chile_boliviaLa relación poco amistosa entre Chile y Bolivia data de mediados del siglo XIX, cuando ambas naciones ya independizadas de la Corona española comenzaron a realizar actividades comerciales. Con la instalación de la Compañía Salitrera boliviana, el capital británico-chileno decide hacer su inversión en territorio boliviano, pero eso cambió cuando en 1873 el Congreso boliviano aprobó una ley que impone un impuesto de 10 centavos por quintal de salitre exportado. Medida que molestará enormemente a la burguesía poseedora de capital británico-chileno, iniciándose así una seguidilla de conflictos diplomáticos y militares, de los cuales todos conocemos y siguen haciendo repercusión hasta el día de hoy con la demanda marítima de Bolivia a nuestro país ante la Corte Internacional de La Haya.

Opiniones y fundamentaciones a partir de puntos de vista de carácter jurídico y económico están en la palestra al momento de abordar la disputa entre ambos países en temas de soberanía, cuestión que hoy resulta tan delicada para ambas naciones. Pero, hay un agente que se queda afuera de esta discusión, ignorado por muchos pero interesante desde el punto de vista de la psicología social, este es el de la cultura de los pueblos, pero para ser más precisos, nos referiremos puntualmente al concepto de la identidad nacional como elemento diferenciador y por el cual se toman posiciones y actitudes duramente estructuradas frente al conflicto marítimo.

La identidad nacional y el aprecio por lo propio en desmedro de lo ajeno genera opiniones tendenciosas y subjetivizadas en la población producto a elementos que desarticulan la razón.

Es importante señalar que la identidad nacional y el aprecio por lo propio en desmedro de lo ajeno genera opiniones tendenciosas y subjetivizadas en la población producto a elementos que desarticulan la razón, dando mayor énfasis al plano afectivo, imposibilitando así la posibilidad de llegar a un acuerdo consensuado entre los sujetos de derecho internacional público. Esto entendiendo que no puede existir un valor sin una desvalorización, por lo que la identidad nacional significa un rechazo a lo extranjero, o al menos en tiempos actuales, una predisposición a la defensiva ante lo no propio. Pero ¿qué es la identidad nacional? El fallecido político italiano y estudioso de Gramsci, Luciano Gruppi la señala como el “producto de un patrón cultural, tradicional e histórico que se desarrolla en determinado territorio. Es aquí donde se da la primera alerta, afirmando que las clases sociales, dominadas o subordinadas participan de una concepción del mundo que les es impuesta por las clases dominantes. Y la ideología de las clases dominantes corresponde a su función histórica y no a los intereses y a la función histórica –todavía inconsciente- de las clases dominadas”. Por ello, es posible inferir que el resultado de la identidad nacional es producto al desarrollo del proceso cultural histórico impuesto por la clase dirigente burguesa en nuestro país, puesto que, en luchas por la independencia de la Corona Española quienes se alzaron contra esta eran criollos pertenecientes a la aristocracia, y en virtud de lo anterior se puede inferir que todo este proceso cultural impuesto por la burguesía es en afán de sus intereses propios, moldeando actitudes de los miembros de la clase subordinada para alcanzar sus fines determinados.

En base al párrafo anterior, y junto al correlato que nace a partir de las encuestas de opinión pública donde los chilenos se encuentran en gran medida contrarios a ceder ante una eventual salida soberana al mar del pueblo boliviano, nace una nueva incógnita, y esta tiene relación con el rol que tiene la opinión pública dentro de la sociedad. No se debe olvidar que toda percepción del mundo obedece a un elemento cultural que está detrás, y bajo esta lógica Jürgen Habermas menciona que “la cultura es un poderoso inmovilizador de la capacidad reinventiva de los pueblos y sus valores son la manera en que todo orden burgués se perpetúa más allá de los lamentos de elementos más ortodoxos de distintas tendencias económicas capitalistas”. Ergo, no existe una autonomía cultural de la opinión pública entendida como un todo y, por lo tanto, pierde su validez ya que obedece a elementos culturales perpetuados por la clase dirigente para instalar su hegemonía, que es concebida pues no sólo como dirección política, sino moral, intelectual e ideológica. Si bien existen proyectos contra-hegemónicos alzados contra la clase dominante, en este caso este es reducido ante los padrones culturales que posee la gran masa que actúa en gran medida inconscientemente al servicio de los intereses de la burguesía chilena y que actúan, como es visible en este caso, ante coyunturas específicas, todo esto impulsado desde una visión pospolítica la cual consiste en el vaciamiento de la política propiamente tal, sustituyéndola por criterios pseudocientíficos y tecnocráticos que toman decisiones bajo supuestos y dudosos criterios objetivos, apuntando hacia la autonomía de lo económico ante los demás elementos que conforman el universo político, reflejándose así en una visión axiológica entendida como lo político como malo y lo técnico como bueno.

Ya mencionaba Carlos Peña a comienzos del 2014 en una columna en el diario El Mercurio que “no cabe duda de que el fenómeno transforma en un anacronismo la reducción del sentimiento nacional y de la propia identidad a la defensa irrestricta del territorio y de los límites”. Per se, la identidad nacional se transforma en un fetiche, entendiendo esta como un elemento de culto supersticioso el cual es venerado por la clase subordinada impuesto por el desarrollo de un proceso, incluso siniestro, de encasillamiento de un grupo en desmedro de otro producto de las pretensiones de la burguesía que ejerce el control de las instituciones en un determinado territorio, en un determinado Estado como es el caso de Chile, y por qué no, en Bolivia también, y no bajo legítimas diferencias culturales entre ambos pueblos. Pero como resultado de este proceso siempre nos encontraremos con la odiosidad, el miedo, el rechazo, la xenofobia, y la ignorancia frente a un tema que, si bien se reconoce que tiene otros alcances como jurídicos y económicos, corresponde a un eje político cultural que es transversal a todas las demás áreas por el cual se le aborde. A causa de esto, es de menester iniciar una reflexión crítica de la temática desde esta arista político-cultural, con el fin así de desarrollar un proceso hegemónico autónomo impulsado por las clases subordinadas que no responda –más- a los intereses de la tradicional clase que ha estado en la cúspide tanto política como económica de nuestro país, con el fin así de conseguir la construcción y la consolidación de una identidad nacional que responda a la necesidad del todo y no a la de unos pocos, como lo es hoy esta identidad cercenada que se manifiesta en un chovinismo chilensis de la más baja alcurnia.