ernesto-silva-udiEl Caso PENTA, sin duda alguna, es el remezón más fuerte que la derecha haya tenido que enfrentar desde términos de la dictadura. Ha dejado entrever un secreto a voces muchas veces comentado pero jamás admitido: la coexistencia de una derecha política y una económica que convergen implícitamente, siendo esta última la que da lugar a la existencia de poderes fácticos, hechos carne en el empresariado chileno, que actúa en complicidad y conjunto con el partido político más grande de Chile: la Unión Demócrata Independiente (UDI). Y aunque no es el único que se relaciona con los poderes fácticos, es aquél cuyo nombre suena, hoy más que nunca y más que otros, a cruel burla y amarga ironía.

La UDI es heredera por excelencia del legado de la dictadura, por mucho que sus militantes, al menos quienes aún conservan su instituto de supervivencia, renieguen instrumentalmente de esos orígenes. Su empresa continúa siendo la defensa de la obra del régimen. Y el año recién pasado hicieron gala de aquello, lanzando críticas regresivas y anacrónicas a toda propuesta que buscase transformar la institucionalidad, por irrisorio que haya sido el cambio propuesto, oponiéndose a las reformas del ejecutivo y, más grave aún, cuestionando incluso los consensos que el propio movimiento social había construido a través de los procesos de movilización social.

Estamos frente a un partido que no tiene capacidad alguna de comprender que no hace falta que un tribunal dicte sentencia para que la sociedad chilena de su veredicto y condene su actuar. Y si bien un grupo político puede y debe tener sus propios paradigmas de lectura de la realidad, jamás  debería caer en un análisis autocomplaciente para librarse de culpas mientras la evidencia se cae de madura, mucho menos cuando sus principales timoneles, incluyendo senadores, senadoras y el propio presidente de la tienda política, están envueltos en la maraña de acusaciones.

Un grupo político que no es capaz de reconocer sus propios errores y potenciales delitos, que los tacha de involuntarios y les baja groseramente el perfil, es un grupo que no merece ser llamado político. Y la UDI ha cometido el error más grande su historia como partido al recurrir a esta burda estrategia comunicacional: ha levantado la cortina de humo que la separaba de su contraparte económica, poniendo en evidencia sus nexos vitales con el empresariado, demostrando que de demócrata e independiente tiene solo el nombre, y evidenciando que sus conflictos de intereses y su rol de portavoz político de los poderes fácticos chilenos ya no son meras conspiraciones de la izquierda.

El escenario político chileno es un campo de disputas, tanto electorales como reivindicativas, y la UDI está fallando en la operatoria más básica dentro de un campo con estas características: sobrevivir; algo de lo que, por haber estado siempre blindada por la autoritaria institucionalidad chilena, hecha a la medida para su éxito y perdurabilidad política, jamás se ha preocupado de hacer. Si la UDI ya perdía en términos reivindicativos, por asirse del legado dictatorial para perdurar, defendiéndolo y negándose a cualquier cambio en pos del progreso democrático, ciertamente perderá electoralmente mucho más de lo que ya perdió en las últimas dos elecciones de autoridades si continúa negándose a sintonizar con los tiempos que corren.

Hoy sus dirigentes históricos se muestran tozudos, apelando a que ser el partido más grande de Chile les da algún tipo de inmunidad ante la opinión pública, siendo que su verdadera fortaleza recaía en su capacidad de apelar a la hegemonía cultural del consumo y el individualismo, inoculada en dictadura en conjunto con esta derecha económica en la sociedad chilena. Esta fortaleza, por suerte, se resquebraja cada vez que la UDI tropieza con la red de tapujos que levantó a su alrededor, esa misma que disfrazaban arrogándose el calificativo de populares.

A excepción de aquellos sectores que configuran hoy un bloque de centro derecha liberal, generacionalmente alejado de las influencias más directas de la dictadura, la UDI, el partido de derecha más conservador y tradicional del país se ha perdido en los caminos de su propio laberinto de intereses políticos y económicos, de poderes fácticos y dineros sucios, de parlamentarios binominales y designaciones miopes, y se ha puesto a sí mismo entre la espada y la pared: es tan incapaz de reconocer sus errores como lo es de negarlos con la misma fortaleza y desfachatez que otrora lo caracterizaba. Agoniza un partido de la casta, el más grande de Chile.

Sin embargo, la caída de la institucionalidad dictatorial no vendrá necesariamente aparejada de la caída de su partido guardián. Ahora es necesario que la izquierda chilena afiance sus cometidos y no vacile en disputar en unidad y a todo nivel, no solo a la derecha, sino también al conservadurismo presente en la coalición que hoy nos gobierna.