MarUna cuidada escenografía, a cura de Gonzalo Callejas; con económicos materiales y artilugios, por momento “vemos” el mar en escena: oleaje y honduras, tormentas y mareas. Intervenciones musicales (a capella y/o instrumentales) y sonoras (grabaciones interferidas, por ejemplo, de morenadas e himnos al litoral cautivo) a cargo de Lucas Achirico, frescas, a ratos explícitamente irónicas, modo de una crítica por momentos sin cuartel a todo lugar común o mueca petrificada de las historias, que no de la Historia: la obra explora nítidamente más de un “punto de vista”.

“Mar” no deja de estar en constante movimiento, fluye y refluye, y se da, literalmente, en su mínima trama, como un viaje. La alegoría (el mar-viaje) no deja de ser inesperada (en conversación con el público, tras la presentación, Gonzalo Callejas confidenciara que esta había sido un aporte del cordobés Arístides Vargas ,“director invitado”). Viaje, en este caso, desde un punto no precisado del altiplano y las costas del Pacífico. Para cumplir el ´último deseo materno, dos hermanos y una hermana (interpretada maravillosamente por la brasilera Alice Guimarães) se encaminan al mar a depositar los restos mortales de la madre (patria, si no fuera porque esta no deja de ser interpelada, discutida y a ratos filudamente parodiada, sin concesión ante cualquier patrioterismo o “patriocentrismo”, especialmente aquel de cuño militar).

“Mar” privilegia (dramatiza) el “trabajo del duelo”. El mar perdido, sino momentáneamente cautivo, la relación con una ausencia hiperpresente —tan deseada como temible— lo subrayan a cada paso, con humor y con gravedad, los actores en escena: suculento “trabajo”, duelo en camino, afirmativo, interminable, “obra abierta”.

Curiosamente la pregunta por la justicia (allende el derecho), es decir, sobre la relación entre trauma y duelo históricos, brilla por su ausencia. A menos que, precisamente por esa ausencia (ínsita en el trabajo del duelo), “Mar” no hablara (tácitamente) sino de ella: especie de dualidad andina asimétrica (el yanantin, del que nos hablan los antropólogos) entre duelo y justicia, entre pérdida e interpelación afirmativa.

Entre el desmontaje de la fijación traumática y la irreductible “politización” de la escena, el Teatro de los Andes, la compañía fundada por César Brie a comienzos de los ’90 a unos pasos de Sucre, viajera infatigable, se reinventa, se desplaza. Y a ratos nos desplaza — en nuestras más inveteradas fijezas.