Joan de AlcazarEl día 26 de diciembre se celebró el último Consejo de Ministros del año 2014. Mariano Rajoy compareció ante los medios de comunicación tras su finalización. Su discurso fue el esperado: un optimismo impermeable a la realidad de la calle, un abuso de la estadística cocinada en materia económica y las evasivas habituales ante las preguntas más comprometidas de los periodistas. Unas horas antes, el 24 por la noche, el rey Felipe VI había aparecido en la televisión pública para dirigirse a los españoles, como es tradicional en Nochebuena. Tres ejes tuvo su intervención: la crisis, la corrupción y la situación catalana. Como se sabe, el rey habla con el visto bueno del Ejecutivo, ya que reina pero no gobierna. Por lo tanto, su discurso fue parecido al posterior de Rajoy, quizá con algo más de afecto; un sentimiento que el presidente es incapaz de transmitir.

Tras la aparición de Rajoy en la rueda de prensa, el mismo día 26, Pedro Sánchez, secretario general del Partido Socialista, compareció igualmente: tocó los mismos tres bloques que el Rey y el Presidente, reprochó con energía el infundado optimismo de éste, le exigió que no hablara de la recuperación económica en vano y aseguró que, en ningún caso, habrá en España un gobierno de coalición PP-PSOE tras las próximas elecciones. Una idea recurrente en el mundillo político durante los últimos meses que, por su parte, Rajoy había vuelto a dejar caer en su intervención ante la prensa. Para Cataluña propuso una reforma constitucional en clave federalista.

El día 27, en la página oficial en Facebook del novísimo partido político Podemos se podía leer lo siguiente: “El bipartidismo se hunde y ningún pacto entre los partidos de la casta podrá sacarlo a flote de nuevo. Inestabilidad es aplicar políticas de austeridad que empobrecen a la mayoría de la población, mientras que una minoría se enriquece a costa de todos. Las viejas recetas políticas ya no funcionan, por primera vez en décadas se abre la oportunidad de recuperar el país por y para la gente”.

Contrariamente a lo que sucede con lo dicho por Rajoy o por Sánchez, que exponen argumentos de los que es fácil desconfiar, lo escrito en el muro de Podemos lo podrían firmar millones de españoles. Resulta que en este momento político el problema de los dos grandes partidos [la Casta] es la credibilidad. Solo los militantes partidarios fuertemente adscritos por intereses diversos y los votantes que tienen una fe ideológica a prueba de bomba son capaces de concederles la confianza que han perdido a raudales, a chorros, especialmente desde que comenzaron a sentirse los primeros efectos de la crisis, hace ya siete años. El PSOE primero la negó, luego la aceptó a regañadientes y finalmente pactó con el PP la reforma constitucional exprés y las primeras medidas duras que le exigieron desde Berlín y Bruselas. No sabemos si la historia absolverá a Rodríguez Zapatero, pero es improbable.

Hoy por hoy, el recuerdo de lo ocurrido en mayo de 2010 es imborrable. Se trata de una fecha fatídica para el socialismo español. El Ejecutivo de Zapatero anunció recortes para funcionarios, pensionistas y muchos otros. El político socialista olvidó su programa y rompió su compromiso con los ciudadanos, pero no se planteó dimitir. Quizá si lo hubiera hecho las cosas hubieran sido muy distintas, pero no lo hizo. Siguió bailando al son que le marcaban desde la Troika [Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional], aparentemente insensible ante los estragos de las medidas de ajuste. La reforma exprés de la Constitución [del artículo 135, sobre estabilidad presupuestaria], sacrosanto documento convertido en algo así como las Tablas de Moisés para ambos partidos [al menos entonces, que el PSOE de hoy está en otra lógica], el que su modificación se pactara por teléfono en conversación entre Zapatero y Rajoy, fue el tiro de gracia al bipartidismo en España.

Actualmente, la corrupción se ha hecho insoportable para una ciudadanía golpeada por la crisis, con los fortísimos recortes en el gasto público y con el desempleo en cifras imposibles de aceptar, con miles jóvenes bien formados huyendo hacía la emigración a cualquier lugar del mundo en el que encuentren trabajo. Esa corrupción hay que ponerla en contacto con la dureza de la crisis, la que Rajoy dice que ya ha pasado. Contrariamente a lo que afirmó en la rueda de prensa, ha aumentado la pobreza, han bajado los ingresos familiares, hay menos población activa y menos población ocupada, el empleo que se crea es precario y mal pagado y, además, la tasa de protección social ha bajado.

