Joan de AlcazarLa inmensa mayoría de quienes han escrito algo sobre los atentados de París lo ha hecho para condenarlos sin paliativos. Una minoría no despreciable, sin embargo, ha abominado de tal acto violento, pero no se ha abstenido de apostillar que, bueno, al fin y al cabo han sido unas pocas víctimas pero que: a) esa gente de Charlie Hebdo son unos provocadores que se lucran con su supuesta rebeldía pequeñoburguesa; b) que no eran/son sino unos eurocéntricos de mentalidad colonialista, inconmovibles ante los gravísimos crímenes del imperialismo genocida cometidos desde Gaza a Agfanistan pasando por Irak; c) que ellos se lo han buscado por su inexcusable falta de respeto a los musulmanes de todo el mundo, insultados y provocados por sus grotescas viñetas.

Carlos Malamud escribía sobre las reacciones que el acto terrorista había suscitado en América Latina, y citaba –entre otros- a la argentina Hebé de Bonafini, quien tras el 11S neoyorquino afirmó: “Me puse contenta de que, alguna vez, la barrera del mundo, esa barrera inmunda, llena de comida, esa barrera de oro, de riquezas, les cayera encima”. Ahora, tras lo ocurrido en París, la señora ha declarado que “la Francia colonialista que dejó a miles de pequeños países en la ruina no tiene autoridad moral para hablar de terrorismo criminal”. En Europa se han alzado voces de parecido tenor, que de una u otra forma han culpabilizado a las víctimas. En España encontramos, por citar alguno, dos ejemplos procedentes de los extremos del arco sociopolítico. Desde la derecha de la derecha, el columnista Juan Manuel de Prada escribía: “Debemos condenar este vil asesinato; debemos rezar por la salvación del alma de esos periodistas que en vida contribuyeron a envilecer el alma de sus compatriotas; debemos exigir que las alimañas que los asesinaron sean castigadas como merecen; debemos exigir que la patología religiosa que inspira a esas alimañas sea erradicada de Europa. Pero, a la vez, debemos recordar que las religiones fundan las civilizaciones, que a su vez mueren cuando apostatan de la religión que las fundó; y también que el laicismo es un delirio de la razón que sólo logrará que el islamismo erija su culto impío sobre los escombros de la civilización cristiana”. El actor español Willy Toledo, muy celebrado en territorios situados a la izquierda de la izquierda, tras afirmar “Desprecio lo ocurrido hoy, sin reservas”, ha minimizado lo ocurrido en París acusando a Occidente de “asesinar a millones cada día“.

En esta línea argumental, más o menos coincidente, se pueden advertir dos coincidencias sorprendentes. La primera es la falta de empatía, de solidaridad o, en su caso, de caridad cristiana con las víctimas o con sus familiares y amigos; y la segunda es la extraordinaria facilidad con la que las personas, los individuos, desaparecen en esos juicios mientras que prevalecen los estados, los continentes o las confesiones religiosas como si fueran sujetos [u objetos] históricos autónomos.

En cuanto a la impermeabilidad ante el dolor ajeno, parece que hay gente por la que el tiempo no pasa, y se encuentran tan cómodos con sus clichés y con sus verdades de siempre. Los tres mil muertos y los seis mil heridos del World Trade Center en 2001 eran culpables de ser norteamericanos, o simplemente de estar en Nueva York; como los doscientos muertos y los dos mil heridos del 11M lo eran de ser ciudadanos o avecindados en Madrid. De la misma manera que la docena de muertos y la decena de heridos de París eran culpables de ser o vivir en la Francia colonialista y, además, de ser [una parte de ellos al menos] unos provocadores impíos. Los extremistas islámicos no habrían hecho otra distinción entre sus víctimas.

Así pues, podríamos concluir que al Choque de Civilizaciones del que hablara Samuel Huntington le han salido unos compañeros de viaje bien heterogéneos. Como sabemos, en los primeros años noventa, el politólogo norteamericano retomó el concepto de Arnold Toynbee como respuesta al supuesto Fin de la Historia decretado por Francis Fukuyama. Afirmaba Huntington que los actores políticos principales del siglo XXI serían las civilizaciones y que los principales conflictos se producirían entre ellas y no entre las ideologías o entre los Estados, como había ocurrido durante el siglo XX. Los Estados-nación seguirían siendo, auguraba, los actores más poderosos del panorama internacional, pero los principales conflictos de la política global se darían entre naciones y grupos de naciones pertenecientes a civilizaciones diferentes, y las líneas de fractura entre las distintas civilizaciones serían prácticamente todas ellas religiosas.

Tras el 11S de Nueva York, el intelectual y profesor palestino Edward Said acuñó la tesis del Choque de Ignorancias. En su opinión, que compartimos, no es posible hablar de la dicotomía Occidente-Islam sino desde la ignorancia. La discrepancia con Huntington era profunda. Lo acusaba de convertir las civilizaciones y las identidades en una cosa que no son: entidades cerradas y aisladas de las cuales se han eliminado las miles de corrientes y contracorrientes que hacen que la historia hable no solo de guerras de religión y de conquistas, sino también de intercambios, de fecundación mutua, de aspectos comunes, incluso de fraternidades.

