abandonar (la lectura te atrapa). Cuando hablo de cruces quiero decir que está tejido en base a vidas culturalmente situadas, como el de las personajes Monjas de la Caridad que provienen del universo anglosajón; los curas y seminaristas chilenos, salvadoreños, hondureños y sus contextos latinoamericanos, todos ellos y ellas atrapados-confabulados en la trama de una historia de sangres vertidas, de utopías sociales y de hilados personales donde la experiencia de habitar un género es crucial.

La protagonista, la monja Meg, un personaje entrañable, es la cristalización de estas intersecciones que proponen nuevas miradas hacia ese movimiento potente que fue (¿es?) la Teología de la Liberación. El núcleo que eliges para el desarrollo de los personajes es justamente ese escenario violento que puso al descubierto lo peor de nuestras sociedades, de sus desigualdades y sus correlatos antiguos de colonización y dominaciones de diversa índole. En medio de ello, se abre un nuevo camino para la iglesia y la religión católica, el desafío de deconstruir la evangelización y su vieja solidaridad con las élites. Por eso Meg está en Chile, en La Bandera, en una opción que la aleja de la cómoda vida que podría haber tenido como una simple monja norteamericana. Es precisamente esa perspectiva, esa interrogación que ella representa – una pregunta sobre el curso tradicional de la existencia monjil- la que hace de tu novela una nueva “vuelta de tuerca” a la Teología de la Liberación. Y lo hace desde la voz y el cuerpo femenino, atravesados por conflictos, búsquedas, dolores y pasiones.

Tu texto está estructurado en viajes, en los traslados de los cuerpos generizados, que sirven para reunir los filamentos de la trama de la novela, y esos periplos en sí mismos van dando cuenta de varios otros desplazamientos que se conjuran en algo tan contemporáneo y viejo como el nomadismo (en una doble metáfora de movimiento y mudanza de los cuerpos). Desde el viaje de Meg de Chile a El Salvador escapando de la dictadura y de la muerte del cura Alfredo, pasando por los caminos transitados por la guerrilla , hasta el viaje con el cuerpo difunto de Theo (el amor definitivo de Meg) a Estados Unidos; el regreso a Chile y el viaje sin retorno de Meg, podemos adentrarnos en la experiencia de una (y varias) monjas fuera del convento, desenclaustradas y por lo tanto asediadas y porosamente imbricadas en y por el espacio público y la política. Todo es tránsito en esta novela: de los personajes, de sus anhelos, de sus deseos, de la historia, de la vida.

Es entonces este nuevo modo de habitar el mundo por parte de “mujeres consagradas”, con voto de celibato, y con la convicción de la necesidad de transformar ese mundo, la que se va desmadejando en tu novela. Por eso, pienso que con ella has “corrido el cerco” de las concepciones que en un tiempo se consideraron rupturistas con la iglesia “oficial” y que nuevamente –porque eso ya lo hiciste con el ecofeminismo- descalzas los modelos y te acercas a lo que algunas nuevas teólogas preconizan: “…una teología indecente habría de surgir asimismo de relatos de transgresión sexual o de “exposición”; la experiencia de hallar la identidad sexual propia en la comunidad…”( Marcella Althaus-Reid, La Teología indecente, 2005:37).

Quizás uno de los tabués más poderosos ha sido para las mujeres no solo hablar de sus deseos, sino dejarlos fluir, y en tu novela se muestran de manera prístina los laberintos que hay que transitar para lograr una coherencia entre lo que se piensa y lo que se siente. Si consideramos en que es una monja el sujeto de un discurso de liberación sexual, una mujer moldeada dentro de preceptos religiosos rígidos y culposos (claro que el cristianismo es pálido reflejo de ello si lo comparamos con las lecturas fundamentalistas del islam), digo toda vez que sea una monja la que se “exponga” en los procesos de encontrar su identidad sexual, estamos frente a una gozosa transgresión que hace bien a todas las mujeres. ¡No sé cómo se recepcionará tu novela dentro de nuestro medio chileno pacato y convencional aunque pose de renovado y “moderno”¡ Pero, sí me atrevo a decir que en los sectores más abiertos y libres de las nuevas generaciones de mujeres será bien acogida¡

Lo notable de Flores de Sangre, Judith, está en la propuesta de circulación del deseo que las “tres mosqueteras” emblematizan, porque con el triángulo entre Meg, Theo y Molly te sales del “amor de pareja” y triplicas, cuadriplicas, las profundas emociones humanas en donde lo femenino y lo masculino desaparecen para formar parte de un fluido que se bifurca, que se aglutina y expande dentro del cuerpo personal para encontrar sus pulsiones en la comunidad. Tía Kay, por cierto forma parte de esa cadena de libertades que van rompiendo las prohibiciones y los pactos que el poder construye para normar las vidas a su manera.

En este sentido, leo tu libro como una novela-testimonio profundamente feminista, hondamente humana y por ello en el camino de disolver las categorías que permiten que las diferencias se tornen desigualdades. Por eso es una apuesta optimista donde también escucho los rumores de esa “teología indecente” que lleva a Meg a escribir a su Theo ya muerta: “La expectativa que todas las cosas volverán a renacer –el pasto, las plantas, los árboles, el gato cálico, Cristo, tú y yo. Sí, puedo oler la resurrección en el viento cuando sopla a través de mi ventana abierta… ¿Quiénes fuimos alguna vez tú y yo? ¿Fui un pedazo de la luna o una estrella de mar flotando en las olas? De seguro somos almas antiguas, querida. Vidas de amor y tragedia han sido la molienda de nuestros molinos y nos han hecho fuertes…Brindo por otra vuelta de la ronda, mi amada”

Tu libro se traduce y publica en un momento de cambios y conflicto en la sociedad chilena, muy lejano de aquellos tiempos que Meg –y tú misma- conocieron, y que bordaban una utopía que tenía como fin construir un nuevo “reino”, allí cabía la mística heroica de fundirse en el cuerpo de eso que se conceptualizaba como “pueblo pobre”. Hoy día la razón se ha puesto cínica y todo se torna cálculos, hasta la propia pobreza no es más que una estadística en los discursos políticos y la violencia en América Latina no viene solamente del Estado sino de variados grupos que quieren controlar espacios y dineros. Sin embargo, yo estoy segura que esa idea de que se volverá a renacer en la que tu Meg creía, nos ayuda a recuperar los sentires perdidos, a releerlos como haces tú con esta novela y a proponer nuevas formas de abrirse con gozo a la vida, pero sobre todo a que nos atrevamos a relatar una vida con sentido, como decía Ana Arendt que era la biografía, y la de tus personajes, así como la de todos y todas aquellas que evocan la tuvieron: sus ecos están en Flores de Sangre.

No puedo sino celebrar y agradecer tu libro, tal como lo harían las monjas de la fotografía “Día Libre” de M.Cuevas ¿No sé si la conoces? Te la mandaré adjunta al mail, sé que te hará sonreir.

Recibe mis cariños, Sonia