Podría decirse que el escenario español está más que maduro para la aparición de una propuesta política típicamente neopopulista, entendida ésta como una respuesta a la crisis que deja por cubrir importantes demandas sociales. La política tradicional y la institucionalidad realmente existente se muestran incapaces de resolver los problemas de la mayoría de los ciudadanos, y el terreno de juego político pierde calidad democrática y gana informalidad cada vez más. Se trata de un escenario que podría favorecer, también, opciones de la ultraderecha xenófoba, como ha ocurrido en diversos países europeos.

Lo que buena parte de los ciudadanos perciben es que estamos en un escenario de final de ciclo… les resulta regocijante, estimulante y muy de agradecer a los muchachos de Podemos: han sembrado el pánico entre los partidos y los políticos tradicionales y la incertidumbre entre los grandes empresarios y los banqueros.

No son pocas las voces que acusan a Podemos de ser, precisamente, una propuesta populista[1]. Los vínculos políticos y profesionales que algunos de sus líderes han mantenido desde hace años con la Venezuela de Hugo Chávez y su explícito reconocimiento a la labor política de éste, abonan esa tesis. No obstante, el nuevo partido tiene solo meses de vida y no se le puede juzgar adecuadamente todavía. Desde el análisis académico lo que sabemos de la organización que lidera Pablo Iglesias encaja bastante bien con los perfiles reconocibles de lo que se conoce como una organización populista: un liderazgo carismático claro, una formación policlasista y heterogénea, un confesado interés por la movilización en las calles, una ideología ecléctica, que exalta a los sectores medios y bajos [generalmente los de Podemos no hablan del Pueblo, sino de la Gente, antítesis de la Casta] y que es explícitamente antielitista y/o antiestablishment, y, finalmente, un proyecto económico redistributivo en beneficio de los sectores más desfavorecidos [que se sustancia en la propuesta de una Renta Básica].

Se puede discutir si Podemos es o no es así. Pero lo cierto es que eso, ese debate, a la inmensa mayoría de los ciudadanos en esta fase en la que vivimos les importa entre cero y nada. Si sus líderes son más o menos amigos del Bolivarianismo o si recibieron en su día dinero de Hugo Chávez a cambio de asesoría política, no le importa a [casi] nadie. Es más: cuanto más les atacan por ese lado los que tienen poca o nula credibilidad [los políticos de la Casta y los medios afines], cuanto más los denigran y los acusan de ser esto y lo otro, más sube Podemos en las encuestas[2].

Lo que buena parte de los ciudadanos perciben es que estamos en un escenario de final de ciclo. Además, esa misma ciudadanía observa con claridad otra cosa que a muchos les resulta regocijante, estimulante y muy de agradecer a los muchachos de Podemos: han sembrado el pánico entre los partidos y los políticos tradicionales y la incertidumbre entre los grandes empresarios y los banqueros. Aquél que era el plácido estanque político español, tranquilo como un cementerio, registra en estos momentos olas de más de veinte metros y el viento sopla huracanado.

Los partidos minoritarios de la izquierda, estatales o regionales y, particularmente, los independentistas vascos y catalanes, por su parte, se llevan las manos a la cabeza. En el País Vasco, por ejemplo, el Euskobarómetro acaba de situar a Podemos como la segunda fuerza, a escasa distancia del tradicional Partido Nacionalista y por delante de los independentistas de Bildu. Y eso con el PSE-PSOE hundido y con el PP todavía más. En Cataluña, tras el desembarco reciente de Pablo Iglesias, las encuestas sitúan a Podem [la filial autóctona] con una expectativa de voto que le disputa la primacía a la mismísima Convergència i Unió [los nacionalistas tradicionalmente moderados, hoy pasados al independentismo], por delante de Esquerra Republicana de Catalunya, los soberanistas tradicionales que sencillamente no saben qué está pasando. Los socialistas catalanes y el PP regional aparecen igualmente hundidos. La palabra terremoto se queda corta para describir lo que estos resultados podrían significar en caso de manterializarse.

