Ena JovinoSe ha dicho mucho estos últimos días en torno al caso Penta y todos sus entretelones, de modo que más que un análisis acabado sobre el tema somos espectadores de un debate superficial y simplificado.

Parlamentarios tanto de la UDI como de los demás partidos políticos parece tener la intención de dirigir la atención de la opinión pública sobre aspectos superficiales del problema a partir de acusaciones cruzadas, intentando guiar hacia el empate político. Peor aún, columnas de Carlos Peña en el diario El Mercurio, concluyen su análisis poniendo en duda el poder y la calidad política de la UDI, en base a un supuesto servilismo de estos respecto de los holdings asociados (conclusión poco profunda), siendo en sus propias palabras “un apéndice fraudulento del grupo Penta”.

Con todo ello, distraen de la dimensión real del asunto (más profunda a mi entender) arraigada NO en el sometimiento de este “desamparado” grupo político respecto de sus estratégicos financistas, sino justamente a la inversa en su pronunciado nivel de imbricación, en su simbiosis, su dependencia, y si se quiere, su complicidad. No hay que ir tanto más allá para recordar dónde estudian, viven, se divierten y vacacionan, e incluso cómo se apellidan y con quiénes comparten familia quienes forman así las élites político-económicas de nuestro país. Es cierto que no podemos asimilar a toda la clase política bajo este criterio, pero sí a una vasta cantidad por no decir su mayoría tanto para la derecha como para la Nueva Mayoría.

Más aún, y como si no fuese suficiente con el desproporcionado poder y recursos que ya poseen, a pesar de los esfuerzos de algunos políticos realmente capitalistas, se sumergen en la “flexibilización” de la legalidad e incluso en la ilegalidad para profundizar su control y dominio, en una especie de apología a Maquiavelo, asumiendo cualquier costo.

Que se entienda claro, no son principios del capitalismo teórico la búsqueda de beneficios a costa de todo, sino que, es férrea su defensa sobre la supuesta “natural” capacidad del mercado para generar prosperidad y justicia, lo que por supuesto, implica cuidarlo de las llamadas Fallas del Mercado a partir de regulaciones legales.

A pesar de todo, tal como lo anuncia el título de esta columna, y muy en contra de los parlamentarios que ven en esto la debacle de la política, creo que podemos extraer noticias positivas para la política, aunque muy malas, para la élite dominante.

Estos escándalos, tanto por la magnitud como por su descaro, abren espacio para reivindicaciones, aclaraciones y desenmascaramientos, conmoviendo con fuerza a la ciudadanía, tornándola recelosa, expectante y ávida de esclarecer los acontecimientos, y por qué no, de aspirar por alguna vez a la justicia.

Pues bien, hoy podemos observar con claridad, con datos y lujo de detalles, de lo que para todos es y siempre ha sido un secreto a voces: la conexión prefigurada desde décadas entre la política de los grupos dominantes y su relación con los grupos económicos más poderosos de nuestro país.

Queda expresa la enmascarada disputa entre clases, el conflicto real entre dominantes y dominados, abusadores y abusados, y la permanente alianza entre “los mismos de siempre” para mantener todo “igual o mejor que nunca” (para ellos).

La buena noticia para la política no está en el escándalo propiamente tal, hay que aclararlo. Se encuentra más bien en la posibilidad de evidenciar la profunda conexión entre la élite política nacional y el capital, de romper con la institucionalidad que protege este vínculo incestuoso, y muy importante, de proporcionar oportunidad a nuevas fuerzas políticas y nuevas maneras (de verdad nuevas) de hacer política.

Todo lo anterior es una oportunidad para la política porque recuerda a la ciudadanía que la política no son las élites, que no pertenece a los grupos que a través de décadas la han cooptado naturalizando este aberrante modo de funcionar, sino que es propia del bien común, de todas las personas que componen esta sociedad.

Nos inspira a abrir nuevos espacios e impulsar la participación política responsabilizándonos de la aspiración por recuperar lo propio para trabajar por una nueva concepción de sociedad –cualquiera sea esta, pero siempre de todos y no solo de algunos.

No son solo Penta-Gate, es La Polar, es Martín Larraín, es el lucro en la Educación, es el Sistema Previsional, es el Problema Laboral, es el Caso Cascadas, es MOP-Gate, y así decenas de casos durante décadas. Novoa, Von Baer, Velasco, Silva, Muñoz, Bachelet, Lavín, y otros, son apellidos en los que no queremos seguir delegando el diseño, construcción y liderazgo de la sociedad en la que queremos vivir.