Sin embargo, en esta época de zozobras e incertidumbres resulta irresistible para muchos la tentación de encontrar refugio en las simplificaciones tranquilizadoras: la cruzada, el bien contra el mal, la libertad contra el miedo, etc. La significativa presencia de musulmanes en toda Europa y también en los Estados Unidos significa que el Islam ya no está en la periferia de los países occidentales, sino que está absolutamente dentro de ellos, lo que para muchos constituye una amenaza explícita. Desde esta concepción, la tesis del Choque de Civilizaciones sería una respuesta fácil a la sensación de amenaza antes que, en palabras de Said, “una interpretación crítica de la desconcertante interdependencia de nuestra época”.

Es ese desconcierto el que flota en el denso ambiente en estos días. Europa es mestiza, plural y compleja, y los viejos y los nuevos europeos lo acusan. Sin embargo, lo que más debería preocuparnos ahora es que está creciendo de forma alarmante la desigualdad interna entre los europeos. Potentes poderes están intentando demoler los logros de bienestar conseguidos, las sociedades se empobrecen y la voluntad redistributiva de los estados ha menguado notablemente. Además, Europa no sabe, o no quiere, ocupar el espacio que debiera en el escenario internacional en el que se dirimen conflictos muy serios, y esa abstención tiene repercusiones importantes en el escenario interno, tanto más en aquellos sectores de los nuevos europeos más sensibles a lo que está ocurriendo, por ejemplo, en Oriente Medio.

Europa es muy compleja de administrar hoy en día. Dice el presidente Obama, quizá viendo la paja en el ojo ajeno, que la UE no está sabiendo gestionar la presencia del Islam en su seno. Desde luego, algo de razón lleva el caballero. No es fácil la convivencia de gentes que sostienen principios tan contradictorios a propósito de, por ejemplo, el papel que la religión ha de tener en la organización de la vida en sociedad. Y lo es todavía menos en ese escenario de desigualdad creciente. El ejemplo de lo que está ocurriendo en ciudades como Marsella y otras es demasiado evidente y debiera encender todas las alarmas.

Por lo que hace a la economía, es necesario abandonar los principios rectores que han sido impuestos como supuesta única posible respuesta a la crisis económica. Tras ello, y por lo que hace a la convivencia, como siempre, la salida no estará en la negociación sobre los principios de cada grupo sino en cómo han de ser compaginados esos principios. En tiempos de tan desconcertante interdependencia, Europa no puede abandonarse a una dinámica de polarización entre un nosotros y un ellos, y menos en un enfrentamiento binario del nosotros contra ellos. José Manuel Rambla escribía muy recientemente, a propósito de los crímenes de París, “lo que está encima de la mesa no es un problema de libertad de expresión, o al menos no lo es en su vertiente más importante [sino que es] por encima de todo un problema político”. Y añadía que “el humorista, el artista o el intelectual, con más o menos fortuna y con más o menos buen gusto, señala los problemas y contradicciones de la sociedad. Pero no los resuelve. Esa es una labor que deberán afrontar los gobiernos, políticos y la movilización de la sociedad en su conjunto”.

Creo que el argumento central de Rambla es cierto. Sin embargo, ni en Nueva York, ni en Madrid medió nada que pudiera considerarse provocación, como supuestamente ha ocurrido en París. Y esa diferencia nos lleva directamente al problema de la libertad de expresión que, en palabras de Ana Valero, es la “piedra angular del libre pensamiento, que alcanza su máximo esplendor en su manifestación satírica, en tanto que arma idónea para hacer crítica social desde la inteligencia humana”.

No obstante, ahondando en la idea de que estamos ante un problema que va más allá de la libertad de expresión amenazada, que también, el más amenazador fantasma que recorre Europa es el de la desigualdad, que fragmenta nuestra sociedad y segrega de forma humillante a los más débiles, a los más frágiles. En ese grupo social que forman los pobres y los empobrecidos, los nuevos europeos de religión musulmana están sobre-representados. Es en ese caldo de cultivo que los fanáticos religiosos de la Yihad encuentran carne de cañón y aspirantes a mártir en su guerra santa.

Para impedir que se extienda una sociedad binaria fragmentada, para encontrarnos en ese espacio de ciudadanía con derechos y deberes que debe ser la Europa mestiza, los europeos, viejos y nuevos, con o sin creencias religiosas, necesitamos urgentemente asumir nuestra desconcertante interdependencia. Es imprescindible revertir la deriva de desigualdad que asfixia, particularmente, a los más débiles. Además, todos deberemos reconsiderar cómo podemos mantener nuestros principios [también los religiosos, quienes los tengan] sin violentar, sin entrar en colisión con los de los demás.

En la medida que Europa es mayoritariamente aconfesional y laica, y que la secularización es una realidad desde el siglo XVIII, un punto que todos debiéramos asumir en relación a la libertad de expresión, de la que tanto se habla en estos días, podría ser el que proponía Ana Valero: ésta solo podrá ser reprimida “cuando pretenda ser empleada para apelar directamente al odio hacia un determinado grupo o comunidad de personas en virtud de un determinado rasgo identitario, como puede ser el religioso”.

Consecuentemente, tal y conforme apuntaba la jurista, en la medida que el sarcasmo de Charlie Ebdo, que a muchos no gusta en absoluto pero que no incitaba a la violencia contra los musulmanes, “no debe cuestionarse ni por un segundo”. Quizá con propuestas de este tipo podríamos abandonar la senda simplificadora [y cruenta] del Choque de Civilizaciones sin dejarnos arrastrar hacia el Choque de Ignorancias.