Si los partidos vascos, especialmente los abertzales, se han apresurado a negar la validez de este Euskobarómetro [nótese el singular], los catalanistas soberanistas han tildado a Pablo Iglesias de Caballo de Troya del Estado y de lerrouxista. Un insulto político contundente, en alusión a un político republicano [Alejando Lerroux] del primer tercio del siglo pasado, que combinaba radicalismo verbal, buena oratoria, demagogia a raudales, corrupción y españolismo inequívoco.

¿Qué está pasando pues, tras la aparición de Podemos? Apuntaremos dos hipótesis que quieren ser explicativas y que habrá que validar más adelante, fundamentalmente cuando el discurso de Podemos haya de plasmarse en programas electorales [las elecciones municipales y autonómicas serán en mayo de 2015], cuando haya que poner nombre y cara a los candidatos, y cuando los ciudadanos decidan qué papeleta meten finalmente en la urna.

Primera hipótesis. Es tal el repudio, el hastío y la rabia acumulada contra los partidos mayoritarios [a los que desde Podemos despectiva e injustamente, por la generalización, denominan la Casta], que son legión aquellos que quieren darle un buen puñetazo al sistema que representan, esclerotizado, insensible e incapaz, además de corrupto. La bondad cívica de Podemos, hoy por hoy, es que ha puesto al sistema existente patas arriba; le ha dado una patada al tablero y nada volverá a ser como antes de su irrupción en el escenario. Hoy por hoy, Podemos es muchas cosas. Nos atreveríamos a decir que es para cada posible votante lo que cada uno de ellos quisiera que fuera. Se le puede ver como un partido regenerador, limpiador, vengador justiciero, renovador de la élite política o agente de un cambio en profundidad de las reglas del juego, una especie de partera de una nueva época. Podemos es para mucha gente la ilusión política de que la realidad actual es reversible. Podemos ha hecho creer a muchos que es posible gobernar de otra forma, sin olvidarse de la gente y contando con ella, sin despreciarla, sintiendo lo que esa gente siente y, especialmente, lo que esa gente sufre. Y que además, esa nueva forma de gobernar se puede hacer sin robar, sin corromper a los representantes políticos. En el futuro esta hipótesis se validará o no, pero esos encuestados que apuestan por Podemos parecen creerlo.

Segunda hipótesis. Digan lo que digan los nacionalistas periféricos, y sin quitarle ni un gramo a la carga de nacionalismo banal [el cotidiano, a la forma de Michel Billig] españolista que Podemos contiene, quizá no han entendido que una parte no menor de sus actuales apoyos no lo son tanto en su sentido estrictamente independentista, sino que son expresión del repudio a la nefasta política impuesta desde Madrid. Podemos, por boca de su líder, decía hace unos días en Barcelona, en un mitin en el que había tanta gente fuera como dentro de la gran instalación que lo cobijaba, que él no quiere que Cataluña se vaya de España, que entiende que Cataluña y los catalanes han sido ofendidos y maltratados por los gobiernos de la Casta, que el sistema del 78 [en alusión a la Constitución] está obsoleto, y ?además, importantísimo? que sí, que la gente tiene derecho a decidir si Cataluña debe ser o no un Estado independiente, pero que también tiene que decidir qué tipo de política social exige, qué papel ha de jugar el Estado en su vida. Creer que todo el apoyo a las impresionantes movilizaciones impulsadas por los soberanistas era independentismo neto parece haber sido un importante error de cálculo. Los partidarios de un divorcio –que sería muy traumático para todos? puede que sean bastantes menos que los partidarios de compatibilizar los derechos y singularidades indiscutibles de la nación catalana dentro de un Estado plurinacional. Quizá una reforma constitucional que establezca un marco federal efectivo fuera la alternativa que llegara a contar con más apoyos en Cataluña y, también, en el País Vasco.

El futuro político de España en general y el de la nueva formación política en particular, claro, está por escribir. Lo que sí se puede afirmar es que los próximos meses van a ser intensos. Muy intensos. Una época ha finalizado y otra está iniciando su andadura.

 

NOTAS:

[1] Sobre este tema, véase nuestro texto: http://elcronistaperiferico.blogspot.com.es/2014/10/pueblos-y-populismos.html.

[2] Sobre este asunto, véase nuestro texto: http://eldesconcierto.cl/podemos-y-los-efectos-de-la-revolucion-rusa/