S-Martinez-fotoFrente a los hechos acaecidos en París hace algunos días hemos sido testigos de la univocidad de las opiniones vertidas en la gran mayoría de los medios de comunicación occidentales. Dicha concordancia masiva no sólo se refiere a la condena (obvia, por lo demás) de la muerte de cierta cantidad de personas a manos de un par de sujetos armados, sino que se hizo inmediatamente extensiva a la defensa de los valores propios del mundo civilizado: libertad, igualdad y fraternidad, palabras que hábilmente fueron cristalizados en un cuarto concepto, frente al cual nadie osa decir una palabra en contra temiendo transformarse en el enemigo del buen vivir, a saber: la democracia.

Hemos tenido el placer de ver el desfile de figuras con carteles, pancartas, camisetas, recordándonos lo importante de la libertad de expresión, la libertad de prensa, el valor de la tolerancia. De ver a líderes caminado por las calles de la Ciudad Luz tomados de las manos, secundados por una multitudinaria columna de manifestantes, en protesta (¿es posible el uso de esta palabra para esta imagen?) contra el terrorismo islámico y su afán de dominar el mundo. De pronto, incluso, fue posible pensar que el conflicto entre Israel y Palestina, todos los muertos de Gaza, los años de ocupación, todas las bombas lanzadas contra escuelas, se diluiría en un mar de amor al ver caminar a Netanjahu (¿marchando contra la muerte?) y Abbas a pocos metros de distancia, ambos escoltando a Hollande. Imágenes que a primera vista enternecen, que hacen sentir al observador parte de una gran comunidad cuya seguridad y existencia deben ser defendidas a como dé lugar, partícipe de una cultura común erigida sobre los supuestos valores que fundamentan la existencia de nuestras naciones. En una palabra: se nos mostraron imágenes para llorar abrazados en una mezcla de tristeza y esperanza.

Por otro lado, pero en el mismo sentido, escudriñando un poco se podían encontrar escritos y declaraciones de destacados intelectuales pronunciando grandilocuentes palabras respecto a lo terrible de la amenaza del Estado Islámico, del peligro que corría occidente de verse amenazado por lo que algunos llegaron a denominar el nuevo nazismo. Más o menos, con matices, diciendo lo mismo que las marchas multitudinarias, pero al modo del intelectual: uno que otro concepto técnico por aquí y por allá, una referencia a algún hito ad-hoc (Revolución Francesa, Mayo del ’68, por ejemplo) y, para completar, alguna sentencia confusa pretendiendo sonar rotunda.

“Sería justo, …comenzar desde ya a hacerse cargo –es decir pensar– de lo que viene luego de las exequias. Muertos los dibujantes, muertos los asesinos: ¿qué queda?”

Sin embargo, no todo fue vehemencia en defensa de la libertad. Entre el tráfago de textos y palabras, la mayoría quizás poco meditadas dado el apuro por pronunciarse al respecto, aparecieron algunas voces que no comulgaban con la hegemonía de la opinión generalizada respecto a la interpretación de los hechos (no respecto a las muertes, es menester aclarar). Es probable que la más clara (posiblemente por ser de las primeras) fuese la de José Antonio Gutiérrez D.[1], quien en una columna breve y contundente, llamaba la atención respecto a la profunda contradicción de los Estados civilizados/civilizadores (entiéndase potencias europeas y Estados Unidos) quienes se horrorizaban frente a las matanzas intramuros, por usar una nomenclatura urbana medieval no tan lejos de la realidad actual, sin acusar la mínima culpa (o vergüenza) respecto a las muertes (¿matanzas?) perpetradas en su nombre (el caso más cercano para Francia: el problema argelino). Palabras de Gutiérrez D. que hacen pensar en Fanon y en el famoso prólogo de Sartre a su libro Los condenados de la tierra.

Ahora bien, sería justo, a mi parecer, ir un poco más allá y comenzar desde ya a hacerse cargo –es decir pensar– de lo que viene luego de las exequias. Muertos los dibujantes, muertos los asesinos: ¿qué queda? Quedan las fotografías de un París inundado por personas marchando tras los futuros culpables, quedan los escritos y las palabras que enarbolan las lindas vacuidades de siempre, quedan los editoriales de los diarios, de las radios y de la implacable televisión, queda el impostado sentimiento de que somos parte de algo que “debemos defender”, y se desempolvan, por un momento, la libertad de expresión y la tolerancia.

Pero eso no permanece por mucho tiempo, el mundo no tarda en volver a su pulsación regular: ni el metro es una amenaza ni el estruendo del motor de una moto hace que la gente se parapete tras un muro ni los periódicos, sean cuales sean, dejarán de publicar. Y, con todo, hay algo que sin duda perdurará por mucho tiempo: las leyes emanadas de siniestros consejos de seguridad extraordinarios citados por las superpotencias, las invasiones inventadas para la ocasión, los estigmas sobre algunos pueblos y los individuos que lo componen, el cierre de fronteras, la militarización de los Estados, otros asesinatos mucho peores. A esas alturas ya dará igual quién mató a quién, quién se burló de quién, quién dijo o dibujó qué. Todas esas muertes de las que se nos habla incesantemente hoy, entonces, habrán sido en vano, porque siempre lo fueron.

Es precisamente cuando se dan esta clase de explícitos acuerdos masivos, donde poderosos y marginados coinciden absolutamente, cuando se debe sospechar y tomar distancia. Donde no cabe sino una y única (por masivamente aceptada e impuesta) interpretación y valoración de un suceso, es cuando se debe intentar ver el revés de la trama, descubrir otros caminos, abrir un forado en la rígida malla de imágenes, sonidos, discursos, todos monótonos. De no ser así, nos arriesgamos a ser los seguros, pero secretos, aliados y cómplices de las nuevas formas del mal que se fraguas para los años que vienen, siempre en nombre de la defensa de esta dudosa democracia anclada a las reglas de un “capitalismo parlamentario”.

Sería necesario, antes de decir si somos buenos o malos, que todos, aún más quienes escribieron, imprimieron o gritaron Je suis Charlie, I am Charlie, Yo soy Charlie, Ich bin Charlie, Eu sou Charlie, Io sono Charlie, etcétera, nos diésemos el tiempo de pensar en esto.

NOTA

[1] Acá el link de la columna de Domínguez http://www.rebelion.org/noticia.php?id=194136