Jaime HalesEs probable que Mariana Aylwin, como muchos otros hijos de demócratas cristianos de tradición o de la época de los fundadores, no haya sentido la libertad de elegir su camino militante y que su acercamiento a la Democracia Cristiana haya estado más marcado por cuestiones emocionales que intelectuales. Así pasaba con muchos. Los grandes líderes, por añadidura, nos despertaban emociones profundas, ya se trata de Eduardo Frei, Radomiro Tomic, Leighton, Palma o los que le seguían, tales como Irureta, Wilna Saavedra, Mimi Marinovic, Ruiz Esquide, Ricardo Valenzuela, Renán Fuentealba. Pero no bastaba eso para ser demócrata cristiano: era necesario compartir un cuerpo de ideas, una actitud ante la vida, una posición exigente desde el pensamiento, la fe, la emoción, el compromiso, la apreciación de una realidad. Ser militante no es una cuestión menor.

Pero algunos sentían que tenían espacios dirigenciales por derecho propio, aunque militar en la DC no es sólo asunto de estilos de vida o sensibilidades. No es cosa de “sentirse” demócrata cristiano. Mariana Aylwin ataca a los militantes, a la base anónima, con un principesco tono de desprecio, como si se tratara de personas tozudas que no creen en la libertad o piensan que son poseedores de toda la verdad.

Militar una decisión que nace de la convicción de que esas ideas, esa manera de mirar la vida, ese enfoque sobre la sociedad y ese proyecto orientado a transformar o conservar la sociedad, son la mejor forma de conducir a los humanos de un cierto territorio o país a una sociedad feliz. Esa convicción nos lleva a comprometernos, lo que no significa que todo lo hagamos bien o que nunca nos equivoquemos. A veces somos indisciplinados, no nos gustan los candidatos, perdemos o ganamos elecciones internas, estamos o no de acuerdo con las decisiones más importantes. Los militantes de base nos alzamos de modo rebelde, protestamos o a veces nos vamos indignados a la casa por un tiempo.

Ser militante es una tarea sacrificada, especialmente cuando no estamos en la esfera de los grandes cargos, de los beneficios, de los puestos importantes. Los que no tenemos ambiciones desatadas, los que no pechamos por ocupar espacios en las candidaturas, muchas veces nos sentimos hasta maltratados por los dirigentes que, cada vez más convertidos en “clase política”, se dan vueltas para acomodarse donde sienten que les corresponde.

Quienes sólo tienen la sensibilidad pero no adhieren a las ideas, las callan y las olvidan y se sienten con el derecho de ir reorientando las acciones del partido por el mero hecho de ser parte de los que han detentado el poder, de los grupos o de las máquinas que les permiten sostenerse.

Quienes sólo tienen la sensibilidad pero no adhieren a las ideas, las callan y las olvidan y se sienten con el derecho de ir reorientando las acciones del partido por el mero hecho de ser parte de los que han detentado el poder, de los grupos o de las máquinas que les permiten sostenerse. Entonces, un partido que nació como la Democracia Cristiana, más allá de las izquierdas y derechas, en una mirada distinta de las opciones, es llevado paulatinamente a definirse como centrista, lo que a unos les permite comportarse como centristas de derecha y a otros como centristas de izquierda. Un partido que nació para sustituir el régimen capitalista y enfrentar tanto la visión marxista como la neo liberal, es llevado por pragmáticos y sensibles dirigentes (algunos llegando al Partido más por amistad que por doctrina, nunca pasando por la militancia de base sino directo a ser cabeza) a asumir posiciones propias de la derecha neo liberal y a buscar alianzas con quienes sustentan el esquema social y económico impuesto por la derecha al amparo del proteccionismo militar.

Hoy, tanto Mariana Aylwin, como otros dirigentes del partido, algunos de los cuales han renunciado a la militancia, se declaran partidarios del orden vigente y se resisten a recuperar las bases fundamentales del pensamiento demócrata cristiano. Esas ideas matrices nos llevan a sostener la necesidad de grandes alianzas para la transformación de la sociedad hacia la fraternidad, la solidaridad, la justicia y, por cierto, la libertad.

Cuando los dirigentes sienten que su derecho emana de su clase, de su riqueza, de sus poderes personales, despreciarán y tratarán de instrumentalizar a los militantes. Eso es lo que hay que evitar en esta hora de la Democracia Cristiana.